«Cinco notas después de una visita», de Anne Devlin

Trad. Viviana Saavedra Arévalo

He was blown to bits   
Out drinking in a curfew   
Others obeyed, three nights   
After they shot dead   
The thirteen men in Derry.   
PARAS THIRTEEN, the walls said,   
BOGSIDE NIL. That Wednesday   
Everyone held   
His breath and trembled.
Seamus Heaney, 1979

Desde 1968 hasta 1998 se desarrolló un conflicto violento en Irlanda del Norte que muchos llaman un conflicto sectario, ya que por un lado se encontraban los unionistas, en su mayoría protestantes, que deseaban que la zona permaneciera en el Reino Unido, y por el otro lado, los nacionalistas, en su mayoría católicos, que deseaban unirse a la República de Irlanda. Sin embargo, más que por razones religiosas, la división entre protestantes y católicos se debía a diferencias culturales y políticas. Una historia de tensiones que comienza con las primeras ocupaciones británicas en Irlanda, allá por el siglo doce. Colonizadores británicos por siglos desplazaron a nativos irlandeses, siendo la zona de Ulster al norte de la isla irlandesa una de las plantaciones colonizadoras con más presencia anglo-protestante. 

En 1968 comenzó el conflicto en Irlanda del Norte en el cual más de 3 500 personas perdieron la vida, dejando a muchos más heridos. El Ejército Republicano Irlandés (IRA) ha sido descrito por muchos como una de las fuerzas insurgentes más despiadadas y capaces de la historia moderna, cuya influencia se extendió desde Belfast del Oeste hasta Londres. Impulsado por una política revolucionaria, su historia estuvo salpicada de divisiones y conflictos internos. Un conflicto complicado, del cual Anne Devlin (Belfast, 1951) testimonia mediante su cuento corto Cinco notas después de una visita. La narradora de este cuento regresa a su Belfast natal para vivir con su novio, donde experimenta los traumas y tensiones de un conflicto que atormenta la vida de todos a su alrededor. El cuento funciona como un eco de la vida de Devlin, criada en Belfast, y quien en enero de 1969 fue atacada por un grupo de unionistas durante una marcha por los derechos civiles, dejándola inconsciente en el hospital. El conflicto, llamado en inglés ‘los problemas’ (the Troubles), terminó en un punto muerto cuando en 1998 se firmó en Belfast el llamado Acuerdo de Viernes Santo, dejando muchos casos sin resolver y perpetradores sin identificar, manteniendo un incómodo equilibrio que se vive hasta el día de hoy. 

Cinco notas después de una visita

Lunes 9 de enero de 1984

Comienzo a escribir.

La primera nora: 

“¿Usted nació en Belfast?” preguntó el hombre de seguridad en el aeropuerto.

“Sí”.

“¿Cuál es el propósito de su visita?”

Para estar con mi pareja. Bueno, no dije eso. 

Había escrito ‘investigación’ en la tarjeta que tenía en la mano. Le recuerdo esto. 

“Me gustaría que me respondiera las preguntas usted”, dice.

“Voy por investigación”.

“¿Quién es su empleador?”

“Trabajo independiente”. Me quedo con lo que dice la tarjeta.

“Oh, estos ricos ociosos”, dice.

“Vivo de una beca”.

Quizá ya me lo esperaba. Sucede siempre que cruzo el mar. Pero nunca me acostumbraré. 

“¿Quién paga su pasaje?”

“Yo”.

“Qué pena”. Sonríe. “¿Y qué ha estado haciendo en Inglaterra todo este tiempo?”

“Vivir”. Intentándolo.

“Hubo una bomba ayer en Oxford Street. Fueron unos de sus compatriotas”.

A menos de un metro, unos pasajeros con acento inglés se despiden de sus familiares. Un niño pequeño tomado de la mano de su madre sonríe. Hay medio metro entre los británicos y los irlandeses en la sala del aeropuerto; le devuelvo la sonrisa al pequeño. Medio metro y setecientos años. 

“¡Es un hombre insignificante haciendo un trabajo insignificante!” dice Stewart cuando me encuentra al otro lado. “Olvídate de él”. No lo haré. “Y no te enfades conmigo. Es solo que te ahorrarías muchos problemas si escribieras ‘británica’ bajo nacionalidad”.

