Remix del holocausto

Luis Romani

Conocí a Rómulo y Remo tres días después de que hice mi encargo en la dark web. Yo acababa de regresar del cinema porno cuando me encontré con los hermanos sentados sobre el tejado de mi casa.

—Mentirosa  —me llamaron—, perra mentirosa, y otros adjetivos que ya están prohibidos, pero me paso por el orto. Fue hasta después de que les contara de mi historia con el sida (sí, esa enfermedad que a nadie ya espanta, pero hace años era despiadada) cuando descubrí que Rómulo y Remo eran dos hijos del Diablo.

Al toparme con su anuncio en internet, no pensé que el par de asesinos que estaba por contratar fuera en realidad dos monstruos sanguinarios y caníbales, malditos por la bendición de la vida eterna. “Los vampiros puñeta” decía el anuncio. En la foto publicitaria de sus redes sociales solo aparecía una pistola vieja sostenida por una mano con brazalete heavy metal. La determinación de mi venganza hizo clic en el anuncio para que así los algoritmos se encargaran de eliminar para siempre de la faz de la Tierra a aquel hijo de puta que me había infectado con el virus del oprobio y la degradación inmunológica.

Gracias a las ventajas de la web no fue complicado arreglar el negocio, solo había una condición: el dúo no violentaba a cualquier desamparado que se me antojara aniquilar; se debía ser un auténtico desgraciado mal viviente para que ellos entraran en acción. Les tuve que inventar una exagerada y ridícula historia sobre la masacre de mi familia a manos del mediocre rocanrolero sociópata y amante de la cocaína, para que así convencidos fueran y le pegaran la putiza de su vida.

—Maldita perra mentirosa —enfatizó Remo cuando lo tuve en frente—. Era el menor de los hermanos. Me cayó bien así que los seguí hasta su casa porque me parecieron sórdidamente atractivos. Supe enseguida que Remo tenía sida. Bastaba con verlo. Se delataba no solo por pálido, sino que tenía ese semblante raquítico lleno del enorme deseo de matar al siguiente que preguntara “¿cómo estás?”, con un falso afán de misericordia. Solamente un enfermo, loco y marginado, comprende a otro igual de enfermo, loco y marginado.

—¿Cómo puedes vivir con eso? —le pregunté—. Yo estoy pudriéndome por su culpa.

El vampiro se acercó tanto que sentí su pene flácido dar de roces con mi pelvis. Pude notar la perfecta heterocromía de sus ojos purpura y verde bajo el aleteo de sus larguísimas pestañas de drag queen primeriza.

—Llevo casi cincuenta años viviendo con él —contestó—. Quejarme nunca me sirvió.

Remo tenía cerca de noventa años de edad, pero su cuerpo de Apolo bohemio yacía estancado para siempre en los veintitrés. Era delgado, casi esquelético; con el pelo alborotado, la barba de hipster vagabundo y un bigote de Dalí; tenía la nariz perforada con una argolla como la que usan para domesticar a las vacas lecheras. En su vida mortal, Remo había sido uno de los cientos judíos recluidos en el mundo nazi. Una noche, mientras lloraba sobre la tierra gris, fue secuestrado por Momo, el legendario vampiro mesoamericano. Nadie sabe cómo llegó ahí, pero el azteca era un trotamundos y filántropo que transformó al débil muchacho en una bestia moderna. Momo le enseñó a Remo a olvidar su idioma para aprender una lengua nueva.

La casa de los vampiros era un bonito departamento en un edificio solitario. Entre pasillos y habitaciones se albergaban libros, instrumentos musicales, cedés de vinilo, una pantalla grandísima, botellas de vino, coñac, pinturas de Goya y frescos de mitología griega y kabuki hechos por niños. Sin darme cuenta, ya estaba sentada en una mesa llena de ensaladas con queso, dips de cebolla, botanas, rodajas de naranja, insectos y flan. Pusieron frente a mí una suculenta hamburguesa que escupía unas doraditas tiras de tocino. Los vampiros me contaron que mientras no se alimentaban de sangre, la base de su vitalidad, consumían como mundanos una dieta ovolácteovegetariana.

