Una aproximación a «La mujer gallina» de Karo Castro: «La palabra pájaro hace ruido en la jaula”

Florencia Smiths

el silencio es luz
el canto sabio de la desdicha
emana tiempo primitivo
buscaba la piedra no el pan
un himno inocente no las maldiciones
el conocimiento de mis nombres
para olvidarlos y olvidarme
pero lo que no busqué es el exilio
ni tampoco me dije mentiras
no adoré el sol
pero no esperé esta luz negra
al filo del mediodía
.

Alejandra Pizarnik

1.El encuentro con el libro

El editor de la colección Pez Martillo, Rodrigo Hidalgo, me invita a presentar La mujer gallina de Karo Castro, que tuvo su 1ª edición el año 2016, por Balmaceda Arte Joven. Al ser la primera vez que tengo esta oportunidad, siento miedo. Primero, pienso que se debe a la posibilidad de no poder adentrarme en las letras, o de no lograr dar con algún sentido que despierte la conciencia o aproxime alguna verdad acerca del texto. Luego, pienso en la situación vital en la que estoy: escribiendo y analizando mi árbol genealógico, en búsqueda de entender el origen de la comunicación en mi línea materna. Es decir, el cómo y por qué en el habla de mi madre y por consiguiente, de mi abuela, tías, hermana. A medida que avanzo en el texto, el miedo va desapareciendo. Se ha producido el encuentro. He sido tocada por estas letras, en cuanto “(…) -tocar el cuerpo, tocarlo, tocar en fin -ocurre todo el tiempo en la escritura”. (1) Tocada porque me enfrento al universo que la poeta Karo Castro tejió en nombre de Corina Lemunao (Lemunao: tigre del bosque), mujer mapuche que fue confinada por su madre a vivir en un corral, por no poder entender los signos que ella le entregaba debido a un trastorno en el neurodesarrollo que, al parecer, corresponde al Autismo o Asperguer. La historia de Corina quedó grabada en el inconsciente colectivo, luego de que se la conociera a través de los medios de propaganda masiva, propiedad de la clase dominante en Chile y que, por supuesto, espectacularizó una situación mucho más profunda. 

Tocada porque al adentrarnos al entramado que la poeta decidió para dar forma a su canto, que es una manera de honrar y fijar en la memoria de un pueblo y de nosotros, mestizos balbuceadores de palabras cada vez más extranjerizantes, nos encontramos con tres secciones que se van sucediendo acorde a la biografía de Lemunao, poemas en primera persona que nos ubican en el centro de la herida del cuerpo y del territorio ancestral, lugar que ella sueña e imagina, en contraposición a la experiencia del gallinero. 

Si las palabras son aglutinadoras de realidad, la poesía colma el silencio que ocupa esta voz; dota de lenguaje, forma y sentido al cuerpo negado, marcado, vejado, medicalizado y exhibido, que desde su origen se ve impedido de trasmitir la sabiduría de su linaje, a través de la escucha y la oralidad, entre otros. 

