Lo que queda plasmado en el lienzo o en la página

Rocío Abarzúa

Me enteré por el Instagram de una excolega que llegó la traducción de Luster de Raven Leilani (2020) al castellano, vía Blackie Books, bajo el título Brillo. Si bien yo solo leí la novela el año pasado, 2021, la espera de la traducción se me hizo eterna. Hablé del libro muchas veces prometiendo su futura llegada en base a su calidad de bestseller, y hablar de él estaba bien, pero quería respuestas, diálogos, debates, entablar un ida y vuelta sobre su lectura. Ahora que sé que viene, doy el puntapié inicial de este intercambio escribiendo este texto.

La novela narra la historia de Edie, una chica joven que trabaja como asistente editorial, cargo en el que es eficiente, pero, a ojos de sus superiores, sin un algo suficiente para que la promuevan a uno más estable, de mejor paga. Es, junto a otra chica, una de las únicas dos personas de raza negra en su oficina y por eso se espera de ellas un esfuerzo redoblado en cualquier labor. Edie es artista: su pasión profunda es la pintura, pero no ha logrado hacerse una vida con ella. Vive con algo menos de lo justo en Nueva York, ciudad cara, compartiendo departamento con una roomie para abaratar costos. Es heterosexual y lleva una vida sexual desenfadada que suele entrometerse en otros aspectos de su vida a secas, como el trabajo. Está soltera y está, o es una persona, solitaria. En sus propias palabras: «(…) no he tenido mucho éxito con los hombres. Esta no es una declaración de autocompasión. Es solamente una declaración de los hechos. Aquí hay un hecho: tengo pechos grandes que han deformado mi columna. Más hechos: mi salario es muy bajo. Tengo problemas haciendo amigos y los hombres pierden el interés en mí cuando hablo. Siempre va bien al principio, pero después hablo muy explícitamente sobre mi torsión ovárica o el costo de mi arriendo. Eric es distinto». 

Raven Leilani, autora de Brillo.

Eric. La novela narra la historia de Edie con Eric, un cuarentón que le dobla la edad, casado en una relación abierta, que tiene una hija preadolescente y al que conoció por Tinder. La presentación de Edie en la novela es eso: su incipiente relación con Eric. El párrafo inicial introduce la importancia del sexo y de las palabras. El sexo, las palabras, se mezclan, pierden definición, se vuelven, en partes, una misma cosa y es esta una de las líneas transversales de la historia a través de la cual la protagonista toma decisiones, cambia, crece. En un principio nos describe:

«La primera vez que tenemos sexo ambos estamos completamente vestidos, en nuestros escritorios, en horario laboral, bañados en la luz azul de los computadores. Él está al norte de la ciudad procesando un nuevo paquete de microfichas y yo estoy en el centro haciéndome cargo de las correcciones para un nuevo manuscrito sobre el labrador detective. Me cuenta qué comió de almuerzo y me pregunta si logro sacarme los calzones en mi cubículo sin que nadie se dé cuenta.  Sus mensajes vienen con una puntuación impecable. Le gustan palabras como sabor y untar. El campo de texto vacío está lleno de posibilidades».

Y más tarde: «Ahora soy diferente. He aprendido a no sorprenderme por la repentina retirada de un hombre. Es una tradición que hombres como Mark y Eric y mi padre han ayudado a mantener. Así que aguanto el silencio de Eric, incluso cuando nuestros caminos se cruzan en la mañana y en el medio de la noche. No intento romperlo, aunque mientras más persiste, más muta. Por un día o algo así se vuelve graciosísimo, y luego un poco erótico, una cosa hirviente, sofocante, que me hace consciente de cuánto tiempo ha pasado desde que he sido tocada». La distancia es silencio, ausencia de voz, de palabras. El silencio, sin embargo, también comunica afectos.

La premisa de la novela es atractiva, al menos para quien esté interesado en el largo proceso (¿se acaba alguna vez? Vivian Gornick diría que no) de explorar las relaciones afectivas y sus infinitos matices, como es mi caso, pero podría parecer una historia ya muchas veces contada: hombre mayor, amante joven. Sin embargo, los caminos por los que nos conduce Leilani son inesperados, inhóspitos, sorprendentes, liberadores.