Aquella noche que estuve con ellos, aislada en ese sustrato del mundo que pensé solo existía en el cine, la literatura o las pastillas, me puse a analizar el porqué no me había asustado todavía. Quizá no crean que reaccioné así de serena cuando supe de los vampiros (o sea, vam-pi-ros, en el siglo veintiuno), pero la verdad es que cuando una atraviesa la mayor parte de la vida señalada de loca, tachada de puta, desgastada por la idiotez universal y con un aspecto de cadáver jugoso, autodestructiva y llena de rabia, ya no te espantas de nada. Traten de despertar una mañana luego de haber fornicado gloriosamente y hallar, mientras buscas en el vestido de tu novio, el encendedor, un papel arrugado que dice los resultados de su prueba de sangre. Ahora el único sexo que practico es el de la mente… No es cierto, también el de las fotografías editadas que la gente sube gratis al internet.

Durante la cena me enteré del tétrico oficio que Rómulo y Remo ejercían en el mundo. Se trataba de un fenómeno virtual de inmoralidad y sadismo que promovía el bullying, el canibalismo y las enfermedades venéreas desde su blog. A donde fuera que pasaran, los hermanos dejaban un rastro de ganado muerto, abortos desatados entre las campesinas, suicidios cumplidos por los universitarios estresados, pero sobre todo, el deseo impulsivo de odiar, odiar, odiar a alguien. Cada que caminaban cerca de una escuela varias peleas de niños se efectuaban; en las carnicerías, los hombres golpeaban las reses con una pasión casi sexual y en la calle las miradas religiosas de las señoras quemaban con una furia apocalíptica; así sucesivamente en todo aquello que percibiera el olor de tigre de bengala que esparcían Rómulo y Remo, los dos sicarios de las penumbras digitales que esa noche invitaron a comer a una dulce chica como yo.

¿Cómo es que te conviertes en vampiro? —les pregunté cuando mi presencia había pasado a segundo plano porque ambos se habían hundido en el modo selfie de su celular.

—No es tan diferente de cómo lo ves en tele —dijo Rómulo—, pero requiere de todo un proceso de oscurantismo.

—¿Cómo un vudú de iniciación?

—Más bien un ritual de belleza. Como tú al maquillarte.

Primero: la fórmula para convertir a alguien en vampiro es que tiene que matar a otro vampiro. El asesinato es el reclamo por ese don y renacer a los que quieres someterte, pero esta cosa de matar solo aplica en vampiros; los humanos matan porque son bárbaros. Segundo, le despedazas el pecho y te comes su corazón. Sí, los vampiros tienen corazón. Es gris, más pequeño que el de los pollos, palpita una vez que lo arrancas de sus tejidos. Después, se crea un elixir de inmortalidad, esto es para acelerar el proceso de transformación; llámenle malteada de vía láctea si son fanáticos de los suplementos alimenticios o coctel mañanero si son un caso especial como yo. Este consiste en mezclar la sangre de las arterias del vampiro muerto con leche humana de varón recién ordeñada de sus guanábanas castradas. Sí, los vampiros también producen semen, pero es materia muerta, no cuaja; debe ser exprimida y vaciada en una licuadora con harto hielo frappé y una pizca de ginebra.

—¡Esto me parece una reverenda mamada! —exclamé— ¡Por qué carajo no te chupan el cuello y ya!

—Era válido en el siglo quince. La humanidad ha evolucionado tanto que nuestra fuerza caducó. El veneno de los colmillos no es tan poderoso. Hoy día siento que está sobrevalorado.

—¿Entonces cómo adquiriste el sida? Creí que los vampiros no se enfermaban. Nada de lo que han dicho tiene sentido.

—Es que no se enferman, Nena. Es un estado de putrefacción viva. Momo se contagió antes de que el síndrome fuera descubierto. Los anticuerpos conviven con nuestra sangre, son virus parecidos.

—¿Y a mí me harían…me harán…? ¿Me convertirían en un vampiro? —yo me sentía la chava de la película con su británico bombón cadavérico—. No quiero morir todavía. Soy joven, en proceso de estar completa y no voy a ser un cliché. No quiero estar viviendo el tiempo que me queda con esta puta cosa dentro.