2. Deshilando el tejido 

En “El gallinero”, primera sección del texto, la voz parte reconociéndose a través del nombrar, describiéndose con adjetivos que evidencian su condición de “Niña ave / Niña sin voz” (pág. 13), pero que conoce el lenguaje de los pájaros, lo habla a través del canto, vía espiritual para su sangre, y que le permite nombrar el mundo. Aun así, devela la imposibilidad de pronunciar, lo que la sitúa vitalmente en el silencio, la afonía, acaso la cicatriz más expuesta de su ser. (“Las palabras no pueden pronunciarse / No alcanzan a nombrar / La cicatriz crece día a día / Vivir desde el silencio / sin voz”. Pág. 15).  A medida que avanza la lectura se nos hace cada vez más presente el cautiverio, e incluso el orden religioso que tiñe su lenguaje cargándolo de dicho imaginario (“beber el cáliz de las posas inmundas / Hoy domingo una sola ofrenda pascual / el sebo le cubre el espinazo / lavando sus culpas con nuestra sangre”. Pág. 18). El cuerpo se nos devela como un espacio doloroso, en crisis, pero a la vez se plantea una conciencia aguda de tal, para luego entrar en el terreno oscuro y ausente de la madre, a la que le pide reconocimiento y habla, e interpela por el “juicio de sus ojos” (“Madre la herida está abierta” / “Del infierno intentarás sacarme / ¿En qué nombre te busco? / Madre deletrea / C-O-R-I-N-A, Pág. 22.). En este punto quisiera detenerme y conectar con la idea que plantea Luce Irigaray en la ponencia llamada “El cuerpo a cuerpo con la madre”(2). Para Irigaray, la relación con la madre aún permanece en la sombra de nuestra cultura, ya que es allí donde la relación deseo-locura tiene un lugar privilegiado. La autora menciona que el deseo de la madre es lo que la Ley del padre prohíbe, contemplando todo tipo de padres (de familia, de naciones, médicos, curas, profesores). El psicoanálisis, al ocuparse de la vida pulsional “nos habla del seno de la madre, la leche que da a beber, las heces que recoge e incluso, su mirada y su voz” (Pág. 36). La madre nos contiene en sí y luego, “nuestras pulsiones irían dirigidas a su cuerpo, pero el padre rompe ese vínculo estrecho del hijo o hija con ella para poner en su lugar la matriz de su lengua (Pág. 37). Un primer gesto sería darle su apellido, es decir, “revestir el cuerpo con piezas de identidad exteriores”. Ahora bien, se plantea que “es a través del habla (avidez oral), que el sujeto buscaría saldar hablando, de alguna manera, su falta de espacio y tiempo con la madre”. En resumen, el padre prohíbe este cuerpo a cuerpo con la madre, mediante la imposición de la lengua paterna que, en este caso, correspondería a la lengua del colonizador (Castellano) o, en otro sentido, la imposición de la ley médica sobre el cuerpo abierto de quien enuncia.  

¿Es acaso, entonces, la imposición forzada del Castellano como política lingüística chilena, junto con la violenta devastación y fragmentación de su pueblo, lo que vendría a quebrar el equilibrio que facilita y fomenta el Mapudungun en relación con la madre tierra, y que siempre es enseñanza u obra de una mujer (madre, abuela, tías)?  

En “La domesticación”, se aproxima a ello más claramente dado que parte con el poema “Chile bajo mis alas”, el que va describiendo a través de un lenguaje más coloquial, pero sin perder fuerza, cómo se saca a Chile del ala cuando salió del gallinero, haciendo referencia a toda la violencia, hipocresía y su “esclavitud silenciosa” (Pág. 14), mencionando además la dictadura y una “clase obrera domesticada”. En sus palabras, un país de “costilla deshilachada / huacha / burlona / violenta”. (Pág. 35). En definitiva, un Estado chileno que somete con garras, castigos y culpas. La jaula es otro elemento central en el imaginario desplegado, la que da pie a la domesticación, ya sea refiriendo al gallinero, la vestimenta, las sábanas o la sala de hospital. El “rescate” social que efectúa la jerarquía, la paraliza, la vuelve extraña y lejana, hasta hacerse la pregunta por el yo (“¿Quién soy? ¿Qué soy?”. Pág. 39), y al no dar con la respuesta, se desiste a seguir soñando, habilidad observada en el gallinero-celda y que por supuesto, no cesa (¿Es que acaso le es más fácil al ser humano, soñar o imaginar en cautiverio?). Asimismo, presiente el sacrificio, se narra el estrangulamiento, desplume y descuartizamiento en tercera persona, en el poema del mismo nombre (Pág. 41),  como alegoría de un destino cruento para los cuerpos diagnosticados o monstruosos como el suyo. La añoranza de la tierra, de su vida salvaje, del origen, también se despliega en este punto a propósito de una “orfandad desabrigada” (Pág. 44), orfandad que quizás solo es posible de aminorar mediante el regreso a su madre tierra. 

La domesticación se sigue describiendo o percibiendo como un tiempo trastocado, mezclado con recuerdos, el sometimiento a los médicos (al “hombre de blanco”) que busca volverla un objeto de estudio y que la subyuga a sus estándares y parámetros, la agobia al punto de ensordecerla, tal vez, con esa lengua del colonizador, mientras ella solo puede reaccionar de la forma que aprendió: cacareando hacia adentro, “hasta los pulmones mudos / donde se escuche mi dolor” (Pág. 45). En cuanto a la irrupción del hombre, quien enuncia alude a este ser como una bestia que “muerde y desgarra”, dando la impresión de un vejamen terrible que la deja “lloviendo sin ojos”. Así se evidencia también en la elección del epígrafe en el poema “Gavilán”, que corresponde a Violeta Parra y su magnífica pieza, tratándose de un ave carroñero que saca las entrañas al cuerpo muerto.

