El desnudo

Li-Young Lee
Traducción de Francisco Cardemil

Escucha,
me dice.

Estoy escuchando, respondo
y beso su barbilla.

Es obvio que no, me dice.

Beso su nariz, sus dos ojos.
Puedo hacer más de una cosa a la vez,
le digo. Confía en mí.
Beso sus mejillas.

Has oído hablar sobre plantar lotos en un incendio, me dice.
Has oído hablar sobre extraer oro de la arena.

Sabes
que la carne perfumada, en tobilleras, y el espíritu, sin adornos,
se turnan para liderar y obedecer,
uno en acción y reposo.

Beso su cuello y el revés de la oreja.

Pero hay cosas que necesitas que te recuerden, dice ella.
Bueno, Amor, entonces recuérdamelas, le digo.

Hay historias que nos contamos a nosotros mismos, dice.
Hay historias que les contamos a otros.
Luego está la suma
de nuestras horas
que la muerte hará legible.

Desabrocho el primer botón de su blusa
mordisqueo su garganta con más besos.

Continúa, le digo, estoy escuchando.
Más te vale, me dice,
serás evaluado.

Deshago su segundo,
su tercer, cuarto y último botón rápidamente,
luego me inclino
para besar su clavícula.

Ella dice: El mundo
es una historia que sigue comenzando.
En él has vivido tremendamente disfrazado:
ceniza brillante, ceniza oscura, espejo, luna;
un niño despierta en la noche para escuchar el trueno;
un viajero se detiene para preguntar el camino a casa.
Y hay que considerar aún
el viaje nocturno de la mariposa por el mar.

Ella dice,
Hay sueños que soñamos solos.
Hay sueños que soñamos con otros.
Luego está el secreto de la lila
vida de fuego, de Dios
logrado en el reino
de cambio y deseo.

Ella aparta mi mano de su pecho,
sigue hablando.

Solo, sueñas en varios colores: Azul,
deseas y sigues el río.

En compañía, sueñas en muchos otros:
El tiempo que no tienes.
El tiempo sobrante.
Y el tiempo que te toma.

Tu lámpara tiene una mecha triple:
Recordar, cuestionar y refugiarse
hechas del acuerdo entre tu corazón y tu mente.
Con ella navegas por los dos mares: El día
con todo lo que contiene;
la noche y todo lo que falta.

En tanto, yo encuentro dificultades
con el nudo de su falda, sus dedos
confunden mi progreso,
mientras repasa los puntos dudosos.

Hay palabras que decimos en la oscuridad.
Hay palabras que pronunciamos en la luz.
Y a veces son las mismas palabras.

Desde mi lugar a su lado,
apoyo una rodilla frente a ella.

Está la palabra que damos
a otro.
Está la palabra que guardamos
con nosotros mismos.

Y a veces son la misma palabra.

Deslizo una mano dentro de su blusa
y encuentro su cintura desnuda.
Mi otra mano acuna su pie descalzo
del que ha caído una sandalia.

Una palabra tiene muchas vidas.
Cantera, la palabra es juego, impronunciable.
Conforme, la palabra es juez, pronuncia la sentencia.
Aflicción, la palabra es una espina, castigadora.

Abro su blusa con la nariz
y beso su esternón.

La palabra inicial
embarca, fija entre alas vistosas, y
dijo, dice, diciendo, ninguna es el pájaro,
cada una es solo un momento del vuelo.

Vuelvo al punto, la palabra es infinita.
Nos centramos en nosotros mismos,
la fruta se pudre en el tiempo,
y solo somos pasajeros de nuestras voces,
un pájaro grita en una oreja, ¡Dos!
¡Hay dos mundos!
Un pájaro comanda en el otro oído, ¡Basta!
¡Ya basta de este mundo y ese mundo!

Su blusa cae alrededor de sus hombros,
inclino la cabeza
para besar su ombligo.

Hay voces que nos despiertan por la mañana, dice.
Hay voces que nos mantienen despiertos toda la noche.

Levanto la cara y la miro a los ojos. Le digo:
Las voces que sigo
hasta la casa cerrada de mi corazón dicen:
Un miembro de la luz
difunta y herida disfrutaba alabar,
cada uno asiste a una canción que sigue yéndose.

Ahora acaricio y beso
sus pechos. Ahora
muerdo sus pezones.
Sin querer herirla,
la hiero un poco,
y por estas infracciones recibo
los tirones más suaves en mi oreja.