“Pienso…” comienzo a decir, pero no termino: la próxima vez voy a escribir “no sé”. 

Regreso como visita. Siempre lo hago. Y me tratan como si así lo fuera. En la carretera de Black Mountain desde el aeropuerto está oscureciendo, y el taxista dice:

“¿Ven ese brillo anaranjado? ¿Justo por encima de la autopista?”

“Sí”.

“Son las luces del ‘Kesh’”

Como un estadio de fútbol para los recién llegados. 

“Y justo delante de nosotros”, dice apuntando la corona de luces blancas en la cima de la montaña Divis. “Ese es el observatorio policial. Ahí es donde tienen la computadora”.

“¿En serio?”

“Tuve que ir allí una vez. Pero nunca traspasé las puertas”. 

Nos precipitamos en la oscuridad por Hannastown Hill hacia las luces de una gran área residencial. 

Si no hablo en este taxi, quizá pensará que soy inglesa. 

“¿Qué avenida es esta?” pregunta Stewart mientras pasamos por la casa de mis padres. Su padre trabaja en un astillero.

SINN FEIN ES EL ALA POLÍTICA DEL IRA PROVISIONAL

Está pintado sobre el techo. 

WESTMINSTER ES EL ALA POLÍTICA DEL EJÉRCITO BRITÁNICO

“Es Andersonstown”, dice el taxista. 

Hay un alambrado de púas sobre el macizo en el jardín de mi padre.  Un patrullaje a pie pisoteó su azafrán la primavera pasada. Mañana iré y les diré que he venido a casa. Pero aún no. Stewart no está entusiasmado. 

“No me van a aprobar”, dice. “Estuve casado antes. Te intentarán convencer de que regreses a Inglaterra”. 

“¡No lo harán!” insisto. Pero tengo el mismo miedo de siempre. Su ex-esposa vive en Belfast del Este. 

Martes 10 de enero de 1984

La segunda nota:

Estoy mirando el bus que me llevará donde mi madre. Por las puertas puedo ver a los otros esperando también. Me escucho decir: “¡madre, volví!”, y la escucho preguntar: ¿por qué?

Dejé que me atrajera desde el jardín de mi sótano no excavado en una ciudad inglesa; un huevo y sobras de leche en el refrigerador; mi soledad me envolvía como una manta durante esos seis años hasta que llegó él – y me presentó el único tipo de milagro en el que he creído. 

La escucho preguntar: ¿por qué?

Recuerdo los meses de verano, nuestros desayunos después de las doce en mi jardín, nuestras cenas en la balsa, mi cama. Cuando el nuevo semestre comenzó, me dijo: “conseguí trabajo en Belfast. ¿te vendrías a vivir conmigo?”

“Oh, no puedo regresar”, dije. “No puedo – vivir sin ti,” le digo en el aeropuerto cuando llegué.

La escucho preguntar ¿por qué?

Mi casa está vacía y las persianas cerradas. Las cartas se deslizan hacia el pasillo sin ser vistas. Los tanques seguirán girando hacía Whiteladies Road, saliendo del Cuartel del Ejército Territorial y pasando por la BBC. Y el conductor del taxi negro conducirá a alguien más a la estación. “¿Hacia dónde?” Blackboy Hill. 

Hay un aviso de ‘se vende’ sobre el pasto sin cortar…

La escucho preguntar ¿por qué? Me alejo de la parada.

Miércoles 1 de febrero de 1984

No he mantenido un registro de los días entre medio porque estoy muy cansada para escribir después del trabajo. Y de todos modos, en la noche me voy a la cama con él. 

La tercera nota:

Es el tercer día de la tercera semana de mi visita. Estoy trabajando en la biblioteca. 

“El primero de enero de 1957 el obispo del Fondo de Ayuda de Down y Conner para Refugiados Húngaros juntó 19 375 libras y 6 peniques. Un diario de aquella mañana incluye las siguientes contribuciones: club nocturno Sleamish, 5 libras; convento Bon Secours, Falls Road, 10 libras; la Sociedad John Boscoe para la Prevención del Comunismo, 25 libras; un pecador, anónimo…”

“¿Amor?”