Por otro lado, está el canto, como una libertad invocada que rompe el límite con el cuerpo (“la garganta rota de canto”, Pág. 51), que traspasa las jaulas, y que, aun estando muda puede proferir hasta llegar a “romper el cielo” (Pág. 53). Canto que sucede a través del silencio, que no es un silencio abismante ni una tentación como para Pizarnik, sino más bien se presenta cargado de significaciones (un refugio, una violencia, etc.) hasta incluso se nos presenta como un espacio íntimo mental o corporal al que las palabras alborotan y que, a mi juicio, sintetiza el alma del texto (“La palabra pájaro hace ruido en la jaula. Pág. 45). Canto que para el pueblo mapuche representa no sólo un medio de comunicación y cultura, sino que es un puente entre los dioses y espíritus con el ámbito terrenal, entre otras muchas implicancias. En este sentido, a través de su canto y su “pecho ardiente que desgarra murallas”, aunque no se la escuche, la hablante busca crear puentes entre la naturaleza (es decir, su cuerpo)  y los dioses, para ser oída, porque sabe que ese silencio que canta no constituye violencia para su sangre y sus ancestros, como sí lo es para la bestia (Pág. 47); y es a ellos a quienes pide “arrastrarlos al infierno, al barro, de donde nunca debieron salir”. (Pág. 51). 

Canto, deseo primero (“Quiero cantar / quiero cantar en todas partes” Pág. 54), deseo de contacto espiritual (“Cantaré a dios los poemas de los pájaros” Pág. 26), y también canto a sí misma para reconocerse en la herida (“canto mi agonía a este cuerpo / sembrado de agujeros” Pág. 36). 

Pues bien, el cierre de la segunda sección del libro con el poema “No me sirven las palabras”, pienso que es un momento clave de esta poética al renegar aquí no solo de la Aculturación lingüística, sino también de la imposición violenta al pueblo mapuche de sobrellevar, debido a la migración campo-ciudad, una forma de vida completamente ajena, opuesta acaso. Se personifica en el cuerpo de la hablante a su propio pueblo, obligando a algunos de sus miembros a excluir de sus nuevas rutinas muchos de sus ritos y costumbres; tiempos que aceleraron sus ritmos de vida, sometimiento a la precarización de la vida a través del trabajo/explotación, anular a través del desprecio su sistema de creencias (la sanación, por ejemplo), acciones ancestrales que les son heredadas por generaciones y que están íntimamente vinculadas con el reino de lo sagrado. Una forma de vida que no admite otro plano, como el espíritu o la conciencia, ámbitos ligados a las fuerzas de la naturaleza, a la búsqueda del equilibrio con la tierra. 

Abriendo la tercera sección “Desplegar las alas”, se asiste a lo anunciado en el último verso de la segunda parte  (“Quiero ser un pájaro” Pág. 55), y que ya se venía anunciando en poemas anteriores (por ej.: “Quiero mis codos emplumados / quiero cambiarlos por alas de alondras al amanecer” Pág. 16). A pesar de reconocerse como “un ave suicida mirando en la ventana”, aun así, se nombra ave de alas abandonadas, porque las aves vuelan por encima de esta escritura poderosa (Queltehues, mirlos, alondras, golondrinas), e incluso, en el penúltimo poema de la sección 2, declara: “Entiendo que no soy animal / sino ave” (Pág. 52). Y, como diría el poeta hombre pájaro (Lorenzo Aillapán) “ningún pájaro canta por cantar”(3). Poeta a quién le fue develada su conexión con las aves en un sueño, hecho que le valió ser consagrado por los sabios Mapuche como “üñümche”, es decir, ave-hombre. Pero, en el caso de nuestra hablante, probablemente, al no entender el lenguaje humano, no puede ser nombrada por otros y por eso es ella misma quién se nombra ave-reina (“Anunciación” Pág. 53). Al parecer, no queda otra opción, ya que por contraposición al caso de Aillapán, ella no ha aprendido a organizar a su comunidad a través del canto o el entendimiento de tal, sino que ha tenido que salvarse a sí misma de la locura que significaría no alcanzar la libertad a través de las palabras (o de la poesía, es decir, del nombrar) y, de este modo, busca consagrarse a sí misma, quizás para “no trastornarse ante la falta de correspondencia entre el espíritu y el cuerpo que la mantiene enclaustrada, parafraseando al poeta. 