—¿Qué los humanos no encontraron la manera de vivir con eso?

—No en mi grado. Estoy muy avanzada y medicada demasiado tarde. Además, ser una vampiresa tropical podría ser interesante.

— Querida, ni aunque te volvieras uno de nosotros se te acabaría el sida. Lo tendrías por siempre. Sida por el resto de la eternidad. No te gustaría vivir así, créeme. Es mejor que te llegue la hora.

—Entonces, ¿qué carajo hago aquí?, ¿para qué madres me trajeron?, ¿me van a matar?

—No.

—¿Me van a violar?

—Tampoco.

—Entonces ¿qué quieren?

La respuesta se contestó sola. De la penumbra del pasillo entró una criatura a la que los hermanos llamaron Yonki. Era una especie de enano regordete con la cabeza de asno, orejotas peludas y el hocico chimuelo, inmundo, prominente. La criatura daba suaves relinchidos de caballo. Le acercaron un plato en el que había, lo supe por el olor, dulces de marihuana y cereza.

—Tócalo.

—Uy, no. Qué te crees. —Los vampiros se pasearon descalzos y me jalaron hacia él—.
—Anda. Tócalo. Experimentamos con él los últimos años.

Debí correr en ese momento.

—Yonki era un paciente de tuberculosis. Es retrasado de por sí, ya estaba deforme cuando empezamos a inyectarle.

—¿Inyectarle qué? ¿Qué van a hacer con él?

—Venderlo en internet. Es nuestro tesoro, nuestro precioso bebé Yonki.

Rómulo, quien a la luz de la lámpara parecía un fantasma por lo albino de su piel, le dio en la boca un dulce que Yonki masticó con torpe frenesí.

—Para eso estás aquí, Nena. Los exhibiremos en video, a ambos, para ver si algún hacker millonario, igual de loco, se anima a comprar un ejemplar. Hay países interesados.

—El negocio no es tan nuevo. La sociedad está bien enferma.

—Lo enfermo es lo de ahora.

—Estamos creando especies. —Remo tomó el control remoto y apuntó hacía la mega pantalla. Se proyectó la trasmisión en vivo de un puñado de personas aglomeradas en una habitación circular. No me interesó el juego perverso hasta que reconocí a uno de los prisioneros; era un varón de cabello largo con tatuajes de estrella.

—¿Reconoces a tu portador, tu rocanrolero adicto a la heroína y el chocolate?

—Yo pensé que lo habían matado.

—No matamos a nadie desde que creamos el sitio web. Reclutamos víctimas y las preparamos para lo que viene. Son nuestra materia prima. Los hombres ahí tienen características particulares.

—¿Y yo qué? ¿Qué de especial tengo aparte de mentirosa? Ustedes lo han dicho, soy una inventada. ¿Van a encerrarme con esa bola de mal nacidos y después a convertirme en quimera?

Rómulo sonrió. Apagó el televisor y echó una fétida bocanada de aire.

—Ellos están respirando nuestro perfume, ¿entiendes? el néctar de nuestra magnificencia.

—Fluidos de vampiro vuelto spray.

Rómulo se movía al mismo tiempo que los hipogrifos y los unicornios de las pinturas, a esto le siguieron los murmullos de los libros y los tambores adentro de la pared. Era como si toda la casa fuera un pulpo sacado del mar, mansito, pero siniestro. Pendeja, debí largarme en ese momento.

—Están pasivos ahora, pero en un rato se entregarán a voluntad y van a despedazarse. Solo el más fuerte y astuto sobrevivirá. Lo volveremos vampiro, modificaremos su estructura biológica para venderlo a las naciones secretas.

—Poco a poco nuestro ganado aumenta. Ya hemos tenido rebaño antes.

—Así que ahora, puta asquerosa, ¡complace a nuestro bebé Yonki!

—¡Váyanse a la verga, putos vampiros!

Y corrí sin mirar atrás. Me di cuenta de que la invitación para cenar llevaba una etiqueta de zoofilia incluida. Me sumergí al laberintico departamento, aunque ellos saben que no puedo escapar. Irán por mí hasta el culo del mundo si es necesario, pero yo no busco huir, solo quiero hallar un cuchillo y degollarme antes de ser sometida a los deseos de un burro amaestrado.

