Ejercitar el silencio

Diego Leiva Quilabrán

El lugar donde mueren los pájaros del argentino Tomás Downey (Buenos Aires, 1984) es una de las últimas novedades de Laurel. Fue publicado originalmente el 2017 en Argentina por editorial Fiordo. Consiste en diez cuentos que guardan en común un mundo cotidiano que se enrarece a causa de los silencios y los afectos de narradores y personajes, de relaciones cuya representación se recorta a la vista del lector. Silencios que constituyen vacíos proporcionalmente pequeños en los relatos, pero que pesan tanto o más que las palabras y las acciones a la hora de intentar comprender las escenas; afectos sugerentemente tórridos, que alcanzan límites peligrosos por estar dislocados, por ser confusos, por abrirle la puerta a lo siniestro.

¿Es suficiente la información que encontraremos en los textos? De algún modo, sí: las historias corren con un ritmo que se apura y se detiene de manera consistente. De otro modo, es solo la suficiente para dejar los relatos los suficientemente abiertos. ¿Por qué las muchachas del primer cuento sacrifican a un animal?, ¿qué tan humanos son (y parecen) los anónimos y numéricos protagonistas de “Zoológico”?, ¿en qué proporción el duelo, la alucinación o un tangible hecho paranormal construyen al espectro que ve la narradora de “La piel sensible”?, ¿qué diantres quieren los täkis, esos animosos y danzarines peluches alienígenas, del octavo texto? 

Quizá el último cuento, el que le da su título al volumen, pueda arrojar algunas claves para entender la narración como la propone Downey. «En el lugar donde mueren los pájaros hay más árboles que en el resto del bosque, las ramas se enredan y casi no se ve el cielo» (p.100); allí, pareciera que nada pasa, excepto por la narradora niña y su hermanita que juegan enterrando los cuerpecitos de las aves, hacia ese lugar escapan si la supervisión de sus padres para jugar. Ese lugar es su secreto, tal y como involuntariamente secretos pueden ser sus pensamientos y emociones. Ese lugar es una fantasmagoría que aparece de vez en cuando, abriéndose pase por entre los renglones del relato de una vacación familiar. Ese lugar alejado y casi omnipresente en el relato, en el que perfectamente nada podría pasar y en el que, sin embargo, algo pasa, es lo que puede ser un síntoma del volumen completo.

En él, los silencios están ahí, “al aguaite”, al nivel de la narración, pero también al nivel del relato. Ese es el pilar fundamental de la atmósfera de suspenso de los relatos, que a veces raya en el terror, como en “La piel sensible”, y otras en una incomodidad que tiende a lo insostenible, como en “El primer sábado de cada mes”. Los relatos corren con la incerteza de una gran pregunta: ¿y ahora qué? Los conflictos revientan en sordina y el lector se pregunta: si un árbol cae en medio del bosque –si un árbol cayera en el lugar donde mueren los pájaros–, y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido? Y este sonido de la acción o la inacción humana se siente más como una resaca que como el golpe de una ola. Es que como lectores, después del silencio, llegamos tarde a los hechos, no acompañamos la acción, sino que nos quedamos atrás hasta que es demasiado tarde. Vemos los desastres privados ya consumados, la suerte ya echada, los personajes ya habiendo cruzado el sugerente umbral de lo inevitable:

«Faltaba poco, una hora como mucho. Nada era tan satisfactorio como cerrar una planilla, adjuntar el documento, poner Versión Final en el asunto y enviar. Los gritos quedaron en segundo plano y Silvana, optimista, se entró al rumor grave del teclado» (p. 53)

«Inés se acostó pero supo enseguida que no iba a poder dormir. Hernán respiraba, se desplazaba lento por los ambientes. Cerró los ojos y lo llamó. […] Se sintió enferma. El pecho le pesaba y le costaba respirar, pero no se asustó. Se envolvió como pudo en una manta, temblando. La gata, desde la puerta, empezó a maullar y retrocedió» (p. 80)El lugar donde mueren los pájaros es un conjunto de textos inquietantes, de personajes reservados en su experiencia. Forma y fondo van de la mano para entregar un producto sereno en su presentación, pero que termina siendo una lectura que sorprende. Mueve afectos con calma, aunque narre una calamidad. Incómoda con eficiencia, aunque el mundo parezca todo menos una amenaza. Cuentos muy distintos entre sí, que exploran rincones macabros de lo cotidiano, que tienden puentes hacia ese punto común, hacia el lugar donde los pájaros caen porque están enfermos, hacia donde la muerte se entierra pero logra asomarse por entre terrones húmedos a medio apalear.

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