Combustión espontánea

Susana Aliaga Aravena

Mi abuela fuma. Está sentada en la puerta mirando al patio con un cigarro. Me acuerdo de todas las veces que intentó dejar de fumar y para calmar las ganas, cortaba un tubo plástico de las mismas dimensiones de un cigarrillo y aspiraba por ahí, pero ahora está fumando uno de verdad y el humo sube hasta colarse por la ventana de la cocina.

Mi mamá la mira mientras lava los platos y llora. No dice nada, intento sacarla del trance preguntándole dónde guardo la loza y los cubiertos, pero me indica la despensa con la mano sin despegar los ojos de la ventana.

Tampoco me esfuerzo en sacarla, no quiero tener nuevamente la misma conversación. Mi abuela necesita un cuidado especial: se está poniendo violenta, no quiere comer, no se toma los medicamentos. Visitar la casa de mi mamá implica aprenderse un guion todas las mañanas “Abuela, soy tu nieta, ella es mi mamá, tu hija” “Ah, ya” dice mi abuela, “tan bonitas que son”. Y luego, cinco minutos después, pregunta “Y esa negra que viene a comerse toda la comida, ¿quién es? Hay que echarla de acá” y se repite el mantra “Es mi hermana, abuela, es tu nieta también. Somos hijas de ella, la que viene con la comida”.

La negra, la india, la gorda. Todas somos desconocidas, todas venimos a robarle su comida, sus joyas y su marido porque queremos sacarla de su casa. No sirve explicarle, otra vez, que no tiene joyas, que mi abuelo murió hace diez años y que esta casa no es de ella, sino de mi mamá. Ahora fuma sentada sola, enojada porque junto con el almuerzo, le servimos explicaciones de quién es ella que no logran mantenerse en su cabeza demente.

Mi mamá tampoco quiere escuchar explicaciones, sabe que la supera, pero dice que no tiene opción. “¿Quién la va a cuidar, si no? Yo soy su hija, es mi deber” y, de nuevo, seguimos el guion. Mi abuela solo va a empeorar, se va a poner más agresiva, a nosotras nos preocupa su seguridad y su salud, “no puede ser que jubilaste hace seis meses para tomar otro trabajo de tiempo completo” le decimos. Pero no funciona. Mi madre ha cuidado a alguien toda su vida, y ahora que sus hijas estamos grandes, ¿quién es si no está cuidando a mi abuela? No va a ceder el mando, no tanto porque extrañaría a mi abuela, sino porque implicaría aceptar que no se la pudo, que no tiene las capacidades necesarias para cuidar a alguien y que, a sus 65 años, tiene que desprender de su identidad el rol de cuidadora.

Así que salgo al patio, y me siento con mi abuela. Le pido que se vaya, que nos vamos a olvidar de como nos trataba cuando chicas, de que nunca fuimos lo suficientemente bonitas, blancas y flacas para ella, que vamos a recordar sus pasteles y sus cazuelas en vez de su racismo y amargura. Levanta la cabeza y, cuando me mira, se le caen las lágrimas. Pienso que quizás este es el momento, que por fin está lista para irse.

“Estuvo bonita la boda, ¿cierto? Que bueno que te casaste por fin, ya me daba miedo que te ibai a quedar sola”.

No hubo boda, no me he casado, quizás me quedo sola. Como siempre, siguiendo el guion, me doy cuenta de que ya no está acá. Su mente no está acá. Pero esta vez también me doy cuenta de que su cuerpo tampoco lo está, porque mi abuela está hace una semana en un hogar de ancianos, golpeando y tratando de indies y negres a otras personas, mientras mi mamá mira por la ventana viéndome fumar sola en la puerta de la casa.


Susana Aliaga nació en Arica en 1989, actualmente vive en Santiago y estudia Literatura Creativa.

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