Ella dice:
Toda la noche, los amantes preguntan: ¿Me amas?
Una y otra vez, las múltiples respuestas adoradas,
te amo. De ida y vuelta,
fusionan, separan, pliegan, gastan,
las voces de los amantes
y las voces de los amados
son la legión del océano escalando la campana negra de la tierra,
su espuma de cresta brillante
los inicios rudimentarios
de puentes y alas, el sueño de volar,
y el anhelo de cruzar al otro lado.

Ahora lamo la axila. Inhalo
sus amargos vapores de hierbas y saboreo
el gusto a leña ahumada. He deshecho
el nudo de su falda.

Los cuerpos tienen cuerpos inscritos
desde el principio, me dice,

pero las voces de los amantes
son las flores más recientes de la Creación, meros brotes
de fuego asintiendo con la cabeza desde sus tallos.

En el amor, vemos
que Dios arde oculto, gira
dentro de todo lo que gira.
Y todo gira. Todo
arde.

Pero no todo lo que arde es igual.
Algunos incendios desencadenan libertad.
Algunos incendios consolidan tus ataduras.
¿Conoces la diferencia?

Le digo, quiero que tomes tus pechos
con ambas manos
y me los ofrezcas.
Quiero que me permitas
accederlos por completo.

Quiero que me des completa libertad 
para dejar muchos diminutos
moretones con forma de pétalos,
como pequeños besos, por todas partes.

Uno y uno es uno, dice.
El desnudo brilla en el desnudo.

Piensa, dice, en las aves marinas
que vimos al amanecer
rodando entre ese doble azul
por encima y por debajo de ellos.

Definidos por la gravedad que desafían,
son las sombras radiantes de lo que resisten,

y sus giros y arcos en el aire
que nunca los recordarán
son sonrisas en la cara del abismo superior.

Su vuelo hace
visible nuestra amplitud interior,
hasta habitable, nos restaura
al infinito, nosotros los seres del no ser,
cada uno una criatura tan reciente,
y sólo últimamente espíritus
aprendiendo a amar.

Estridentes, sus hambres aladas
llenan el ático azul
y señalan nuestro peligro persistente:
El sesgo de la muerte, la pendiente
de cada minuto de nuestras vidas.

Quiero escucharte pronunciar
los más pequeños y agudos gritos de felicidad torturada, digo,
como el abofeteado esfuerzo de parir
jadeos exquisitos de placer encantado.

Pero los verdaderos amantes saben, dice,
que el hambre vacía de amor es una confusión,
estropea y despilfarra
aquella fruta concedida por la presencia del amor.

La vendimia evalúa la vid
y los corazones quienes la atienden.

Todo lo demás son chismes, adivinar
en el gusto del amor.

La amenaza del abismo será sometida, digo,
cuando te arranque los gemidos más encantadores
súplicas temblorosas entre susurros
órdenes confusas de, Detente, y, Más, y, Más fuerte.

Amar, dice. Por nada.
¿Qué pájaros, en casa en su cielo,
se han atrevido a más?

¿Qué artista circense,
la carpa sobre él, la red por debajo,
ha arriesgado tanto? ¿Qué pensador, qué cantante,
ambos en busca de la inmortalidad?

Nada salva a quien nunca ha amado.
Ningún mundo está a salvo en su posesión.

Somos viajeros entre viajeros
en un puesto junto al mar.
Nuestro encuentro es en tránsito, extraños el uno del otro,
aves de paso entre un país y un país
sufriendo del mismo insomnio,
nos encontramos en la noche
mientras otros duermen. Y entre
los idiomas que hablas y los que recuerdo,
convenimos en el que tenemos en común,
un idioma en el que no nació ninguno de nosotros.
Y hablamos. Hablamos con nuestras voces,
y hablamos con nuestros cuerpos
Y detrás de lo que decimos,
los hombros oscuros del océano suben y bajan toda la noche,
las enormes alas del planeta decaen y se elevan.

Le digo, nuestras voces se cobijan unas a otras,
figuras en un sueño de refugio
y santuario.

Por lo tanto, dice,
designaciones de norte, sur, este y oeste,
invierno, primavera, verano, otoño,
primer hijo, segundo hijo, primera hija, segunda hija,
cambiar, pero debe corresponder
a una imagen real del cielo.

Cada uno de nuestros días cumple
las medidas del santuario
y las curvas de sus grandes mesas.
Las mesas no son redondas.
O, no solo redondas.
En cada esquina,
los opuestos emergen, y te encuentras a ti mismo.

