Zambullirse en la vorágine

Felipe González

“Todos somos una suerte de detectives”

—David Lynch

En cierta novela de Michel Houellebecq la narración abre señalando que el progreso de la humanidad puede resumirse en “mutaciones metafísicas”, en un cúmulo de eventos a los que, en retrospectiva, se les asigna un nombre, delimitando así un periodo en que el grueso del mundo humano —más bien occidental— llega a compartir una visión particular de la realidad (se cita el Cristianismo como una de estas raras etapas; quizá la pandemia del Covid-19 califique para ejemplo cercano). Que a dichas transformaciones se las catalogue de “metafísicas” hace pensar, decididamente, en un carácter filosófico, intrínseco a las mismas. 

La idea es seductora: tiñe nuestro tejido de lo cotidiano con la idea de un orden que siempre creemos bienvenido, pero tal esquema se torna insostenible en un presente donde los “grandes relatos” se han desmoronado, dando paso a la disposición múltiple, rizomática. Los estratos, del colombiano Juan Cárdenas (Popayán, 1978), noveliza, si bien de una manera velada, elegante, el fracaso de aquel periplo, de la búsqueda de un principio rector que dé sentido a nuestras vidas. O que al menos las ponga en orden. 

Camuflada como una novela de intriga, a ratos casi detectivesca, Los estratos narra la crisis que vive un treintañero colombiano cuyo nombre —junto al de todos los demás personajes— permanece como incógnita, como si de una ausencia identitaria se tratara. Y es una crisis así, a secas, porque no hay faceta de su vida que escape a la ruina (aun cuando se nos vaya revelando que, lejos de ser él su propio artífice, el fracaso parece seguirlo cual herencia maldita). Su carrera profesional consiste en ser la silla vacía de la empresa legada por su padre, con un inventario que arrastra, además de una deuda insalvable, a los antiguos amigos y socios del difunto, hombres a quienes «les gusta la buena vida» y que nuestro protagonista encuentra francamente ridículos, sino ya repulsivos: «Siento terror. Terror estúpido, supongo, ante la posibilidad de que ellos sepan bien cuánto me repugnan sus modales estrafalarios, sus esposas mejor o peor siliconadas y su lenguaje indisgesto. Horror ante la posibilidad de que su propósito sea justamente producir repugnancia».

La aversión que el narrador dice profesar por sus asociados es, sin embargo, un episodio en apariencia aislado. Primero, porque su compromiso con la empresa se limita, a lo largo de la novela, a un par de llamadas y a una breve reunión donde el lector accede a esta perorata sobre el mal gusto; y luego, porque esta primera persona que atraviesa el conjunto del relato —apropiándose, cabe decir, de las voces y registros de los demás actores— se concreta a sí misma como observadora antes que como miembro del elenco de lo real. Ya las páginas iniciales se encargan —con la descripción parca a la vez que evocativa de una escena que remite a «la felicidad de la infancia: olor de aguas aceitosas, limo, residuos tóxicos, olor del mar apretado en una bahía sucia»— de establecer la distancia con que el narrador describe su vida; e incluso esa mirada pronto se aparta: «Pero estas impresiones se disipan de pronto, si se me permite decirlo así. Si se me permite decirlo de algún modo». Su Yo se encuentra escindido de la historia propia, la destreza con que encadena los significantes palidece ante el extravío de algún sentido. Nos interpela para permitirle, siquiera de algún modo, decir las cosas; el contar no es ya más que un vestigio.

