Un poema y una carta: dos traducciones a James Baldwin

Trad. Franco Urra Cabezas

Culpa, Deseo y Amor


En la oscura esquina
donde Culpa y Deseo

tratan de mirarse
el uno al otro
(de inmediato, uno de ellos
prenderá un cigarro
y lanzará una mirada
hacia la bodega abandonada)
Amor llegó encorvándose,
un silencio reventado
de pie un tanto apartado
pero visible de todos modos
en la luz amarilla, silenciosa, humeante
donde Culpa y Deseo discutían,
intentando no ser escuchados
por este intruso.
Cada vez que Deseo miraba hacia Amor,
esperando encontrar un testigo,
Culpa gritaba más fuerte
y sacudía esas caderas
y el fuego del cigarro
amenazaba con quemar la bodega.
En realidad Deseo cruzaba la calle,
una y otra vez,
para escuchar lo que Amor tendría que decir,
pero Culpa detuvo a un cargamento
de otras personas
y se arrodilló en medio de la calle
y, mientras el cargamento de otras personas
apartaba la mirada, y juraba que
no había visto nada
y que de ningún modo podía testificar,
y Amor se perdía de vista,
Culpa logró sobre el cuerpo parado
de Deseo
el relajo momentáneo, incendiario
que sella su unión
(¿para siempre?)
y que crea un enorme problema de tránsito.

Carta a mi sobrino

Publicada por primera vez en la revista The Progressive en 1962; posteriormente, en el libro The Fire Next Time de 1963, con el nombre “Mi Calabozo Tembló: Carta a mi Sobrino en el Centésimo Aniversario de la Emancipación”


Querido James:

He empezado esta carta cinco veces y cinco veces la he destrozado. Sigo viendo tu cara, que es también la cara de tu padre y la de mi hermano. Al igual que él, eres fuerte, negro, vulnerable, malhumorado —con una inclinación muy definitiva a sonar hostil porque no quieres que nadie piense que eres sumiso—. Tal vez en esto te parezcas a tu abuelo, no lo sé, pero ciertamente, tú y tu padre se parecen mucho a él físicamente. Bueno, él está muerto, no alcanzó a conocerte, y tuvo una vida terrible; se vio derrotado mucho antes de morir porque, en el fondo de su corazón, realmente creía lo que los blancos decían de él. Ésta es una de las razones de porqué se convirtió en un devoto. Estoy seguro de que tu padre ya te ha contado algo sobre el tema. Ni tú ni tu padre muestran ninguna tendencia a la devoción: realmente eres de otra era, parte de lo que ocurrió cuando el negro dejó su tierra y llegó a lo que el difunto E. Franklin Frazier llamó “las ciudades de la destrucción”. Solo pueden destruirte si crees que en realidad eres lo que el mundo blanco llama un nigger. Te digo esto porque te amo y por favor no lo olvides nunca.

Los he conocido a ambos toda su vida, he cargado a tu papá en mis brazos y en mis hombros, lo he besado y le he dado nalgadas y lo he visto aprender a caminar. No sé si tú has conocido a alguien desde tan temprana edad. Si has amado a alguien por tanto tiempo —primero como un bebé, luego como un niño, luego como un hombre—, adquieres una extraña perspectiva sobre el tiempo y el dolor y el esfuerzo humanos. Otras personas no pueden ver lo que yo veo cuando miro la cara de tu padre, pues detrás de la cara actual de tu padre están todas esas otras caras que eran suyas. Deja que se ría y veo un sótano que tu padre no recuerda y una casa que no recuerda y escucho en su risa actual su risa de niño. Deja que maldiga y lo veo caerse en la escalera del sótano, gritando, y recuerdo con dolor sus lágrimas, que mi mano o la mano de tu abuela secaban tan rápidamente. Pero nadie puede secar las lágrimas que tan invisiblemente derrama hoy, que uno escucha en su risa, en su forma de hablar y en sus canciones.  Sé lo que el mundo le ha hecho a mi hermano y cómo apenas ha podido sobrevivirlo. Y sé, lo que es mucho peor—y éste es el crimen por el que acuso a mi país y a mis compatriotas, y por el que ni yo, ni el tiempo, ni la historia los perdonaremos jamás—, que han destruido y están destruyendo miles de vidas y que no lo saben y no quieren saberlo. Uno puede ser, de hecho, uno debe luchar por hacerse, fuerte y filosófico frente a la destrucción y la muerte, pues esto es en lo que mejor ha sido la mayor parte de la humanidad desde que sabemos del hombre. (Pero recuerda: la mayor parte de la humanidad no es toda la humanidad). Mas no es admisible que los autores de la destrucción sean también inocentes. Es la inocencia lo que constituye el crimen.

Ahora, mi querido tocayo, esta gente inocente y bien intencionada, tus compatriotas, han causado que nacieras en condiciones no tan alejadas de las descritas por Charles Dickens en el Londres de hace más de cien años. (Escucho al coro de inocentes gritar: “¡No! ¡No es cierto! ¡Qué amargado eres!”—pero te estoy escribiendo esta carta a ti, para intentar decirte algo sobre cómo lidiar con ellos, pues la mayoría de ellos no saben realmente que tú existes—. Yo sé las condiciones en las que naciste, pues estuve ahí. Tus compatriotas no estuvieron ahí y aún no lo han estado. Tu abuela también estuvo allí y nadie la ha acusado a ella de ser una amargada. Les sugiero a los inocentes ponerse en contacto con ella. No es difícil de encontrar. Tus compatriotas tampoco saben que ella existe, a pesar de que ha trabajado para ellos toda su vida).

