Sara o machacar las ideas hasta que parezcan verdades

Gabriela Alburquenque

En Sobre la imaginación (Cuadro de tiza, 2018) Mary Ruefle abre una idea:

Un hombre y una mujer son uno.

Un hombre y una mujer y un mirlo son uno.

Un hombre y una mujer y un jarro de jarabe de arce y una zapatilla de tenis vieja y una estatua romana son uno.

Una mujer y su imaginación son uno.

Sara, de Maivo Suárez, publicado por Kindberg en 2019, es una puerta a parte de lo que Ruefle escribe: la imaginación de una mujer, quien en este caso es una de sesenta y tres años, recién separada de la hija que, por fin, abandona el domicilio materno y abre la posibilidad a la madre, a Sara, de desprenderse de sus labores de cuidado con otra para, por fin, ponerse a ella por delante, por fin, cuidados para ella misma, por fin, y dar con un millón de puertas cerradas, cerrojos encajados.

La historia, como ya adelanté, inicia con el momento en que Estela, hija de Sara, se va del departamento después de pasar toda su vida hasta ese momento allí, junto a esa mujer que se quedó a su lado después de nacida, después de que el padre se fuera, después de resignarse a la maternidad y el motor de sus acciones en relación con esa hija: trabajar, rendir las cuentas, darle lo necesario durante toda su vida hasta ese preciso momento. Ahí inicia la historia, con Sara a sus sesenta y tres años y toda una vida por delante –y por detrás–, con una pensión miserable y toda una vida por delante –y por detrás–, con un torrente de pensamientos de su imaginación y toda una vida por delante –y por detrás–. Un relato que se escribe arriba, a contrapelo, de la postergación de una vida y sus daños colaterales como si la novela, la imaginación de Sara, de su relato, se tratase de una tachadura, borrón y cuenta nueva, pero la soledad, el desapego, la miseria.

Sara es introducirse en una mujer y su imaginación –que para Ruefle, por cierto, es inseparable del pensamiento– mientras esta ocurre en una disputa con la realidad que no se quiere acomodar al relato de esa mujer y esa imaginación. Ahí aparece Julia, la nueva y joven vecina, quien trae consigo no sólo el doblez de esa vida que Sara ya no reconoce con su juventud ajena, juventud lejana, porque la postergación de la vida en Sara no es un asunto meramente temático, que realza la historia y la dota un conflicto fundamental, sino una verdad, una absoluta, que es capaz de truncarle los proyectos desplazados que idea con más facilidad que con la que los ejecuta. Una mujer patas arriba en su departamento: Sara. Una mujer que se para en la realidad acostándose en ella, con medio cuerpo afuera y medio cuerpo adentro del departamento, como en la portada del libro: atravesada.

«Nunca más estaré en función de los otros, murmuró, y sintió la lengua áspera contra el paladar a causa del vino. Algo en el tono no terminaba de convencerla. Probo decir la frase en voz alta, como si se tratara de una orden.

–Sara, nunca más estarás en función de los otros.

Lo dijo dos, tres, cinco veces. Cuando se cansó de repetirlo, estiró el brazo y llenó la copa hasta vaciar la botella. Los otros, musitó, y se acordó del título de una película que había visto con Estela, hacia varios años. Una en la que los muertos no sabían que estaban muertos». Y a pesar de que la idea de la muerte, de la disputa con la vida y el estar viviendo es constante en todo el relato y cae como peso extra sobre el cuerpo de Sara, esta no se queda quieta, estática, ante la disolución de su imaginación y exprime el pensamiento, se exige la idea porque ese también es un modo de operar contra el engranaje del capital, contra el sistema que es el principal responsable de la disolución de sus esperanzas.

La entrada y salida de personas al mundo de Sara, a ese mundo que se construye tras las paredes del departamento, es sustancial para la historia. Les otres, una bisagra entre Sara y ese mundo, un puente a la vida que hay allá afuera y también los despliegues de sus propias fantasías, pensamientos, que afectan a las imaginaciones y pensamientos de Sara, que chocan con ellos, porque esta es una imaginación interrumpida por una realidad que no quiere coincidir o encontrar un punto en común con lo que ella habría preferido: «Habría preferido la vejez en una casa con jardín», y sigue, «mataría por una casa con jardín. Polvo eres y en polvo te convertirás. La vejez te lleva de regreso a la tierra, pensó».

