Evidencias del existir

Hugo Herrera Pardo

Presentación de Ropa de Diego Armijo Otárola (Ediciones Libros del Cardo, 2022, 50 páginas)

Diego Armijo Otárola, autor de Ropa.

Una feliz coincidencia acompañó mi lectura de Ropa, el tercer libro de narrativa publicado por Diego Armijo Otárola. Pude leer y releer la novela mientras viajaba en bus de Valparaíso a San Fernando, con transbordo en Santiago mediante. Digo feliz coincidencia porque algunos de los momentos de vida lectora que recuerdo con mayor felicidad ocurrieron arriba de buses, haciendo ese itinerario, los 241 kilómetros que separan al puerto de mi ciudad natal. Viajes que comenzaron a volverse recurrentes a partir de mi ingreso a la universidad y que entonces tenían una periodicidad de dos semanas, para luego extenderse a tres, más tarde a cuatro, después cada dos o tres meses, para finalmente, en los últimos años, realizar ese viaje solo tres o cuatro veces por año. Sin embargo, ya sea para bien o para mal, creo que hay un vínculo estrecho ahí entre lectura y regreso al origen, pues algunas de las lecturas que recuerdo con mayor carga afectiva o impacto ocurrieron en el retorno al ―y en la salida posterior del― hogar familiar. El síntoma ineludible de cuando leer arriba de buses se torna una experiencia digna de rememoración es aquello que Roland Barthes llamaba “leer levantando la cabeza” (en el ensayo “Escribir la lectura” contenido en El susurro del lenguaje), un tipo de lectura caracterizado por sumar muchas detenciones, aunque, paradójicamente, la condición de aquella lectura sea el viaje, el desplazamiento. Detenciones que se vuelven continuas a lo largo del acto de leer, y que no tienen su motivación en el desinterés, sino que todo lo contrario, tienen por causa las ideas que van apareciendo, las preguntas que asoman, las relaciones que irrumpen. Detenciones a través de las cuales meditamos un texto que comenzamos a escribir “en nuestra cabeza cada vez que la levantamos” (40) y que se ve acompañado por la mirada que se extravía al quedarse mirando la ventana, por el avance del día hacia la noche y por la transformación del paisaje, el que en el caso particular que he comentado va desde la topografía de la zona costera hacia las estrechas planicies del valle central, cada vez más desertificadas. 

Al avanzar por las páginas de Ropa, los detenimientos al leer para levantar la cabeza vinieron impulsados, en primera instancia, por ciertos rasgos de estilo que Diego Armijo ya había comenzado a presentar en sus anteriores textos (Glorias Navales, 2019; Carcasa, 2020), como el uso de frases con formas no personales del verbo, como si, en el caso de la novela que en comento, la sintaxis fuera metaforizada por la imagen de los montones de ropa en donde se vende a luca la pilcha, en cuyos montones de ropa/sintaxis los personajes del texto ―entre ellos, principalmente, Luis, el protagonista― quedaran sepultados. También, el uso de constantes incrustaciones de incisos explicativos, formalizados por un uso extensivo de comas, las que acaban cumpliendo una función similar a las de las pausas versales en los poemas y que, por ende, le otorgan un singular ritmo a la narración. Junto a ello, también destaca como rasgo estilístico de la escritura de Diego el uso recurrente del hipérbaton, figura que altera el orden canónico de las frases, como si su empleo fuera una alegoría de las combinaciones del vestir que surgen de la venta de ropa en ferias libres o ilegales, las que destacan por aglomerar prendas, estilos, marcas y fabricaciones de muy heterogénea procedencia, tanto espacial como epocalmente, alterando, así, el orden canónico de la moda, a la vez que tales combinatorias también quedan signadas como punto donde puede leerse la diferencia social, la sociedad estratificada (sobre esta heterogeneidad vestimentaria amontonada en las ferias hay una contundente enumeración en el apartado “INDUMENTARIA”). Otra pulsión muy visible que atraviesa la escritura del autor es la búsqueda expresiva entre forma literaria y material narrado. En el caso puntual de esta novela la metáfora texto-textil se formaliza en tres componentes que dan estructura al discurso: pilcha, una forma discursiva por la que transcurre el grueso de la narración, tanto externa como interna; hilacha, caracterizada por proporcionar breves acotaciones o incisos explicativos; y etiqueta, especie de colofón a cada apartado.  