—¡Nena!

Escucho los pasos acercarse,

—¡Nena! —llama la voz de Remo.

Me muevo como gata en las vigas. El sudor hace que la cara se me deshaga, se me antoja un pinche trago de tequila. Las luces se encienden, me hallo en una habitación llena de cables y animales decapitados que cuelgan del techo.

—¡Nena! —Remo cruza la puerta. Agarro el hacha que estaba en la esquina y le advierto.

—¿Dime qué vas a hacer, maldita ramera?

Ramera es una palabra muy bíblica para ofender.

—Perra mentirosa, tú eres la sidosa, tú eres la que infectó a Tristán por tu manía de inyectarte todo lo que se te cruza en frente. Esa historia de la señorita engañada no supiste ni venderla bien, transexual de mierda.

—¡Cállate, hijo de perra!

Y le mutilo el brazo al desgraciado. El vampiro grita, de su extremidad brota una fuga de sangre negra que me salpica la cara y ensucia mi fabuloso vestido de lentejuelas recicladas.

—¡Quítate, bestia!

—¿Qué pretendes, maricón estúpido?

Es Rómulo, parece un gato albino al que acaban de mojar.

—¿A dónde vas a ir si no te queda nada?

—¡Quítate o te rebano la verga, cabrón!

Rómulo me arroja contra la pared, el golpe es tan duro que siento como las tetas se me descomponen. El hacha resbala de mis manos y veo por fin el rostro despreciable del demonio. Tiene los ojos fijos en mí, el iris se ha tornado de un negro intenso y los colmillos se han expuesto como un par de estalactitas amarillas listas para destruirme.

—¡Mátala! ¡Mata al maldito puto! —grita Remo desde el otro cuarto.

Rómulo toma una larga hoz, que de quién sabe dónde sacó, porque es un cochino estafador, y viene por mí, corro, me aviento otra vez por el hacha, esquivo su primer ataque, el desgraciado se empieza a reír. Las risas están en la pared, en las ratas de la ventana, en las pinturas de dioses perversos; la casa entera se burla de mí y el puto burro de Yonki relincha a carcajadas. Rómulo se me abalanza.

—¡Esto te va a encantar, joto asqueroso!

El hacha no logra quebrarle la hoz, me raspa el brazo. La carne empieza a chillar. Le entierro las uñas en la cara y lo dejo, con mi esmalte de cebolla y jarabe, completamente ciego.

—¡Maldita perra! —Le doy una patada en los güevos. El imbécil me toma del tacón

—Se te acabó el numerito, perra.

Me caigo.

—Voy a descuartizarte, prostituta de mierda.

Putos vampiros, qué groseros. Sujeto la curva de la hoz que me rasga la palma y la volteo para su entrepierna. Rómulo jala con fuerza: el bastardo se arranca los testículos sin querer.

—¡MALDITA PUTA!

¡No insultes a las putas! —le estrello patadas en la cara. Puntos extra para mis tacones de plataforma. ¡Corre, niña! Me grito a mí misma. Me siento la Mujer Maravilla, un poco marciana, un poco ganadora olímpica. Esto es tan irreal, tan fantasioso y les juro que no estoy drogada. ¡Los pinches vampiros vienen por mí!

En la sala, Yonki está mirándome, se acerca muy rápido mientras balancea la peluda cabeza como si le pesara. Ay, criatura asquerosa. Comienza a relinchar excitado. No lo pienso ni dos veces: levanto el hacha y le rebano la yugular al desgraciado. La cabeza cae por un costado mientras el cuerpo se desploma por otro. Escucho los chillidos de Rómulo y Remo, arremeto contra la puerta y salgo a las escaleras. ¡Por qué madres no me di cuenta de que estaba en un sitio refundido, solo, todo culero y cenando con asesinos! ¡Pendeja! Alaverga todo mi cuerpo, se está cayendo a pedazos. El portón está cerrado, mierda, lo golpeo con intensidad, mierda no es posible. Vuelvo a subir. Dejé el hacha porque pensé que ya la había librado y son cosas que una no piensa cuando está en problemas.

—¡Nena!

