Voces ausentes, ecos presentes: un diálogo con Por él y El invencible verano de Liliana

Emilio Mocarquer Olivares

Ofrezco escuchas de infancia, palabras que no son mías:

Era tonta. Ella era tonta, porque una sabe que los borrachos no razonan. Llegaba tarde mi tío T. y le pedía, agarrado de la reja, que lo dejara pasar: negrita, mijita, me abre… ¡Ya llegaste borracho! ¿Qué te hai creío? ¡Otra vez, desgraciao! y lo retaba y lo garabateaba. No era hasta que él pateaba la puerta que ella la abría y salía corriendo, mi tío T. la perseguía. 

En la mesa té, pan y un pasado para mí desconocido ambientaban la hora de la once. Yo era niño y la historia de la tía A. en voz de mi abuela nos acompañaba. Más grande, una sola pregunta: pero, abuela ¿por qué el tío T. le pegaba? Y la respuesta, siempre la misma: es que era tonta, ella era tonta. Mi tío T. llegaba con traguito, pero no era atrevido, le pegaba porque ella lo insultaba. Pedía, por favor, que le abrieran la puerta y como la A. le gritaba, él se enojaba. Ella tenía la culpa, porque si no hubiera dicho nada… 

Recordé esta historia durante dos lecturas. Escuché a mi abuela narrando como en alianza con sus antepasados, contra la tía. Ante la duda me reservo los nombres, porque me habría gustado pedirle permiso para ventilar su memoria, preguntarle si acaso podría escribirla. Un recuerdo grabado a punta de repeticiones es entonces mi punto de partida.   

Fue en 1936 que la Corte Suprema confirmó la pena de muerte ya dictada dos años antes por el Cuarto Juzgado del Crimen de Santiago, en contra de Roberto Barceló Lira. Barceló le había arrebatado la vida de un balazo en la espalda a Rebeca Larraín Echeverría, su esposa, y fue la ley chilena quien hizo lo mismo con él. La historia de este crimen se encuentra archivada en el libro Por él (1934), trabajo de la escritora chilena Inés Echeverría (Iris), madre de Rebeca. La autora utilizó sus redes y su literatura para que se hiciera valer la ley, conforme a los parámetros de justicia de su época.  

Quien lea Por él no solo tendrá acceso a las valientes palabras de Inés Echeverría: “[c]omo mujer, sé mejor que los jueces, lo que vale la vida de un hombre, por el dolor que me costó mi creatura…” (25); sino que también conocerá las de Rebeca. La madre se encargó de hacer públicas las palabras que su hija custodiara, en diarios, secretamente: “[q]uiero escribir porque sufro, y porque no pudiendo, ni queriendo contar mi pena a nadie, no puedo confiar sino en mi diario” (205). 

Apunto, acaso en ese afán universitario de clasificarlo todo, que Por él se trataría de un relato testimonial, es decir, que formaría parte de los géneros referenciales (no ficcionales). Sin embargo, la propuesta de doña Inés juega en los lindes de las clasificaciones textuales. Por una parte, relata un crimen con un apego estoico a hechos verificables en expedientes judiciales; pero por otra, excede brillantemente al testimonio, transitando hacia lo literario. Son sus diversas formas de escribir una estrategia para hablarle a su tiempo y a los jueces, a la injusticia y a su clase social: narra como en una novela, imita las rígidas formas de la ley, crea diálogos y reproduce los diarios guardianes de la intimidad de su hija. En este ejercicio, recurre a la fuente original, logrando que la voz de Rebeca se oiga incluso después de la muerte, porque mientras escribe y transcribe, le devuelve la voz a su hija. Como brindándole la posibilidad de atestiguar contra Barceló, como si el testimonio bien pudiera ser la mejor literatura. 

Se escucha Por él en las letras latinoamericanas contemporáneas. En 2021 la escritora mexicana Cristina Rivera Garza publicó El invencible verano de Liliana. Testimonio del asesinato de su hermana que de pronto suena como bitácora de viaje, carta o ensayo. Ángel González Ramos asfixió con un cojín, en 1990, a Liliana Rivera Garza. Y su hermana pone a disposición del lector esta historia, que es la de su duelo, la de una búsqueda infructífera de un expediente perdido, la de la esperanza de hallar al prófugo y de paso, tal vez justicia. 

Formas y temas de El invencible verano… se asemejan a los de Por él y nuevamente, a partir del pacto testimonial, accedemos no solo a la narración de un crimen, sino que conocemos los puntos de vista de otras voces y otros tiempos. Y es que al igual que en la obra de Echeverría, Cristina y Liliana se reencuentran en El invencible verano…, se detienen a conversar las palabras de la una, con los cuadernos escritos y transcritos de la otra. Además, amplios párrafos, enunciados en primera persona y titulados con nombres propios configuran relatos de quienes coincidieron con Liliana: amigos, conocidos, familiares nos convidan anécdotas; y las idas a Toluca, el enamoramiento y los días en el campus entre clases de arquitectura son los testigos de quien fuera Liliana: una mujer inteligente, curiosa, divertida, independiente, adelantada a su época. 

