(Re)conocer las cosas del mundo

Lorena Amaro

Termino de leer Número equivocado y veo y oigo a esas madres, hermanas, tías, abuelas y bisabuelas que hablan y cuidan, que cuidan y tejen, que tejen y regañan y que siempre, pero siempre, están preocupadas, con el alma en un hilo, con el suspiro en la boca. Viven en casas medio desmanteladas, trabajan sin descanso, contestan llamadas equivocadas que les traen a sus corazones dolores viejos, hijos muertos, sueños frustrados, ausencias. Lo que nos ofrece Kati Lincopil, con ironía, rabia y ternura, es un pedazo de esas vidas, las frota con literatura para hacerlas brillar. Oscuras vidas radiantes, diría Manuel Rojas, en que se encabalgan lo dulce y lo áspero.

El otro lado de esta historia la escriben los padres ausentes que, sin embargo, siguen estando extrañamente presentes, como una cicatriz que se vuelve tan propia como el color de los ojos, el tono de la voz o los gestos al moverse. Un padre ausente se vive desde el resentimiento de las madres. “La palabra que mi mamá más dijo cuando éramos chicas fue impotencia” escribe Lincopil en el relato “Ratones en la cama”, en que una madre abandonada por el marido y de apenas 24 años se hace cargo de dos hijas pequeñas, mientras lidia con los ratones que les muerden los dedos en las noches. La perspectiva empleada en estos relatos de Lincopil, en casi todos los casos, es el de una hija o hijo, quien narra con transparencia, en primera persona, las distintas viñetas o crónicas que podrían ser, casi todas, parte de una misma novela. Ese mismo padre podría ser el que porta el apellido mapuche sobre el cual gira el primero de los relatos, “Ojitos rasgados”, que nos pone de lleno en el gran tema de este libro, aquello que nunca podremos fijar ni terminar de examinar: el origen y con él, el tramado de los afectos familiares. 

“Es muy difícil identificar cuando uno pasa de saber a no saber algo”, escribe en “Wanna be Prais”, donde en clara continuidad con la ironía política de “Ojitos rasgados”, la narradora cuenta cómo descubrió realmente lo que fue la dictadura –algo que de niña sabía, pero no sabía- y con ello la posición de su propia familia en el tramado ideológico del país. La deriva incontrolada de una clase de historia pone en el centro de la sala a este elefante que de pronto es revelado en los relatos de las compañeras de curso, que cuentan cómo sus familias sufrieron la violencia militar. “Primero me sentí como una entrometida, como colada a un funeral de alguien que no conocía, asintiendo con la cabeza como hacían los demás, frunciendo el gesto de la boca con tristeza y preocupación en vez de abrirla y preguntar a gritos en qué momento pasó todo esto y yo no me enteré”.  Y creo que las breves historias de Kati Lincopil consisten todas, precisamente, en cruzar el umbral difuso entre aquello que creemos saber pero en realidad no sabemos. En “Cajas”, donde cuenta la historia de una madre que vive el duelo por un hijo suicida, cruzar significa abrir las cajas donde guarda las cosas de su hijo: “Sabe que tiene que abrir las cajas en algún momento. Regalar los electrodomésticos, la ropa, las tazas. Pero no puede. El interior de las cajas también es un espejo en medio de la noche y le da pánico ver qué hay del otro lado”. En “Número equivocado” el saber y no saber también se sitúa en el terreno de la muerte, esta vez por el fallecimiento de un tío al que la abuela amaba: “A veces me dan ganas de llamar a mi tío y me doy cuenta de que no puedo. Ahí vuelvo a saber que no está”. Saber/no saber son estructurantes del discurso: “A veces me siento culpable por no saber mapudungún ni conocer Nueva Imperial, ni saber nada de mis abuelos”, dice la narradora de “Ojitos rasgados”, mientras que para la de “Fantasmas” saber, ya muy chica, que su madre tiene que ir a trabajar, es la fuente de todos sus temores: “Sabía que si iba a la pieza, su cama estaría vacía”. En “Los billetes”, un cuento breve e ingenioso, la narradora lleve a una guagua de paseo a la feria: “ella no sabe aún cómo son las cosas, menos aún las cosas que involucran a los hombres y a la plata”. Este cierre es uno de mis preferidos: “Dejaba el coche cerca de la puerta de la cocina y le daba un trozo de zanahoria a la guagua para que se entretuviera. Encendíamos la radio y escuchábamos canciones o las noticias. Los acontecimientos del mundo y lo deportes. Ponía fideos abecedario en las ollas. Letras para ilustrar a la guagua sobre las cosas del mundo y de los hombres”. La escena parece fundante en la imaginación de Lincopil y la reformula de esta manera en el relato “Días blancos”: “Mi tía Nata pensaba que yo podía ser la persona más inteligente del mundo. Me leía hasta que yo ya sabía las historias de memoria, pudiendo repetirlas mientras miraba las páginas como si yo mismo las estuviera leyendo. Era la única que tenía la energía suficiente para llevarme al parque, al que caminábamos lentamente, apuntando los autos o los grafitis o las piedras, reconociendo las cosas del mundo, inventando cuentos, respondiendo todas mis preguntas, enseñándomelo todo”. 

En este libro las mujeres nutren con alimentos y palabras; cuidarse es conocer, saber, ampliar los márgenes de mundos ríspidos, donde las niñas y niños duermen en colchones en el suelo, sus madres trabajan hasta el agotamiento y la plata para hacer la comida es contada peso a peso. En esas circunstancias, en esos mundos –cierta clase media, media baja, que por décadas puso sus esperanzas en la educación de los hijos— saber, como nunca, es poder. Pero también, a veces, es sufrir: ante la inminencia de la discriminación o la pérdida. Aun así, porfiadas, les protagonistas se atreven a cruzar los umbrales, como esa madre devastada a la que Kati Lincopil da vida en su último e impresionante cuento, y que finalmente abre las cajas para revivir, con ellas, aunque duela, “el espíritu escondido de las cosas”. 

Número equivocado

Emecé, 2022

90 páginas

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