“5 libras. Tres meses después, en abril del mismo año, el intendente de Belfast recibió a los primeros 500 refugiados. Fue el único asunto en el que la gente de Belfast del Oeste y del Este estuvieron de acuerdo”. 

“Amor”.

Está parado junto a mi mesa. 

“Oh, lo siento, no te vi”.

“Amor. Mi esposa me acaba de llamar. Tendré que ir a verla. Estaba llorando por el teléfono. Quiere discutir la posibilidad de estar juntos de nuevo ¡Si supieras lo enojado que me pone!”

“¿Le dirás sobre mi?”

Desde la ventana de la biblioteca me llegan voces desde la calle. Estudiantes se reúnen para una marcha. Llevan sobre sus hombros un ataúd negro, por un lado tiene escrito en tiza Q.E.P.D EDUCACIÓN.

Maggie. Maggie. Maggie.

¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Policías con chaquetas antibalas flanquean la delgada demostración a través de la plaza. El viento se lleva las voces de un lado a otro; logro entender un par de frases extrañas de vez en cuando: “nuestros camaradas en Inglaterra… el movimiento sindicalista en este país…”

“Tenemos que mantener un bajo perfil mientras”, dijo.

“Y no contestes el teléfono en caso de que sea ella”.

Cuando era joven, pienso, mirando la marcha pasar, debía no sentir miedo. Me pongo un propósito: iré durante la noche. 

Jueves 2 de febrero 1984

La Fiesta de la Candelaria. Y el cumpleaños de James Joyce. 

Siempre lo recuerdo.

Esta es la cuarta nota:

Está pelando las cholgas cuando llego después de medianoche. “¿Dónde estabas?” pregunta. 

“Fui a ver a mi mamá”.

“¿Cómo te fue?”

“Preguntó lo mismo de siempre. ¿Que si seguía yendo a misa? Dijo que rezaría por mí”.

“¿Le dijiste sobre mi?”

“Hablé sobre mi investigación: El vuelo de los refugiados húngaros hacia Belfast en 1957. No sé por qué. Cuando me iba, me dijo: guárdate tus cosas para ti. Estaba hablando sobre ti”.

“Mi esposa lloró cuando le conté. Piensa que estoy pasando por una fase – y que lo superaré”. 

Hay clavos de olor rosados y rojos en una jarra sobre la mesa, la música de nuestro vecino atraviesa las paredes. Una trompeta. Beethoven. Se me está dando bien. 

“Está obsesionado”, dice Stewart. “Lleva tocando esa pieza desde las diez de la mañana”. En la mesa cometo un error: empujo la sopa, no tengo tanta hambre como pensaba.

“¡Regresa! ¡Regresa a Inglaterra entonces! ¡Dijiste que podías vivir conmigo!”

“Lo estoy intentando”.

Cuando me despierto, el olor a ajo me llega desde el fondo de las escaleras. Es la sopa de cholgas que despejó de la mesa. “¡Regresa! ¡Regresa a Inglaterra! ¡No eres prisionero de nadie!”

“¡Lo estoy intentando!” 

Cholgas, ajo, cebolla, pasta de tomate, tomates y un poco de vino, tiró en la cocina. Pero todo está pasado a ajo esta mañana; y abajo el teléfono está sonando. 

En algunos lugares, dijo anoche, entre la loza rota, rompen platos para ahuyentar a los fantasmas. Quizá esto sea necesario después de todo. 

Cuando despierta, le susurro: “amor, me quedaré”.

“Te encontré de nuevo”, dice.

El teléfono sigue sonando abajo. Son las dos y media de la tarde.

“¡Manda a tu novia feniana donde pertenece, o le daremos su merecido y luego a ti!”

Está mirando el reloj.

“Me pregunto cómo lo supieron”, dice.

“El agente de bienes raíces me ha estado escribiendo desde Inglaterra. Era muy complicado explicarle la dificultad de eso. El cartero notaría un nombre católico en la calle. Los catalogadores en la oficina de correos también. O quizá fue el hombre que recolectaba para las apuestas de fútbol -”

“¿Apuestas de fútbol?”

