Ambigüedades: Fantasma de la Vanguardia de Damián Tabarovsky

Clarice de la Cruz

¿Cómo hacer hablar a la ruina con la ruina? ¿En qué momento se dialoga lo residual ella misma? Tabarovsky es incidente en esto: lo literario está atiborrada de la literatura en nuestros tiempos. Hay un código disímil y cínico acá. Es cosa de ver cualquier lanzamiento moderno de cualquier libro: interpretaciones sobre interpretaciones, diálogos más bien perdidos donde la palabra del autor siempre se mueve hacia el final, ya sea por un subtexto publicitario, de mantener al consumidor; o por lo puramente literario, donde la literatura no es autor, sino escritura misma. En este sentido el sesgo de lo argentino subraya al Fantasma de la Vanguardia como la tradición y lo contemporáneo al mismo tiempo; el autor piensa, ante todo y parafraseando, que el arte de poner una palabra al lado de otra es perfectamente político. Lo fatal es que todo lo que se pueda desarrollar en la literatura ha de terminar en la moda, en la tendencia, y esa eterna escapatoria de lo literario expulsa, paradójicamente, a la literatura. Ya no es imposible la novela o la elegía, sino ambigua. Una fantasmagoría de cada cicatriz que deja el motor humano de las estructuras, que son nuestros nuevos monarcas neoliberales. Lo imposible ni siquiera es roce, si no una certeza de la nada que atraviesa todo hoy en día. 

Fantasma de la Vanguardia es un texto que se enfrenta al vacío de las realidades. “Si hay algo desatinado en la relación entre literatura y mercado, es seguir pensando que esa conjunción -”y”- todavía separa dos universos distintos”, escribe el autor respecto a la edición contemporánea. Entonces, la pregunta natural sería: ¿Qué domina en esta relación?, pero la más lejana, y por tanto, más cercana a nosotros es: ¿Ya es la literatura un mercado, o el mercado es (o quiere ser) literatura? Osea, aquello que direcciona, que promulga la posibilidad de discurso. Cada vez reafirmo más que en estas, las horas de la deconstrucción y el reformismo del fracaso de las vanguardias del siglo pasado, cada palabra es un umbral entre su absoluta negación y su afirmación del mundo. Esa es la patología actual de lo que se llamó “realismo capitalista” de Fisher y compañía. Buscar literatura hoy significa, al mismo tiempo, encontrarse con libros de gente que no es escritora por razones de cuotas de mercado y públicos objetivos, mientras la literatura sigue siendo un anhelo colectivo por, como decía Woolf, alcanzar la realidad lo más fielmente posible, actuando como tal, escondiéndose, siendo eco, desviación y acto en signos que fuera de los ojos y el pensamiento no tienen sentido alguno. La literatura debe, por lo tanto, sacar ese umbral en nuestro lenguaje. Debe abrir, no contrastar. “Instalar a la lengua como un derecho y no como una mercancía, es una de las batallas políticas centrales de nuestro tiempo”, plantea Tabarovsky. Lo que ha de ser quien escribe, fuera de los términos condicionantes, es liberar a la palabra para que actúe como tal. 

Con agudeza Damián plantea un libro para tanto a su nación como para el mundo entero. Funciona como bitácora de aquellas voces que tensionan al mundo, además de ser una propuesta de lleno importante para quien escribe o desea escribir. Recordatorio urgente es este libro para el rubro y sus otredades, que muchas veces se les hace difícil ver el impacto de esta disciplina esquiva y neblinosa. 

Leer Fantasma de la Vanguardia es sentarse en la orilla a ver el barranco desde las olas del mar.

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