¿Una diferencia entre ambos textos? La inmediatez. Qué triste no poder asegurar que El invencible verano de Liliana influyó en una sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, porque “Liliana tenía treinta años bajo tierra” (115) al momento de la publicación del libro. En cualquier caso, la necesidad de hallar justicia pavimenta las páginas de un texto que se enfrenta a un léxico legal que dilata la obtención de un expediente: “¿Cómo se escribe una petición así? ¿Dónde se enseñan los protocolos para solicitar un documento de esta naturaleza?” (13). Sin embargo, la autora no se detiene, porque el archivo personal de su hermana dispuesto en el texto mezcla el paso del tiempo con la injusticia, y la acompaña en ese desciframiento de los procedimientos herméticos y clasistas de la ley:

Hasta que llegó el día en que, con otras, gracias a la fuerza de otras, pudimos pensar, imaginar siquiera, que también nos tocaba la justicia. Que la merecías tú. Que la valías tú también entre todas las muchas, entre todas las tantas. Que podíamos luchar, en voz alta y con otras, para traerte aquí, a la casa de la justicia. Al lenguaje de la justicia (43). 

Esas voces altas hacedoras de ecos resuenan desde el pasado y apuntan las injusticias contra las que se pronuncia, valiente, el trabajo literario. “Liliana era, con mucho, la verdadera escritora de la familia” (56), nos revela su hermana y de las palabras manuscritas de ambas se asoma algún tipo de justicia, una que atiende a las víctimas; una que, al menos durante esta lectura, oye atenta las palabras que alguna vez escribió Liliana, que siguen existiendo en el texto, resistiendo. 

Bala, cojín o chuzo: armas homónimas en estos relatos. Pasa que la historia de la tía A. no terminaba como al inicio de estas líneas. Seguía mi abuela contando que un día el tío no aguantó más y que pescó un chuzo que tenía en el patio, y que casi casi, pero que llegaron a pararlo, que el resto de los tíos que vivía en la casa no lo dejó. Y yo pienso que a Barceló no lo paró nadie, pero que detonó la furia de una escritora que con sus palabras torció las de la ley. Pienso que nadie detuvo, tampoco, a González; aunque luego de la publicación de El invencible verano…, hubo nueva información sobre el paradero del asesino, e incluso cuando no son datos enteramente verificados, podrían suponer la reanudación de un juicio gracias al trabajo literario. Pienso que nada de esto conoció la tía A., porque en el siglo pasado no tuvo a nadie que en La Ligua alzara la voz (¡ni menos que pudiera escribir!) para plantarle cara a esa violencia patriarcal de la que fue víctima, que la convirtió en culpable y tildó de tonta, cuando de frente a la borrachera del marido gritó cansada. Pienso que es evidente la importancia de que ambos trabajos permanezcan abiertos y leídos, porque las historias de Rebeca y de Liliana reconstruyen vidas y memorias pasadas, reivindican a la tía A.  

Era tonta, ella era tonta, decía mi abuela recordando con ternura al tío, con desdén a la tía. Quizás su narración portaba una enseñanza: mejor es no hacerse problemas, mejor es quedarse callada. Enseñanza que, a su manera, mi abuela también desobedeció traspasando, en el rumor, la historia de la tía A.: vean qué hacen con ella, acaso quiso decir, nombrando y burlando los silencios de su pasado.

Última acotación. Ni Echeverría ni Rivera Garza, en esas búsquedas inagotables de justicia, omitieron nombres. Ambas nombraron, como señalando a cada persona que en sus trabajos convirtieron en personajes. Nadie fue escondido, cada quien tuvo identidad. Las víctimas: Rebeca Larraín Echeverría y Liliana Rivera Garza. Los asesinos: Roberto Barceló Lira y Ángel González Ramos. El abogado defensor Galvarino Gallardo Nieto y el licenciado Héctor Pérez Rivera. En sus testimonios nombrar fue apuntar con el dedo. Nombrar fue despejar víctimas y victimarios para, a lo mejor, alivianarle el trabajo a la justicia. 

Diría entonces que estoy al debe. Ahora termino: a él le decían Tato y su nombre nunca lo supe. La tía se llamaba Aída.

Obras citadas

Echeverría, Inés. Por él. Santiago: Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2021 [1934].

Rivera Garza, Cristina. El invencible verano de Liliana. Santiago: Literatura Random House, 2021. 

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