El gato que pasa dos veces: una lectura de Gestos para olvidar la costumbre, de Sebastián Herrera

Sergio Rojas

Texto leído el martes 14 de diciembre, en la presentación del libro Gestos para olvidar la costumbre, del poeta Sebastián Herrera, Santiago de Chile, Editorial Bisturí 10, 2021.

«Nadie habla. El televisor está apagado» (43).

Presentar el libro, no diré “de poesía”, sino de un poeta, no es tarea fácil. Se trataría, propiamente, si ello fuera posible, de algo así como presentar un poema. Vaya. Porque esto es el presente libro de Sebastián Herrera: un largo poema. En cualquier caso, me parece que no rinde frutos proceder mediante asedios teoréticos, mucho menos se trataría para mí de intentar algo así como una “interpretación” del poema. Se trata ante todo de leer el poema.

Lo que me ha interesado en esta lectura es la cuestión del no lugar del poema; es decir, su condición extraña a este que mundo que habitamos cotidianamente. No se trata solo de cierta convicción según la cual un poema es ajeno al orden de la utilidad, de la urgencia y del consumo, sino también, y esencialmente, me obsesiona la idea de que el poema hace lugar en el lenguaje a su no lugar. En efecto, ¿qué hace el poema en un universo tramado por redes digitales de información y comunicación, es decir, un universo que se ha llenado de palabras? «Entre el deseo y la intemperie las palabras se arrumban» (47), escribe el poeta. El deseo y la inquietud se transforman en ganas de hablar. Van quedando solo palabras donde un día hubo la experiencia que condujo hacia el lenguaje. Como observa Byun-Chul Han, en el espacio de la comunicación digital, «el “sujeto narcisista-depresivo percibe tan solo el eco de sí mismo», claro, quiere inundarlo todo con su propio “sonido”, pero ante todo se trata de negar el silencio o, más precisamente, de ignorar la dificultad y la imposibilidad del lenguaje, esas con las que lidia en cada momento la escritura

Sergio Rojas, escritor y filósofo.

¿Para qué poeta en tiempos de consignas? ¿Para qué poetas en tiempos de balances y cuentas públicas? ¿Para qué poetas en tiempos de coaliciones? Habitamos en medio de un silencio ensordecedor. De todo se puede hablar, de todo se debe hablar. La conversación es como un protocolo de la presencia, pero es solo un protocolo. Y, aun así, no sucede que la experiencia desaparezca: «La experiencia es una de las pocas cosas que aún permanecen» (13). Más bien sucede que, de un lado, la experiencia enmudece, ajena al tiempo de la comunicación instantánea; del otro lado, en la obsesión de la inmediatez, las palabras abundan en la misma medida en que no importan. «En el jardín –cementerio húmedo– se alojan restos palabras que nunca se dijeron y otras que no aguantaron el silencio» (11). 

La escritura no procede aquí animada por una voluntad de existencia. Un poema no es un objeto que pueda simplemente agregarse a lo que hay.

El título me seduce y, a la vez, me intriga: «Gestos para olvidar la costumbre». 

No puedo reconocer un interés orientando la elección y disposición de las palabras, me refiero a un supuesto interés por transmitir o comunicar algo así como un “mensaje”; porque las palabras se van, más bien, disponiendo para hacer faltar al sujeto, para que no permanezca detrás o como por debajo de las palabras alguna forma de conciencia soberana sirviéndose del lenguaje como de un “instrumento”. Un asunto que recorre el poema es precisamente las palabras. «Alguien enseña lo que debieran significar las cosas / aunque la gente les da mucha importancia a las palabras» (43). En efecto, existimos en un tiempo que se ha llenado de palabras, las que capturan multitudinariamente el interés de las personas. Todo el mundo quiere decir algo, literalmente, todo el mundo. Renaud García nos informa que: «Diez mil millones de e-mails son enviados por hora en el mundo, actividad que moviliza la energía equivalente a la producción de quince centrales nucleares o a cuatro mil vuelos de ida y vuelta entre París y Nueva York». Paradójicamente, en un mundo abrumadoramente extraño e inédito, antes que un interés por lo que está sucediendo, toda la importancia parece recaer en las palabras que se dicen sobre esto o aquello, y este hablar, sostenido y sin descanso, trama en buena medida lo que cabe denominar nuestra cotidianeidad.