Esta anhedonia que el narrador padece y que solo parece disiparse ante fuertes experiencias estéticas sugiere el preguntarse si es un rasgo más bien personal (aquella herencia maldita) o, en contraposición, qué tan mediado se encuentra por la cultura. En ese intercambio pasajero que entabla con los conocidos de su padre deja caer cierta mención a otra parte de su legado, a un «historial de locura y rebeldía juvenil forjado» por el progenitor. No será la última vez que sus pensamientos naufraguen hacia los recuerdos de sus años institucionalizado, periodo del que además conserva una amiga: la psiquiatra que alguna vez lo trató, pero que en el presente de la novela presta más atención a cuestiones del arte. La remembranza es, de hecho, el verdadero motor de un relato que planea, valiéndose de una prosa en que confluyen onirismo y un ojo clínico, sobre diversos escenarios: sórdidos moteles e instituciones psiquiátricas, tierras baldías llenas de chatarra; un hogar roto, donde el narrador convive con una mujer que es su esposa de forma estrictamente legal; y al final del camino, la selva como un último bastión de la memoria. Y es uno el recuerdo singular del que se originan todas las posteriores réplicas, suerte de epifanía que dispara la mencionada búsqueda de un sentido y que se encarna en la figura de la «nana», la mujer negra que cuidó del narrador cuando este fue niño. Una mujer cuya desaparición, largo tiempo olvidada, retorna como una piedra sisífica con la que debe cargar: «Ella está triste y su tristeza, tan poco habitual, encierra para mí un secreto profundo ante el cual debo guardar la compostura. Soy un niño pero ella me ha enseñado a reconocer y reverenciar ese estado de ánimo que es como un caldo oscuro que se ha estado cociendo durante siglos a fuego lento y que ella debe remover con un cucharón de palo y probarlo cada cierto tiempo».

Un caldo oscuro como las pieles de los hombres y mujeres sobre cuyos cuerpos explotados se construye una nación que aspira al buen gusto. «Querés que te perdonen por ocupar tu lugar en el mal reparto», será el diagnóstico de su amiga psiquiatra aludiendo a la culpa acarreada a través de las generaciones. Mas la no-elección de aquel legado no termina de expiar la pertenencia a aquella genealogía. Nuestro narrador teme apropiarse de su lugar en el mundo, de su propio discurso («Si se me permite decirlo de algún modo»). Teme voltear su mirada hacia el pasado, vive en un constante soslayo, en constante negación de su identidad: la psiquiatra lo anima a buscar a su nana, pero aquella búsqueda debiese ser simbólica antes que literal.

Curiosamente, el narrador sí conserva un recuerdo, si bien vago, de su historia con su nana: el cuento del «Diablito de Churupití», una suerte de fábula sobre un diablillo que insta a los inmigrantes negros a parecerse más a los blancos; aunque, lejos de tener moraleja, pronto descubrimos la advertencia que encierra el cuento: el peligro, las injusticias que se perpetran bajo el amparo de aquello que Benjamin llamó la “estetización de la política”, donde las esferas de lo bello y lo moral se confunden a grados que tientan a la supresión del intelecto. Cárdenas, de una formación que atañe a distintas disciplinas artísticas, medita (e invita a meditar) estos problemas, en particular a través del episodio de un artista —novio de la psiquiatra— cuya performance pretende dar voz a pueblos indígenas, pero sin el sustento de mensaje alguno; es la construcción de un gesto no solo vacío, sino también ininterpretable.


La preocupación por el papel que la estética juega en nuestras vidas recorre, como si de una falla kilométrica se tratara, el grueso de esta novela. Pero así también lo hace la raza, el sueño, la memoria, el lenguaje, Cárdenas descentra su novela en una vorágine por la que transitan diversas vetas que se superponen unas a otras, como si se tratase de un regreso al modelo homérico de narrar, a la carencia de segundos planos. Las mutaciones metafísicas dan paso a las mutaciones estéticas: allí donde Poe inaugurara el género detectivesco, paradigma de la razón por sobre todas las cosas, Los estratos se enmarca en una tradición donde todos somos detectives intentando desentrañar el misterio de nuestras propias vidas, donde la estetización de la política da paso a la politización de la estética. El reencuentro con aquella mujer que supuso una pieza fundamental en su formación sensible se producirá no en un plano material, sino como la reconexión con una historia que es la propia pero también la de todo un pueblo; las palabras —la lengua compartida— como un remedio que vincula el cuerpo con el alma, un remedio que no es «ningún secreto, no da nada que uno no tenga, sino que pone a la gente a trabajar». Y allí la intuición se revela como una forma más de inteligir el mundo, que es un todo y a la vez sus estratos. 

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