Una poética de conmoción: No-lugar, de Natalí Aranda

Carlos Henrickson

El segundo libro de poesía de Natalí Aranda Andrades (Santiago, 1987), No-lugar (Valdivia: Komorebi, 2021), me confirma la solidez de su escritura, después de Lo uno / lo otro (Valparaíso: Inubicalistas, 2016) y del notable ensayo El poema como huella en Ximena Rivera (Valparaíso: Inubicalistas, 2019). Esta solidez se me impone por evidencia ante la lectura del libro completo, pero no deja fácil la tarea de definir el carácter de esta solidez, considerando que esta poética precisamente parece escapar de lo sólido, descartar la fijeza de la representación.

La inquietud ontológica que está en la base de las elecciones poéticas de Aranda no responde solo a una puesta en cuestión desde lo intelectual con respecto a los límites de la representación poética. Si desde ya su ensayo sobre Ximena Rivera muestra hasta dónde puede profundizar en este aspecto, No-lugar deja ver ya desde sus primeras páginas que el desde dónde se parte escribiendo es desde una poderosa conmoción interior. Esto ya se aprecia desde el poema 1:

Es oscuro el camino,

los símbolos, la angustia.

Todo es hambre después del relámpago.

(p. 9)

Si juzgamos el relámpago como símbolo de la suprema potencia creadora, se nos impone una visión de la creación poética como un mandato apenas elegido ante las puertas de la voluntad de escritura. Y este juicio sobre la figura del relámpago resulta insoslayable tras la lectura de su ensayo del 2019; vale decir, por más que se postule el carácter personalísimo de la escritura de Aranda, se debe reconocer la continuidad esencial tanto con respecto a su lectura de la poética de Ximena Rivera, como con respecto a toda una programática sobre una dimensión interior, autónoma, del texto poético, a la que apunta sin dudas con la referencia a Roberto Juarroz (desde la elección del epígrafe a la dedicatoria del poema 23, siendo el único autor referido expresamente en el libro). No está de más citar una sección particularmente decidora de la nota introductoria, decididamente programática, del autor argentino a la selección de poemas realizada por Arturo Trejo y publicada por la UNAM en 1988:

Vivo el poema como una explosión de ser por debajo del lenguaje. (…) 

Actitud interior: vivir las propias visiones con radical consistencia, sin cálculos ni temores, prolongando la vida interior hasta sus últimas consecuencias, hasta que adentro y afuera no se diferencien, en una contemplación casi religiosa de la dinámica profunda de las formas. Configuración simbólica: potencia íntegra de la imagen, entendiendo por tan no solo la de raíz sensible sino también la fundada sobre los giros más penetrantes y originales del pensamiento, evitando rigurosamente lo difuso, con confianza plena en la vigencia de una estructura poética propia de los últimos alcances de la inteligencia, con la convicción de que sentir y pensar no son cosas distintas, con una fidelidad de base al desarrollo particular de cada núcleo poético y una vivencia o experiencia integral del poema como un organismo unitario. (…)

La particular concepción de Juarroz al asumir una perspectiva ontológica por debajo del lenguaje, dicta lo que el epígrafe de No-lugar ya advierte: una poética que actúa por ausencia, que toma el rol de una sugerencia, la indicación hacia un espacio vacío en que debe revelarse una vivencia absoluta desligada de las experiencias contingentes, históricas. Esto impone un tono y la necesidad de una conmoción fundamental. Hasta el mismo poema es parte de la cadena de experiencias que debe preceder a la real búsqueda que está en la base de la voluntad de escritura:

11

El amor

la piedra

el árbol

la luz,

el poema.

Todo lo que demora

es un camino hacia dentro.

(p. 19)

Aranda mantiene con un rigor difícil de sostener esta búsqueda. El poema 12, por ejemplo, nos presenta al hablante realizando un sahumerio de romero (operación de limpieza de hogares en una creencia popular ya registrada desde la antigüedad). La concentración se centra en la imagen del humo, para llegar a la estrofa final:

(…)

Todo está vivo

es el mensaje del humo

y su latido.

Todo está muerto

es el mensaje del humo

y su latido,

ninguna orilla es cierta

es solo humo

cantando

cantando

cantando.

(p. 20)

La acción de conjuro acaba siendo una que se identifica con la que es asignada a la creación poética: la conciliación de la paradoja a través de la anulación mutua de sus elementos. Esta dialéctica negativa no puede sino tener consecuencias sobre la misma conciencia del hablante: para constituirse voz debe renunciar a su persona

31

Muero en el río,

pierdo nombre y memoria,

solo queda el reflejo asustado y tembloroso

de quien no ha sido creado 

a imagen y semejanza.

(p. 41)

Así, la poesía se asume como un real absoluto, que puede contemplar al mundo desde una alteridad absoluta. El procedimiento de anulación de ese afuera que acaba constituyendo la experiencia general del mundo sabe llegar hasta el límite:

(…) hasta que un día el cansancio

es insoportable

y ya no queremos volver a nacer,

hemos comprendido que toda la carne

todos los cadáveres

no fueron más que formas 

alrededor del vacío.

(p. 43)

La inquietante búsqueda de Aranda no teme llegar hasta las últimas consecuencias de una poética que abraza el absoluto real de su dimensión interior. Gracias a su modulación particular de la emoción y la especulación, logra efectivamente generar un vértigo, hacer entrar al lector en la conmoción que posee al hablante, y en los mejores textos del poemario sabe hacer resonar una voz efectiva y diestramente despojada. El riesgo bien librado de su empresa confirma a Aranda como una voz absolutamente singular dentro de nuestro horizonte poético.

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