Antes de desplegar las alas, se ve. Incluso, ve la herida abierta en sus costillas, herida que según Irigaray “es la del corte del cordón” (4) ¿Herida de la marca materna o herida desde donde le estaban creciendo las alas? (“La herida sigue abierta en mis costillas” Pág. 39), para terminar, en el mismo poema, expulsando a todos los pájaros al abrir la boca, es decir, al igual que cuando hablamos y expulsamos las palabras, signos que para su pueblo constituyen no solo una Verdad, sino que debían ser moduladas y ajustadas de tal manera que además fueran Belleza (5). Por tanto, ¿qué pájaro es sino el de la lengua materna y por consiguiente, la libertad, la que “sale” por su boca? Esto se me figura más claramente al llegar al poema “Sobre la rama de mi lengua trinan los pájaros” (Pág. 61), que es donde se reafirma la resistencia a través de la lengua, al “Podrán perseguirme a palos / sacarme los huevos año tras año / podrán dar vuelta el maíz con el arado / pero jamás (…) podrán apartarme el deseo de volar”. Acaso dicho deseo sea liberarse a través del resguardo y la práctica del Mapudungun amenazado, lo que Elisa Loncón precisa como Aculturación lingüística, penetración del castellano en la estructura interna del Mapudungun, lo que provoca la fragmentación o la sustitución. (6)

Luego se nos devela la existencia de un embrión, la incubación y el contacto que establece con el hijo (“Crecerás / Hasta que no tenga sonrisas / Pujo tus alas”), el nacimiento y la consiguiente liberación a través de su alumbramiento (“Para liberarme / de esta humanidad terrible” Pág. 70). Pero, como si fuese un destino de luz negra, sobreviene el despojamiento también del hijo, y nuevamente el uso del canto, de una lengua sin lengua, para “cantar el dolor de no tenerte”. Solo queda La espera (Pág. 79), luego de que pida que se abra el cielo a su ascensión, y los pájaros esperen su retorno, hagan el llamado a su espíritu. Finalmente destaca la naturaleza de su dolor, la mezquina maniobra de buscar convertirla en pasado, en leyenda, en mito/realidad. (Pág. 81). 

Se plantea también la pregunta por la posesión de un cuerpo, un dios sopla su nombre llamándola, mientras en su cuerpo “agoniza la voz del pájaro”, poema final que cierra este libro-fondo de saberes, de tierra anhelada y paraíso jamás perdido. Ella no está desterrada de su Ñuke Mapu, sino del nido ajeno al que la subyugaron los mismos extractivistas que han hecho “leña del árbol sagrado”. El texto finaliza con la agonía de su voz:  ella, la que no puede hablar y sin embargo, no hace ni hizo otra cosa más que cantar, es decir, resistir, soñar, imaginar. El canto sublima el silencio, el despojamiento y el cargar con un cuerpo herido; cuerpo que, al perder la voz, no puede más que agonizar, pues, y como lo señalara la cantora Beatriz Pichi Malen (7),  “es el canto el que elige al cuerpo, para continuar con el ritmo del pulso de la vida, que es musical”. 

Santiago, 8 de enero de 2022. 

Referencias: 

  1. Jean Luc Nancy. “Corpus”. Arena Libros, 2003. Página 13.  
  1. Luce Irigaray. “El cuerpo a cuerpo con la madre”.  Coloquio de salud mental. Quebec, 30-31 mayo, 1980. 
  1. Entrevista: “El hombre pájaro Mapuche: No hay pájaro que cante por cantar”. La vanguardia, 21/02/2015. http://www.lavanguardia.com 
  1. Luce Irigaray. “El cuerpo a cuerpo con la madre”. Ponencia Coloquio de salud mental. Quebec, 30-31 mayo, 1980. Página 39. 
  1. Ziley Mora Penroz. “Filosofía Mapuche. Palabras arcaicas para despertar el Ser”. Editorial Kushe, Concepción, 2001. Página 39. 
  1. Elisa Loncón. “El Mapudungun y Derechos Lingüísticos del Pueblo Mapuche”. ISBN 91-89629-04-3 Ñuke Mapuförlaget. México, Distrito Federal, febrero 2002. 
  1. Beatriz Pichi Malen. Entrevista: “El canto como resistencia: entrevista a la cantora mapuche Beatriz Pichi Malen”. Revista Amazonas, agosto 2019. http://www.revistaamazonas.com

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