Abriendo puertas y emparejándolas:

El alférez monja o la monja alférez

Gabriela Alburquenque

En 1603 se embarcaba con destino hacia el llamado Nuevo Mundo, Abya Yala, Francisco de Loyolo –también conocido como Pedro de Orive, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán y Antonio de Erauso–, sujeto ejemplar de la conquista española, que hacia el año 1620 ya había alcanzado el grado de alférez por su valía en la batalla. Francisco de Loyolo, digo, cuando podría decir Catalina de Erauso, la monja alférez, aunque el foco, aquí, no está en la ficción y desplazamiento del género de su vida, sino en el texto y su alcance como documento histórico. 

Que la existencia del relato tenga relación con que Francisco de Loyolo hasta 1600 vivió como Catalina de Erauso es solo un hecho preliminar, si pensamos en la importancia del texto en tanto se narran las andanzas de los sujetos sociales jerarquizados en el plano superior del período, es decir, los colonizadores españoles:

«Fui alférez cinco años. Halleme en la batalla de Purén, donde murió el dicho mi capitán, y quedé yo con la compañía cosa de seis meses, teniendo en ellos varios encuentros con los enemigos, con varias heridas de flechas; en uno de los cuales me topé con un capitán de indios, ya cristiano, llamado don Francisco Quispiguacha, hombre rico que nos traía bien inquietos con varias alarmas que nos tocó, y batallando con él lo derribé del caballo, y se me rindió, lo hice al punto colgar de un árbol, cosa que después sintió el gobernador que deseaba haberlo visto vivo, y dijo que por eso no me dio la compañía» (69).

A nivel textual, no se trata de una historia como la de Emma Reyes y su Memoria por correspondencia (Laurel, 2021), que escapa del convento para echar rienda suelta a la vida, con la ansiedad y necesidad de quien no ha vivido nunca, al menos, respecto a sus propios pasos y trayectos: «Antes de ponerme en marcha hacia el mundo me di cuenta que ya hacia mucho que yo ya no era una niña» (175). Tampoco de un caso como el de las soldaderas mexicanas, mujeres que jugaron y encarnaron un rol central en la revolución como retrata muy bien Gabriela Cano en su artículo “Inocultables realidades del deseo. Amelio Robles, masculinidad (transgénero) en la Revolución mexicana”: «En las guerras nacionalistas del siglo XIX y, más tarde, en la Revolución mexicana, las soldaderas se hicieron cargo del abasto de las tropas y de la atención a los enfermos; en ocasiones desempeñaban tareas de mensajería y contrabando de armas y víveres, pero sólo excepcionalmente empuñaban armas» (64). Se trata, sin embargo, y aquí me aventuro a seguir las líneas que traza Lina Meruane en su prólogo «Llamadlo Erauso», de una historia «de transformaciones que desafiaron, antaño y todavía hoy, las definiciones del género en el doble sentido que esta palabra tiene. La obra de Erauso, más allá de su relato, es la puesta en vida de un yo que se va construyendo secretamente contra las premisas biológicas del cuerpo que le tocó y de las normas culturales de su tiempo» (10). Un texto que viene a ser el testimonio, un documento más de la obra de Erauso –que está más allá de su relato para Meruane­–.

Publicado este año como parte de la Colección Perdita de Banda Propia Editoras –del cual forman parte también Preguntas que hicieron movimiento (2021) y el reciente ¡Siempre adelante! Escritos y cartas 1866-1897 (2022)–, la presente edición de la Historia de la Monja Alférez doña Catalina de Erauso escrita por ella misma de 1607, es acompañada por una serie de documentos que sirven para hacernos de la historia completa del alférez monja, quien nacido como Catalina de Erauso, se inmiscuyó en el ejército español tras escapar de un convento «abriendo puertas y emparejándolas» para luchar contra la resistencia araucana en el norte de Chile, haciéndose así del título de alférez en su compañía. Luego de eso, malherida por uno de sus tantos enfrentamientos, eventos comunes del período para saldar cuentas en el terruño de las armas, se dirige a Guamanga (Perú) y ante el riesgo de ser ejecutada por la muerte de su contrincante –en la lucha que la dejó malherida–, confiesa su trayectoria vital previa a 1600, cuando escapó del convento:

«La verdad es esta: que soy una mujer, que nací en tal parte, hija de fulano y sutana; que me entraron en tal edad en tal convento, con fulana mi tía; que allí me crie; que tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello; partí allí y acullá, me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de su señora ilustrísima» (119-120).

Hacia el final, a pesar de lo que se pudiera pensar que ocurre luego de una verdad como la del alférez monja se sabe, Catalina de Erauso continúa gozando de los prestigios y privilegios, pagos de la corona, por lo inaudito de su caso; llegando a entrevistarse personalmente con Felipe IV, quien le termina por conceder una pensión de mérito por sus servicios, y con el Papa Urbano VIII, de quien obtiene una dispensa para vestir de hombre por el resto de su vida. Un desenlace inesperado, pero no tanto, porque lo inaudito, aquí, es haber cruzado el sexo biológico para desmantelar la empresa del género y su matriz en la sociedad.

El caso, sin dudas interesante, gozó de una difusión que hace que se reediten versiones de la historia a la fecha, como ocurre con la presente edición comentada, que corresponde a la de 1838. Y es quizás aquello, el hecho de haber gozado de los efectos de la conquista desde el momento en que se involucró en ella lo que cubre con el velo de lo excepcional su caso:

«Llegado, me recibió mi amo con gran cariño, mostrándome contento de lo bien que lo había hecho. Hízome luego al punto dos vestidos muy buenos, uno negro y otro de color, con todo buen trato. Púseme en una tienda suya entregándome por géneros y por cuenta mucha hacienda, que importó más de ciento treinta mil pesos, poniéndome por escrito en un libro los precios a como había de vender cada cosa. Dejome dos esclavos que me sirviesen, y una negra que guisase; y tres señalados para el gasto de cada día» (56).

Catalina de Erauso habiendo nacido socialmente concebida como mujer por su sexo biológico, pudo alcanzar los privilegios y ganancias que estaban destinados exclusivamente para los hombres como mérito de sus acciones en la guerra, pero también, privilegios inexistentes hasta ese momento, como la libre elección del convento en el que enclaustrarse o elegir vestirse como hombre, por ejemplo, además de ganarse el respeto de sus pares, superiores y todas y todos aquellos que conozcan su historia, la cual, recordemos, es la historia de un héroe y por héroe la conocemos.  

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