“La otra noche un hombre tocó la puerta, me pidió que eligiera cuatro equipos u ocho, no lo recuerdo ahora. Luego me pidió que firmara”.

“Debiste haber dado mi nombre”.

“Lo hice. Pero no sé nada de fútbol. Y creo que me delaté cuando…”

“¿Qué?”

“¡Elegí a Liverpool! O quizá pasó en la lavandería cuando dejé la ropa lavando. Me preguntaron: ‘¿qué nombre?’ y lo olvidé. O quizá fue el taxi que tomé anoche desde aquí hacia…”

“Supongo que se habrían enterado en algún momento”.

Está sentado en la cama.

“¿Podrá haber sido… tu esposa?”

Parece herido. “¡Nunca se lo dije!” dice. “Supongo que se habrán enterado en algún momento. Creo que mejor llamo a la policía”.

Me pongo de pie de inmediato: “¿te molesta si me visto y me tomo un baño y hago la cama antes de que llames?”

“¿Por qué?”

“Porque vendrán y revisarán todo”.

Estoy empacando la maleta grande en el ático donde dormimos cuando él sube. 

“La policía dice que cualquiera que de verdad te quisiera lastimar no tocaría el timbre antes. No volverán”.

“Escucha. Quiero que me lleves al aeropuerto. Y quiero que hagas una maleta también”.

“Doy clases mañana,” dice. “Por favor deja algo aquí, amor. Ese vestido negro que tienes. Ese que me gusta como te luce”.

Sigue colgado en el ropero. Dejo mi olor en el baño y en su almohada.

“Es solo para asegurarme de que volverás”.

A las 3.40 estamos listos para dejar la casa. La calle está vacía cuando abrimos la puerta. Las cortinas están cerradas.

“Estamos un poco atrasados,” le dice al conductor. “¿Nos puede llevar al aeropuerto en media hora?”

En el auto me besa y me dice: “Nadie me ha tomado la mano tan fuerte”.

“¿Qué vas a hacer?” pregunto mientras voy a tomar el avión. 

“Tendré que presentar la renuncia con tres meses de anticipación”.

“Hazlo”.

“Es difícil dar con trabajos de profesor”, dice, mirando a su alrededor. 

“Cual sea este lugar… es mi hogar”.

5.46. Aeropuerto Heathrow (Londres). Me bajo del avión sin él. ¿A quién están mirando ahora? ¿A mi o a él? Un hombre se para repentinamente frente a mi. Oh, por dios.

“¿Tiene algún documento de identificación? ¿Cuál es el propósito de su visita…”

Viernes 3 de febrero de 1984

La quinta nota:

Suena el timbre. Voy con cuidado hacía la puerta. Dormí con todas las luces encendidas. Veo a un hombre a través del vidrio. Está usando una chaqueta militar. Estoy en Inglaterra, recuerdo. El lechero me sonríe. 

“Vi sus luces”, dice.

Le digo que regresé y que si acaso me podría dejar medio litro de leche cada cuantos días.

Me dice que su hijo está en Irlanda del Norte, en el ejército.

“No hay trabajo”, grita mientras se aleja. “¿Estabas de vacaciones?” 

“No. Estaba trabajando”.

Las botellas suenan en la caja.

“Para algunos la cosa está bien”.

Está enojado, comienzo a pensar, porque no conduzco un camión repartidor de leche.

Nuevamente estoy haciendo las compras para uno. A la hora del cierre voy al supermercado. Comienza a oscurecer. Hay doscientas personas reunidas en la avenida afuera de la zona comercial. Un músico callejero está tocando una canción romántica. En la entrada la policía está apartando a aquellos que no se han dado cuenta. 

“¿Qué pasa?” le pregunto a una mujer joven que espera en la entrada.

“Un aviso de bomba. Es el tercero esta semana”. 

Debería pensar antes de hablar. 

“Catorce personas murieron en Londres, por una bomba en una tienda”.

Espero que no lo haya notado. ¿Unos de tus compatriotas?

Pero dice:

“No importa la nacionalidad que seas, querida, todos sufrimos lo mismo”.

El músico sigue tocando una canción romántica. Yo sigo comprando para uno. 

Ningún día, ninguna fecha 1984

Me mantengo despierta toda la noche para estar lista cuando lleguen. 

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