Inclino la cabeza
y levanto su pie hacia mi boca.

Las mesas con pilares forman una torre y una escalera.
Constituyen el altar, el trono y la corona.
La corona no es para tu
cabeza. El trono no es tu asiento.
Los días en que se levanta el altar
serán pesados y nombrados.
Y los días no son días.
No cómo podrías entender los días.
El altar convoca la fiesta
y es un atributo del anfitrión.

El olor de su pie
me hace pensar en monturas.
Lamo su empeine. Beso los dedos de sus pies. Beso su tobillo.

No vayas a besarme
con esa boca, dice.

Pedacito de oro, pienso.
Tierna espuela, pienso.

Beso sus pantorrillas. Beso sus rodillas.
Beso el interior de sus muslos.
Pienso en los huesos de su cadera. Paso la lengua
por el pliegue en que su muslo y su vientre se encuentran.

Las rondas encierran la danza,
dice ella.

Lo redondo y lo cuadrado juntos
determinan las dimensiones del arca, dice
El agua sube mientras hablamos.

¿Estás prestando atención? dice,
Uno y uno es dos.
Tú y yo somos tres. Una aritmética larga
ningún cálculo temporal que hagas con los dedos
gobierna galaxias y hormigas, preciso
y precisando. Los amantes obedecen,
a veces en contradicción del relato humano.

El olor de su cuerpo
se mezcla con su perfume y me marea.

Todo ser tiende hacia el fuego, le digo.

Todo ser tiende hacia el fuego,
dice el fuego, dice ella, corrigiéndome.

Todo ser tiende hacia el agua, dice el agua,
Luz, dice la luz.
Alas, dicen los pájaros.
Voz, dice quien no tiene voz.

Deja de intentar adivinar, dice, abandona
estos gestos asustados de un corazón abatido.
Todo lo que aprendiste fue con otros en mente.
Todo lo que enseñaste fue pensando en ti mismo.
Salvando al mundo, oprimes a la gente.
Abandona las palabras educadas y los actos honrados.

Quiero que me toques
como si quisieras conocerme, no excitarme.
¡Y por Dios, canta! Sin razón. Cantar
es el origen. De ese temblor modulado, cósmico
y enraizado en lo primordial, cuántico y oculto
en lo temporal, todas las formas llegan a existir.
Cada cosa, nacida de la miríada en concierto, es una canción
cantada de diversas maneras. Cada cosa florece al cantar
y vuelve a desvanecerse en la canción.

Tu cuerpo es aquel en que la canción es conducida.
Cantar es aquello por lo que tu cuerpo se completa
Cantar desarrolla todas las cosas.
Morir es la consumación del canto.
Al pensar, permaneces enredado
en las bobinas de tu mundo.
Al cantar, te casas con todos los mundos posibles.

Ya sabes, de todas tus horas verdes, ramificándose
tan pronto que mueren sin comentarios, generales y redundantes,
las horas que cantas vuelven a ti en verdadera escala y grado.
Las horas que mides al cantar vuelven aladas
y notorias, degolladas, con ojos, de corazón vibrante.
Regresa de cresta roja, plumas azules, pedrería negra,
rayado, manchado, con flecos y huesos finos.
Pero no te detengas ahí. Canta el árbol,
canta el Todo, canta el lote
de tu tiempo, y descubre el cuerpo de la Palabra,
la brújula de las brújulas. Canta el cambio
y el principio de las alas, las leyes de ver y oír,
ascenso y caída, armonía y lucha. Canta todo
lo inabarcable, lo descendente, lo ascendente,
y canta el nombre de la vida.

Llama a todos los tuyos a la fiesta.

Ahora, babeo a lo largo de sus costillas.
Golpeo mis labios y lengua para saborear mejor
su sudor musgoso, mantecoso, gusto a nuez y acre.

Te conozco más de lo que sé, dice.
Mi cuerpo, asombrado, responde a tu cuerpo
sin que yo se lo diga.

Su interior es el lugar más seguro para estar.
Su interior, con todos los otros misterios,
esas inmensidades que se avecinan:
dios, tiempo, muerte, infancia.

Escucha, dice,
Hay una cosa más.
Respecto a los incendios, hay dos.
A izquierda y derecha, se vuelven más sabios en la misma casa.
Arriba y abajo, el más alto encierra al más bajo,
y el más bajo se aferra al más alto.
Interior y exterior, estas dos iluminaciones
son mil iluminaciones.