«Confesarse cosas terribles el uno al otro online es fácil, casi hipotético. Estar desempleada y usando los jeans de su esposa es algo concreto». Edie conoce la casa de Eric, a su mujer, Rebecca, a su hija, Akila. De manera irreverente y automática cae allí después de perder el trabajo y su departamento y termina quedándose a habitarla mientras Eric está de viaje. Al principio parece inverosímil; mientras yo lo leía recuerdo haberme agitado, haber pensado: “a dónde vas, a dónde vas, no, no, no.” Pero al ir avanzando la lectura, los hechos que por separado y en un principio me parecieron inadmisibles fueron concediéndome grados crecientes de coherencia, y dentro de la coherencia, sentido, y dentro del sentido, significado. La resolución del conflicto, de los múltiples conflictos, es creativa, refrescante y despliega una obra que no es la suma de las partes, sino una potencia que tiende al infinito. 

Detalle de portada Luster, edición en inglés.

Edie entabla una relación con Rebecca, que es una mujer blanca, rubia, de cuarenta y tantos, que trabaja practicando autopsias. La complejidad de su personaje es energizante, estimulante. Recibe a Edie y le deja la pieza de invitados llevándole sábanas y toallas frescas, como si fuera un pariente o una visita ya familiar. Con el pasar de los días la relación entre ambas cobra matices, no se ignoran por completo, se van tejiendo y enredando con pequeños y medianos intercambios. Edie: «Me pregunta si puedo ayudarle a teñirse el pelo. Mientras comienzo a aplicar la tintura, se ajusta la toalla alrededor del cuello y se mira en el espejo con un desdén tan privado que siento que no debería estar en la habitación.» O: «Bajo el volumen de la tele y la observo. Es como yo, ordinaria, propensa a momentos en los que se ve mal, aunque, a diferencia de mí, cuando ella se ve mal se ve soluble, su inercia enfebrecida, victoriana. Cuando el bloque de monitos animados vuelve a comenzar y Jane Jetson es disparada al espacio, me pongo de pie para irme y Rebecca me agarra la muñeca. Deberías estar agradecida, me dice, la luz de la tele iluminando su cara, tienes todo el tiempo del mundo.» Los diálogos entre ambas son escasos y escuetos. Están constantemente evaluándose y midiéndose, como oponentes en lucha, pero no realmente: saben que su lugar es distinto del de la otra. Hay una electricidad entre ellas, parte envidia, parte respeto, que las atrae. Pero el tiempo que pasan juntas tiende a la carga del silencio, primero por prejuicio mutuo, más adelante por resignación, luego incluso por comodidad. 

Edie entabla también una relación con Akila, la hija adoptiva del matrimonio. Akila es una preadolescente negra que vive en un barrio de blancos, un barrio burgués. No conoce a nadie de raza negra en su entorno. Nadie que pueda enseñarle, por ejemplo, a cuidarse el pelo, cosa que sus padres (blancos) no comprenden, ni en el hecho concreto mismo, ni en la importancia simbólica que este pueda tener. Akila cubre su cabeza con una peluca de color de fantasía tras otra. Su personalidad es difícil, provocativa, vulnerable, con el enrarecimiento de la pubertad, y se ve reflejada en su pieza, su refugio, que, a ojos de Edie, es «menos el producto de un estoicismo petulante y más un tributo a un fanatismo sincero». Entre paredes llenas de ilustraciones, posters, figuritas, hadas góticas, superhéroes, magia, sexo, obras de Tim Burton y K-Pop, se esconden como se esconde la intimidad más profunda una serie de cuadernos con historias de fanfiction escritas a mano sobre Bruce Wayne y Clark Kent. Aquí la intimidad tiende a las palabras. Entre sesiones de videojuegos, idas en auto a clases de Tae Kwon Do y consejos para mantener el pelo con aceite de jojoba o pañuelos de seda se forja una amistad genuina, con la distancia que la edad y el vínculo permiten: 

«–Aquí no es perfecto, pero está bien. Por favor no lo arruines–. –Escucha, no estoy aquí para arruinar tu vida. Todo esto solo pasó–, digo. Ella toma su teléfono, abre Twitter y suelta una risa corta, seca. Scrollea un ratito antes de devolver su atención hacia mí. –Porque si me voy a tener que cambiar de casa de nuevo, solo quiero saberlo. Tengo un estilo de apego inseguro y recién comencé a llamarlos mamá y papá. El colegio es terrible, pero tengo mi propia pieza y me dejan cerrar la puerta. Sé que probablemente a ti te da lo mismo, pero–, –No soy un monstruo–, digo y se encoge de hombros. –Yo no sé eso–, dice, –No puedo estar segura de eso (…)»