Julia, así como Estela, pasa a ser un doblez de esa realidad que le toca, que la asalta y logra quitarles o hacerle espuma los proyectos, las ideas que se le hacen espuma de mar en las manos a Sara, a Sara y su pensión miserable, a Sara y el hacerse cargo de los deseos propios luego de una postergación de sí misma por el cuidado ajeno, cuidado materno, cuidado no remunerado que tiene que hacer convivir con el otro, el remunerado, el que le tomó 40 años en la misma empresa para, después, ser cuestionada por Julia y su juventud, que apenas debe pisar los treinta años y ya tiene un trabajo estable y unos cuantos en el pasado.

La prosa de Suárez es limpia y tiene un oído propio. Para una lectora como esta, que suele rendirse ante las señas de un lenguaje en común, que inscriba un sentido colectivo, Sara se inscribe como una obra que rinde temática y estéticamente un tributo a una literatura local, que instala problemas situados, marcados, figurados en esos cuerpos que en la novela se reconocen de inmediato, que gracias a Sara comenzamos a ver de otra forma, así como a su imaginación, que es también su deseo: mujeres entrando a la vejez, pobres y deseantes. Cuerpos que, aunque les sean negados sus deseos, configuran sus realidades respecto a ellos, así como Sara, que ajusta el relato de su vida a conveniencia propia, porque la dignidad, esa sí que no, esa no la abandona ante les otrxs, esa es la que la ha llevado hasta donde está ahora, persiguiendo un futuro a sus sesenta y tres años, acomodando su relato y por ende su historia: «Para eso necesitaba esta especie de enclaustramiento, pensó Sara, no sólo para ordenar el clóset, el baño y los cajones llenos de papeles, sino también para ajustar el discurso de esta nueva vida». Un pensamiento inmediato, impostergable: ya desde antes de la pandemia, miles de mujeres, personas, vivían la vida en claustro, quizás como Sara, ajustando el discurso de sus vidas ante la máquina de exigencias vitales, capitales y sociales.

Vuelvo a Sobre la imaginación, de Mary Ruefle: «la imaginación tiene una vida propia y su propia autonomía; no es aquello con lo que juegas, la imaginación es la que juega contigo. Tiene el poder de crear y destruir, de formar y deformar» y entonces voy a Sara, la novela de Maivo Suárez, como un ejemplo de lo que ocurre o podría ocurrir con la imaginación de una mujer cuya vida parece un infierno, una deformación de la realidad esa vida, como apunta Patricia Highsmith en el epígrafe que antecede el inicio a la novela: «el paso del sueño a la realidad es el verdadero infierno», aunque lo de Sara no es sueño, sino el paso de uno a otro infierno; su propio círculo de castigo eterno: «La mente es prodigiosamente peligrosa cuando envejeces, concluyó, detestándose por no haber leído al respecto o que nunca la hubiesen alertado del asunto; la realidad, esa que estaba allí afuera, poco a poco se iba vaciando de significado, hasta transformar algunos días en pesadillas».

Cuesta cerrarle la puerta al departamento de Sara para dejar de verla ahí, fumando en el balcón, ahí, comiendo un trozo de pan con un hambre voraz porque maldita memoria que se le lleva las comidas del día, ahí, como esperando que algo pase, aunque no pase nada, sólo ideas, «sólo ideas al voleo que, de tanto machacarlas, habían parecido verdades». La mater dolorosa de la que ya escribía y rastreaba Julia Kristeva en sus estudios sobre la maternidad en la década de los ochenta, esa construcción que en la historia occidental ha narrado a la madre como una figura del sacrificio materno, aparece en este relato como la carta y empuje hacia una vida deseante, truncada por las exigencias de la realidad, no sólo contra las madres, sino contra la imaginación, contra la vejez, contra el día a día. Sara desea abrir una puerta de esperanza, cualquiera, la del departamento de enfrente, quizás, la de una imaginación que sea capaz de contrarrestarle el peso a ese choque, quizás, la del paso del sueño, el deseo, al infierno, la vida.

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