Sebastián Herrera, autor de Gestos para olvidar la costumbre.

«Todo el convivir –escribe Heidegger- se mueve en el hablar de los unos con los otros y en la preocupación por lo hablado. Lo que le interesa es que se hable».  Cotidianamente, el lenguaje tiene el carácter de la comunicación, las palabras son un medio, un instrumento para hacer transmitir “algo”. Esto supone entre los interlocutores allanada de antemano la posibilidad de la comprensión. Pues bien, al modo en que las palabras sirven a la comprensión cotidiana Heidegger lo denomina “habladurías”. En efecto, en todo evento de comunicación suponemos necesariamente que hay algo que se dice “mediante” el lenguaje, se habla acerca de algo. La comprensión implicaría entonces una dirección doble: comprender lo que se dice y también comprender aquello sobre lo cual se habla. Esto parece ser de una obviedad casi intrascendente: comprendemos el asunto del que se habla en la medida en que comprendemos lo que se dice acerca de ese asunto. Sin embargo, lo que sucede en el habla de la comunicación cotidiana es que se “comprende” lo que se dice por encima de aquello acerca de lo cual se habla.

¿Cómo es posible que lo que se habla -cómo es posible que las palabras que se dicen- sean comprendidas sin que se comprenda aquello a lo que se refieren esas palabras? Este extraño suceso implicaría que el asunto de la comunicación es solo la ocasión para la expresión y circulación de discursos y fórmulas lingüísticas en cierta manera ya pre-comprendidas. Es un decir aquello consabido que se repite. Por lo tanto, habríamos perdido incluso interés en aquello sobre lo que se habla. Solo queda el interés en lo que se dice. El fenómeno nos resulta cotidiano. Es lo que sucede en la circulación pública de las palabras, es decir, de la comunicación. El periodista hace una pregunta, como espectadores no necesitamos -o al menos no se nos pide- saber acerca de lo que se está preguntado, tampoco esperamos aprender del entrevistado; solo queremos saber si acaso este había preparado la respuesta, si la vio venir de antemano. Las palabras operan entonces como monedas en un mercado.

Al no darse en la conversación una verdadera apropiación de aquello sobre lo que se habla, comprender consistirá solo en reconocer lo ya dicho sobre el “tema” de turno. Se trata justamente de aquello que denominamos “lugares comunes”: «Hay tantas cosas que le gustaría decir, pero sabe que es necesario olvidar lo que se impone. Las palabras, al contrario, le serán siempre jóvenes, mientras el muro envejece y los acontecimientos construyen sus semejanzas» (25). Así, lo cotidiano se constituye como una forma de comprender que se estableció antes de que fuese requerida, con la prepotente autoridad de lo que ya “se sabe”. Escribe Heidegger: «La cosa es así, porque se la dice. La habladuría se constituye en repetición y difusión, por cuyo medio la inicial falta de arraigo se acrecienta hasta una total carencia de fundamento». El habla cotidiana no solo acontece indiferente al abismo que se abre bajo los pies, sino que ella consiste esencialmente en el modo de llevarse con esa falta de fundamento. En la comprensión de “término medio”, en los lugares comunes y en la inmediata disponibilidad de las palabras para la comunicación, los seres humanos se hallan en medio de la nada, arrojados a una totalidad que se sustrae, dejándose apenas atisbar en las preguntas.