Llego a la azotea y estoy lista para saltar.

—¡Nena!

Me vale. Veo coches a distancia, luces, una patrulla, voy a volar cuatro pisos abajo.

—¡Nena!

Es la voz de Tristán.

—¡Nena!

Santas herraduras de la condenada mala suerte.

—Nena…

Es él. Lo veo acercarse. Todavía es él. El zombi más guapo en el planeta de los sueños húmedos. Tiene los ojos ámbar y su melena se mueve como la espuma.

—Nena, por favor.

Tristán está bien. Pero yo ya no tengo tiempo para consideraciones. Lo sujeto en un abrazo y lo jaló conmigo al vacío.

—¡NO!

Siento el cuerpo romperse contra el pavimento. Un último suspiro de aire. Me morí. Con los ojos abiertos y el alma triturada.  Me morí… ¿Me morí? ¿Así es esta cosa? No. Se me iluminó el cerebro. Al fin comprendo. El aroma que estuve respirando toda la noche. El aroma de tigre de bengala de los vampiros hijos del diablo me ha chupado la cordura. Me dan unas ganas tremendas de llorar; es una retorcida poética sentir a Tristán roto encima de mí.

No sé cuánto tiempo ha pasado. No he hablado con nadie desde que me percaté que yacía acostada en el hospital, ni una enfermera. Hubiera preferido morir antes que cargarme otro dolor. La cara me arde y sé que me han despojado de toda mi identidad. El pecho está plano. Me cuesta respirar, veo todo más oscuro y siento muchísimo calor. La caída vino a terminar de joderme. Solo quiero morir. Trato de levantarme, mis extremidades pesan. Escucho música. Esa canción: una mezcla de violines clásicos que hacen orgia dentro del tornado durante una mañana de holocausto. Sé que no estoy en ninguna clínica. Camino vendada y sin bata por el lugar que ya conozco. Los animales en los cuadros se mueven. Oigo la música del violín, malditos vampiros de gustos gays.

En la mesa donde antes hubo un banquete de chatarra, está el cuerpo inerte de Rómulo con el pecho y la pelvis abierta.

—Ya era hora —habla Remo. Está vestido sólo con unas botas de látex, fumando puro. Me gruñen los intestinos al ver su cuerpo desnudo sin un brazo. Carga una licuadora con una mezcla rojiza que apesta a cena navideña. En el sofá está sentado Tristán. Mi Tristán. Tiene la cara pálida y jarabe escurriéndole como baba. Grito su nombre, pero no me hace caso.

Remo le entrega el recipiente que mi amado bebe de un jalón. El vampiro empieza a besarle cuello; le recorre desde la mandíbula hasta el lóbulo izquierdo. ¡Maldito! pero no escucho mi voz. Tristán arroja la licuadora vacía y abraza el cuerpo huesudo del vampiro. Vuelvo a gritar su nombre y otra vez no escucho mi voz.

—Ya estás lista —me dice Remo. Saca unas tijeras y corta el cabello de mi hombre, sí, el que me infectó, sí, el que mandé a matar cuatro días antes, pero no sé por qué si todavía lo quiero a borbotón

—Estás lista para salir a la calle, mi precioso monstruo.

Veo los mechones ondulados caer al piso. Estoy atrapada con él. No soy más que una plaga, ni Nena ni la heredera desquiciada ni las sobras de lo que iba a ser. Una bilis iracunda que se ahoga por dentro. Voy hacia el demonio que me observa fascinado. Me preparo para la segunda ronda. Sin nada de retóricas, Remo. Estoy lista para atacarlo cuando veo en el bicolor de sus ojos que tengo la cabeza de Yonki puesta en lugar de la mía; está cosida a mi carne, y los nervios, su voz y sus sentimientos ya son míos.


Luis Romani (Oaxaca, México). Es escritor y dramaturgo graduado en Letras Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Fue becario del Centro de las Artes de San Agustín, mención honorífica de ensayo del Festival Cultural de la Diversidad Sexual y Género (2019) y ganador del concurso de cuento del Festival Internacional de Escritores en San Miguel de Allende (2018). Actualmente produce Preciosos Bastardos: el podcast de escritura útil disponible en Spotify. 

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