Pero estoy pensando,
Mis manos saben cosas que mis ojos no pueden ver.
Mis ojos ven cosas que mis manos no pueden agarrar.

Escucha, dice,
Nunca dejes que los incendios se apaguen.
Cuanto más pálido, más caliente.

Pero estoy pensando, alcoba pálida.
Estoy pensando, mi corazón madura con las noticias
que el resto de mí espera escuchar.

¿Estás escuchando?
Pero no estoy escuchando.
estoy pensando,

Un nido de huevos como mi corona, por favor.
Y para mi cojín, mi peso en uvas.

Estoy pensando, bajo una luz,
el amor puede parecer un asedio.
Bajo otra luz, el rescate
podría parecer un peligro.

Ella dice: somos nosotros las madres de las semillas de fuego.

El polvo, las virutas,
y todos los materiales que sobren
deben quemarse en ambos incendios,
lo visible y lo invisible.

Hasta los clavos ardieron en ellos.
Hasta las herramientas ardieron.
Y luego el horno desmontado y quemado.
¿Has estado escuchándome?

Durante 20.000 años, los grupos humanos prosperaron
por mecanismos sutiles y no tan sutiles
de expulsión, exclusión, rechazo, eliminación y asesinato.
Multitudes displicentes hechas únicas
por falsas trascendencias de Estado
y raza. Rebeldes, contestadas, pedacitos con opiniones
y fracciones se unen sobre un cadáver sacrificial,
un campo de cadáveres, la tierra cubierta de sacrificios.
Fragmentos rivales unidos por un deseo irresistible.
Legión unida por el apetito y el miedo ilimitados
engendran nuevos dioses y falsos profetas todos los días.
Pequeñas máquinas de placer repugnantes,
secuaces hipnotizados del mercado, deseo
vendido, conflicto vendido por anunciantes codiciosos,
dejan el amor frío a tu vista,
hambruna, pestilencia y terremotos a tu vista,
abominación, desolación y tribulación a tu vista.
Violencia a tu vista. Una nación bajo el arma.
Una ciudad humana bajo la bandera del asesinato.
Un kalpa bajo los obstáculos.
Un mundo bajo el signo del chivo expiatorio.
Una especie bajo la bandera de la cabeza de cabra.
Bueno, es demasiado tarde para las banderas.
Es demasiado tarde
para presidentes. Es demasiado tarde
para las estrellas de cine y la economía de ganancias.
Es demasiado tarde para la plutonomía y el precariado.
La guerra está en marcha.
Si el amor no prevalece,
¿quién quiere vivir en este mundo?
¿Me estás escuchando?

Pensaste que mi cuerpo era un árbol
en que vivía un pájaro. Pero ahora, ¿acaso no logras ver
rebaños vivos en este follaje ardiente?
Multitudes azules, multitudes doradas y congregaciones pálidas
Y cada miembro revolotea de rama en rama viva.
Cada uno canta a diferentes amplitudes y frecuencias.
Cada uno cuenta secretos que madurarán en oración.
Y sus voces avivan mi ardor fragante.
Revelando el cuerpo indestructible de la ley.
Ratificando pactos antiguos. Fundando nuevas ciudades.
Y sus notas cronometran el florecimiento
de tu propia floración.
Muere ahora. Y escala esta quemadura.


Li-Young Lee (1957) es un poeta asiático estadounidense, de ascendencia china. Su trabajo lo ha convertido en uno de los autores fundamentales de las poéticas migratorias y de identidad desde la década de 1980. Ha publicado Rose (1986), The City In Which I Love You (1990), Book of My Nights (2001), Behind My Eyes (2008) y The Undressing (2018). “El desnudo” es el poema
que abre este último libro, donde los temas místicos, amorosos, eróticos y de movimiento que caracterizan la poesía de Lee se hacen presentes.

Francisco Cardemil Pérez (1995). Fue becario de la Fundación Pablo Neruda en 2018 y del Fondo del Libro en 2019 y 2022. Participó en las publicaciones Topiaria (2019) y Poemas contra la policía (2020) del Colectivo Frank Ocean y publicó Pueblos de tacto (Gramaje, 2021) y El amor oscuro (Libros del Pez Espiral, 2022). Obtuvo el primer lugar en el Concurso Nacional de Poesía Juvenil Pablo Neruda en 2013, y en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, mención poesía, en 2019.

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