La habladuría resulta de la pre-reflexiva confianza en que es posible hablar de todo; de que es posible tener opinión sobre cualquier cosa; más aún, va el individuo en la seguridad de que comprender algo consiste en poder hablar inmediatamente de ese algo. Sucede entonces que, justamente a partir de aquella “natural” disponibilidad de las cosas para ser señaladas en el lenguaje, paradójicamente, el ser de las cosas se ha retirado desde esta desmemoriada comarca de cinismo vociferante. Conducidos por una inteligencia atolondrada, carecemos de un sentido para lo innombrado: «el simple olvido de una primera vez (43)». ¿En qué consiste este olvido sino en la memoria editada de una experiencia que la propia condición de sujeto fue transformando, sin reserva, en un manojo de palabras desgastadas? Una primera vez nos dice que el nombre del orgullo que exhibimos no nos pertenece, que una zona de ese “mi yo de dos letras” (al decir de Beckett) permanece entre el deseo y la intemperie. Pero no se trata de la épica de la “primera vez”, sino de la experiencia como tal, de la percepción como tal, de haber estado siempre en un aquí y ahora: «Ejercicio, memoria / cosas que se dejan en cada habitación. El aroma de las naranjas en la mañana /una vieja canción sobre el cuerpo / la distancia entre las palabras y el vidrio que las separa» (19). Memoria, pues, de lo que sucede entre las cosas: «La loza oscura en los estantes /un susurro entre las cortinas /símbolos que velan la madrugada esperan a una familia que no alcanza a sentarse en la mesa» (39).

Palabras prestadas se constituyen en el cotidiano suelo de la existencia ofreciendo la garantía de su básica seguridad. Aquellas palabras que nos prestan domicilio en la irresponsabilidad que nos hace humanos, son también nuestra costumbre. Lo que anuncia el título de este poema (“Gestos para olvidar la costumbre”), título que -ya les decía- me seduce a la vez que me intriga, no dice “olvidar las palabras”, sino el trato inercial con estas, abandonar la comodidad con que habitamos el lleno de palabrería con el que construyen y desarman sin solución de continuidad las escenografías y parlamentos que ocupan el lugar del “mundo”. Hasta que, de pronto, una falla en nuestra percepción… o en el mecanismo del imaginario y… el mismo gato pasa dos veces o, más precisamente, se repite absurdamente el momento en que el gato pasaba por primera y única vez. Matrix, ¿verdad? En ese momento, digo, la escenografía, llena de efectos especiales, con nosotros en el medio, queda en silencio… el tiempo se hace tan lento que los relojes ya no sirven: «un curso tan lento que se puede oír una sombra envejecer» (53). «Todo sigue al interior de los muebles en el crujido de la madera que se hincha en las huellas de los insectos sobre el polvo» (11).

Aquella “realidad” domesticada e intrascendente, constituida por cosas que se dejan dócilmente señalar antes de echar en falta su sentido, cubre al modo de una niebla lo innombrado. “De niños -escribe George Bataille-, todo lo hemos sospechado: tal vez fuéramos, agitándonos extrañamente bajo el cielo, víctimas de una trampa, de una farsa cuyo secreto algún día descubriríamos. (…) pero como adultos ‘poseemos’ este mundo, disponemos de él sin límites, está hecho de objetos inteligibles y disponibles. (…) En una palabra, hemos dejado de desconfiar”. En la niñez la conciencia se abría hacia ese exceso que se manifestaba en el modo de la «desconfianza» respecto del ser, no solo abismados en la sospecha de que acaso el mundo verdadero no era el que veíamos, sino incluso ensayando la conjetura más radical de todas, según la cual, después de todo, no habría mundo alguno. ¿Cómo no iba a sospechar del mundo quien habita en un universo donde todo es una primera vez? Leo al poeta: «Hay árboles que crecen en el cemento» (55) / «La palabra rojo sobre el color que se ha perdido» (23) / Por eso digo, recuerdo, el “gato pasa dos veces”, como para darnos a pensar en las fisuras que traman, más allá de la mentada globalización y su trama digital, la violenta fantasmagoría que habitamos, a un paso de desarmarse.

«Nadie habla. El televisor está apagado» (43).

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