Bueno, naciste, viniste aquí, hace más o menos quince años; y a pesar de que tu padre, tu madre y tu abuela—echando un vistazo a las calles por las que te llevaban, mirando las paredes a las que te trajeron—tenían todos los motivos para mostrarse afligidos, no lo estaban. Pues aquí estabas, gran James, llamado así por mí—tú fuiste un bebé grande, yo no—, aquí estabas: para ser amado. Para ser amado, bebé, con fuerza, de una vez y para siempre, para fortalecerte frente a un mundo sin amor. Recuérdalo: sé cuán oscuro puede parecer todo para ti en la actualidad. Se vio mal ese día también; sí, estábamos temblando. Aún no hemos parado de temblar, pero si no nos hubiésemos amado los unos a los otros, ninguno hubiese sobrevivido. Y ahora debes sobrevivir porque te amamos, y por el bien de tus hijos y los hijos de tus hijos. 

Este país inocente te puso en un gueto en el que, de hecho, pretendía que fallecieras. Déjame explicarte con lujo de detalle qué es lo que quiero decir con ello, pues aquí se encuentra el corazón del asunto y la raíz de mi disputa con mi país. Naciste donde naciste y enfrentaste el futuro que enfrentaste porque eras negro y por ningún otro motivo. Se esperaba, así, que los límites de tu ambición estuviesen fijados para siempre. Naciste en una sociedad que explicaba con una claridad brutal, y de tantas formas como fuera posible, que eras un ser humano despreciable. No se esperaba que aspiraras a la excelencia: se esperaba que hicieras las paces con la mediocridad. Dondequiera que te hayas volteado, James, en tu corto tiempo en esta tierra, se te ha dicho a dónde puedes ir y qué es lo que puedes hacer (y cómo puedes hacerlo), y dónde puedes vivir y con quién te puedes casar. Sé que tus compatriotas no concuerdan conmigo en esto y les escucho decir: “exageras”. Ellos no conocen Harlem y yo sí. Tú también. No te fíes de la palabra de nadie más, incluyendo la mía—, pero confía en tu propia experiencia. Debes saber de dónde vienes. Si sabes de dónde vienes, realmente no hay límite de a dónde puedas llegar. Los detalles y los símbolos de tu vida se han construido deliberadamente para hacerte creer lo que los blancos dicen de ti. Por favor, intenta recordar que lo que ellos creen, además de lo que hacen y de lo que te hacen soportar, no es una revelación sobre tu inferioridad, sino sobre su inhumanidad y su miedo. Por favor, James, intenta no confundirte —a través de la tormenta que hoy azota tu joven cabeza— sobre la realidad que se esconde detrás de las palabras aceptación e integración. No hay motivo por el que debas intentar parecerte a los blancos y no hay ningún fundamento para su suposición impertinente de que ellos deban aceptarte a ti. Lo que es realmente terrible, amigo mío, es que debes aceptarlos a ellos. Y lo digo muy en serio. Debes aceptarlos, y aceptarlos con amor. Pues esta gente inocente no tiene otra esperanza. De hecho, aún están atrapados en una historia que no pueden comprender, y hasta que la comprendan no podrán liberarse de ella. Han tenido que creer por muchos años, y por motivos innumerables, que los negros son inferiores a los blancos. Ciertamente, muchos de ellos tienen mayor conocimiento al respecto, pero, como ya irás descubriendo, a la gente le resulta muy difícil actuar en base a lo que conoce. Actuar es estar comprometido, y estar comprometido es estar en peligro. En este caso, el peligro, en la mente de la mayoría de los estadounidenses blancos, es la pérdida de su identidad. Intenta imaginar cómo te sentirías si un día despiertas y ves que el sol brilla y que todas las estrellas están en llamas. Estarías asustado porque eso se escapa del orden de la naturaleza. Cualquier trastorno en el universo es aterrador porque ataca profundamente el sentido propio de la realidad. Bueno, en la mente de los blancos, los negros han funcionado como una estrella fija, como un pilar inamovible: y a medida que se mueve de su lugar, tiemblan las bases del cielo y de la tierra. Tú no tengas miedo. Te dije que ellos pretendían que fallecieras en el gueto, que fallecieras porque no se te haya permitido nunca ir detrás de las definiciones de los blancos, porque no se te haya permitido nunca deletrear tu propio nombre. Tú y muchos de nosotros hemos derrotado este propósito, y por una ley terrible, una paradoja terrible, aquellos inocentes que creían que tu encarcelamiento los iba hacer sentir seguros están perdiendo su entendimiento de la realidad. Pero estos hombres son tus hermanos—tus hermanos menores, perdidos. Y si la palabra integración significa algo, esto es lo que significa: que nosotros, con amor, debemos forzar a nuestros hermanos a mirarse tal como son, a dejar de huir de la realidad y empezar a cambiarla. Pues esta es tu casa, amigo mío, no dejes que te expulsen fuera de ella. Hombres grandiosos han hecho cosas grandiosas aquí, y lo harán una vez más, y podremos hacer de los Estados Unidos lo que los Estados Unidos debería ser. Será difícil, James, pero vienes de un robusto linaje de campesinos, hombres que recogieron algodón y que represaron ríos y que construyeron vías férreas y, a pesar de las probabilidades más espantosas, lograron una dignidad irrefutable y monumental. Desciendes de una larga línea de grandes poetas, algunos de los más grandes poetas desde Homero. Uno de ellos dijo: “El mismísimo momento en el que pensé que estaba perdido / Mi calabozo tembló y cayeron mis cadenas”.

Tú sabes, y yo también sé, que el país está celebrando cien años de libertad cien años demasiado pronto. No podemos ser libres hasta que ellos sean libres. Que Dios te bendiga, James, y buena suerte.

Tu tío,
James

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