Mientras Edie va entrando en estos tres vínculos que además se superponen y se cruzan entre sí, somos testigos de cómo la vida profesional se le desarma, cómo se queda sin ingresos, sin casa y sin roomie, cómo se vuelve repartidora de delivery para intentar juntar plata, cómo no le alcanza, cómo asiste a extrañas entrevistas laborales, una de ellas para el puesto de recepcionista en una Escuela de Payasos. A la vez, también, asistimos a la experiencia de una vida racializada y cómo eso la une o la separa de personas y da forma a situaciones y circunstancias posibles. En su trabajo inicial, por ejemplo, esto afecta las expectativas que se tienen de ella, a diferencia de lo que se espera de sus colegas blancas. Y a la vez, también, también, sabemos que Edie pinta. Que su pasión por ello cruza todo. La pintura se muestra como la verdadera vocación, como una posibilidad futura, deseada pero improbable: vivir de pintar. ¿Cómo ser una joven negra y ser artista al mismo tiempo? ¿Es posible? Más tarde, la pintura se cruza también con su experiencia en casa de Eric, Rebecca y Akila, con su relación con ellos, con Rebecca especialmente, y también con su relación consigo misma, con un proceso de autodescubrimiento, de revelación propia, o más bien de autoafirmación, de plasmarse en algún lado, de no diluirse en la experiencia:

«Cuando la casa está vacía tomo más fotos de sus cosas. Con los últimos treinta dólares en mi cuenta compro una caja metálica de doce Prismacolors y un block de papel vitela grueso. En la noche abro mi ventana y trabajo desde las imágenes, desde la procesión de vidrio y metal y seda, texturas definidas principalmente por su relación voluble con la luz y por ello difíciles de reproducir como articulaciones digitales: su perfume una paleta fría, estrecha; sus joyas cálidas y amplias; su ropa un poquito de ambas cosas, la expresión de la trama y el grano no muy distinta de su pelo. (…) Todavía no logro un autorretrato (…)».

Por un lado, entonces, en la novela se cruzan las relaciones humanas con las expectativas raciales, etarias, de clase y de género. Leilani toma cualquier expectativa o juicio previo y lo desarma con maestría, desmontando estereotipos y caricaturas de qué significa ser joven, qué significa ser mujer, qué significa ser la amante, qué significa ser madre, padre, hija, esposa, esposo; ser blanco, negro, racializado o no racializado, profesional, desempleado, dependiente, independiente, tener plata o no tener plata. Con su escritura, nos planta los pies en puntos diversos que intentamos amarrar, unir, consolidar, y son la intuición y el sentir los que nos hacen capaces de dar sentido a la aparente incongruencia de los hechos, que se parece mucho a la de la vida real. El poder de Leilani está en hacer calzar todo lo que parece irremediablemente distante mediante un lenguaje conciso, pero punzante, que no evade, que se vale de sí mismo para profundizar la experiencia de los personajes, las redes interdependientes que cruzan y sostienen esta historia. Por otro lado, la pintura: Leilani usa las palabras como Edie usa el color para plasmar la vida en toda su complejidad, para aprehenderla más que comprenderla.

Al comenzar a leer Luster y entrar directamente a la lectura de una relación sexoafectiva, pensé que el título se relacionaba con Lust, lujuria, o algo similar, asociado, si bien tenía la noción de que el Luster es el lustre, es a lo que se le sacó brillo, como se dice en chileno, es lo que logra el lustramuebles o el Brasso o el Silvo. No comprendo y sé que tampoco es necesario comprender el por qué del título o su traducción. Brillo a secas me parece ruidoso, quizás por las otras asociaciones locales que tiene la palabra. Pero si busco en Google Luster, me dice: a gentle sheen or soft glow. Me gusta, me quedo con esto: un brillo amable, una luz suave. El lustre de lo nuevo: de una nueva relación, de un vínculo que se revela ante nosotros. Pero también: el reflejo de la vida en la pintura, la visión del mundo a través de ojos hechos de color y trazos, aquello que reluce plasmado en el lienzo. O, mediante palabras, en las páginas.

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