Por las ramas:
Ética de la lectura adormilada

Simón López Trujillo

En lo que va de año, no he logrado terminar de leer un solo libro. Y eso que he tenido tiempo. De hecho, entre enero y febrero pasado tuve más tiempo que nunca para leer. Pero pasa que, como insiste mi madre en recordarme, me cuesta un mundo acabar de leer un libro. En especial si se trata de novelas. Errático, culpo a mi entusiasmo. Si un libro me gusta, me pasan dos cosas: o me dan ganas de escribir, o me da sueño. En el primer caso, con una cadencia ajena en la cabeza, acudo al marcapáginas y a las notas de mi celular. Tomo apuntes, copio ritmos, y luego olvido el libro abriendo otro. En el segundo caso, duermo siesta. De hecho, La calle de los cocodrilos, de Bruno Schulz, me ha producido ambos efectos desde que lo empecé. Mientras tanto, mi madre me pide prestadas más novelas que devora al ritmo de una serie de Netflix.

Picoteo, en cambio, mucho. Hace poco, antes de devolverlo, llegué a la mitad de Giovanni’s Room de James Baldwin. Eso bastó para fascinarme y buscar el documental I Am Not Your Negro, que hizo Raoul Peck sobre un texto inédito de Baldwin, donde cuenta su experiencia personal con Malcolm X, Medgar Evers y Martin Luther King. Una tremenda obra. En medio de eso, empecé la biografía de Susan Sontag que hizo Benjamin Moser (ganadora del Pulitzer en 2020) y Al mismo tiempo, su última colección de ensayos. En ficción, restan desperdigados por mi casa Roza, tumba, quema de Claudia Hernández, 10:04 de Ben Lerner, y Zama de Di Benedetto.

Quizás esto esté relacionado con que, desde hace un tiempo, me atraen cada vez más las narraciones lentas. He estado pegado con Sergio Chejfec por lo mismo, pues hallo placer en libros que no se apuran por contarte nada. Todo pasa sin la prisa en que nos comunicamos todo el tiempo. A veces el asunto se aletarga o incluso se lo deja para después, como promete el narrador de Baroni: un viaje constantemente: «a lo mejor describa esto más adelante». Y quizás por esto me fascina el cine de Apichatpong Weerasethakul. Cemetery of Splendor, por ejemplo, tiene esa gracia de que durante todo el filme podría no pasar nada más que la extrañeza y el placer visual en que nos sumerge la historia. 

La otra noche, antes de dormirme, me preguntaba si avanzar en un relato no es más seguir algo que se oye. Como un niño que escucha voces del otro lado de una pandereta y se acerca, aguza el oído, mientras nota, arriba de un árbol, un nido con huevos. Para mí, la trama no es motor de nada. Y esto, más que por esnobismo, por la añoranza de cierta lectura hipnótica, deliciosa, donde el lenguaje nos abre a otra intensidad. Algo que suele pasarme leyendo poesía. Como con los poemas de Mirta Rosenberg y e.e. cummings, pero también en novelas de Danilo Kiš o Guadalupe Santa Cruz. Con el tiempo, me digo a mí mismo que, ante el profundo trabajo de cierta literatura sobre el inconsciente, no podemos sino adormecernos, sumirnos en páramos brumosos donde el enredo y la fascinación obligan, de tanto en tanto, a levantar la cabeza y atender al mundo «como si cerrara los ojos pero mis párpados continuaran abiertos» —tal y como cuenta Alia Trabucco en un precioso ensayo sobre su experiencia como lectora de Herta Müller—, o, con Walter Benjamin, a mirar los pájaros que anidan en el territorio anterior a la experiencia.

Aunque quizá esto solo sea una forma de repetir aquello que Sontag explicaba a John Berger en una conversación televisada en 1983 (el video está en YouTube): que la ficción es fundamentalmente una «restauración del derecho a la intensidad». No es la historia, sino el dejarse llevar por un personaje o por «el sentido del lenguaje llevado a un nuevo tono», lo que importa. Intensidad del sentir, entonces; de la emoción y el imaginar fuera de todo uso mercantil o utilitario, cada vez más lejos de la imposición de un significado. 

Eso sí, reitero, aquella intensidad de sentidos me adormece como si estuviera ante una película de Andrei Tarkovski o Abbas Kiarostami, lo que considero un premio doble. De hecho, este último dijo alguna vez en una entrevista que, en vez del cine que busca dar consejos o hacer sentir culpable a su espectador, prefería «las películas que hacen que el público se quede dormido».  

Y es que supongo que, más allá de combatir el insomnio, esta ética de la lectura adormilada tiene un sentido político. ¿Cuál? Bueno, en principio nos ayuda a ir contra Goodreads. A aburrirnos mejor y más humildemente. Y también a apoyar a nuestras librerías de barrio: ya no es necesario terminar un libro para comprar otro. 

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