Hugo Herrera Pardo, autor.

En la contratapa de la novela, Felipe Reyes señala acertadamente que Ropa “retoma y actualiza la valiosa tradición de la narrativa nacional sobre los circuitos del mundo del trabajo y sus avatares”. Mas, sobre esto creo que es necesario hacer una precisión para poder destacar una de las inflexiones proyectadas por el texto. El mundo del trabajo que nos presenta Diego Armijo en su relato es el del comercio informal que tiene por marco los procesos de extractivismo, desposesión de derechos, flexibilidad laboral y soberanía financiarizada neoliberal. Más específicamente, en un extremo del correlato histórico que acompaña a la novela se ubica el des-mantelamiento de las industrias textiles locales acaecido en las últimas décadas, como efecto de la globalización y el incremento exponencial de importaciones, con toda su gramática del deseo, del sobreconsumo y de la fetichización de las marcas y de las vestimentas; mientras que en el otro extremo ―contemporáneo a la escritura y a la publicación de la novela― se encuentra el notorio incremento del comercio ilegal en las calles de la ciudades tras la pandemia de la Covid-19. Por tanto, dentro de la tradición de la narrativa nacional, Ropa, por su tratamiento del comercio ilegal o del autoempleo como recurso de sobrevivencia, se distingue de narraciones enfocadas en oficios particulares y sus respectivos modos de filiación al ámbito legal del trabajo, toda vez que se ha querido ver una relación entre informalidad y desproletarización, lo que ubicaría a la novela de Armijo a cierta distancia discernible dentro de un arco histórico en cuya otra punta se ubicarían los lazos comunitarios emanados del realismo social.  No quiero decir que en Ropa encontramos la descomposición de esos lazos comunitarios tradicionales relacionados al mundo del trabajo o algo así como una desproletarización manifestada en el libro, pero sí otras formas, recubiertas o acechadas, por las tácticas propias de un espacio como la feria y narradas con una entonación que no deja de percibirse como sombría, sobre todo cuando refiere a relaciones familiares. Tono sombrío que, por cierto, bloquea toda aproximación romantizada o aséptica hacia esas formas de vida. Una de las tantas veces que levanté la cabeza mientras leía Ropa recordé el libro de Verónica Gago La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular, investigación que tiene como protagonista a La Salada, la feria ilegal más grande de América Latina ―con cerca de 20 hectáreas de terreno, en el conurbano de Buenos Aires―, pues ciertos pasajes de la novela me hicieron recordar la noción de “microeconomías proletarias” que la autora propone y que puede percibirse en los pasajes de Ropa en que se describen tránsitos por ferias o comercios ilegales. Dice Verónica Gago que “La feria es un espacio espeso, de múltiples capas, sentidos, transacciones. Un espacio abigarrado que simultáneamente abriga tradiciones y es herético respecto de muchas de ellas, que se dispone como ámbito celebratorio y de disputas, como momento de encuentro, consumo y diversión, pero también como jornada intensa de trabajo y de negocios, de competencia y oportunismo. Se sostiene y se desarrolla como negocio masivo sobre redes familiares, vecinales, de compadrazgo y de amistad. Es también una economía de lenguajes diversos: de vestuarios, bailes, promesas, comidas y excesos. Lo abigarrado aquí no es, sin embargo, un rasgo cultural o una diferencia colorida, sino el sustento de la desmesura de estas economías” (81). Uno de los méritos de Ropa es narrarnos ese mundo abigarrado y habitado por desmesuras mediante una escritura que rehúye de correferencias sintácticas cristalinas y transparentes y juega con la potencia metafórica de la descomposición del vestir al vincularla a la existencia. Así, por medio de su lectura, se desprenden afectos producidos cuando advertimos que las formas de vida y sus relaciones se tornan hilachas, cuando dejamos de ser prenda o estar prendados a algo o a alguien, cuando la existencia toma la forma ―magullada, apolillada o porosa― de un trapo. 

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