Ayer hubo una tormenta

Tito Martín y Sucralosa Carvajal  

Cuando era niño siempre miraba los cactus del cerro de enfrente como si fueran marcianos dentro del mundo de las plantas: no se parecían a nada, y no entendía de donde salían sus hermosas flores. Me quedaba minutos agarrado del alambre de púas absorto en su presencia, ¿qué hacían en el cerro?, ¿por qué eran así? Había muchas cosas que quería preguntarles.

Luego comencé a tener un sueño recurrente. Soñaba que caminaba por el cerro de noche y me acercaba a un cactus en flor. El único en flor. Mientras me acercaba sentía una gran tranquilidad, como si fuera a caer en una cama cálida y cómoda después de un largo viaje. Cuando ya estaba casi de frente, el cactus me decía “hijo”y yo respondía “madre”. Al hacerlo veía que a mis pies se movía una serpiente amarilla, una serpiente que envolvía al cactus y que acercaba su cabeza y su lengua a mis pies y despertaba del puro susto.

Mi abuelo no era de muchas palabras, a diferencia de mi abuela. Por eso recuerdo con especial cuidado lo que decía cuando me veía mirar los cerros apoyado en los alambres de púas “Los cactus pareciera que dicen cuidado, el desierto ya viene, cuidadopero, ¿quién quiere escucharlos? preferimos escuchar al boldo, al peumo, al belloto que nos dicen tranquilos, mis hojas estarán verdes todo el año, tranquilos.¿Quién crees tú que tiene razón? me preguntaba. Yo creo que los cactus” se respondía.

Al contarle mi sueño, mi abuela me decía que mi mamá no era un cactus y que la serpiente era probablemente Satanás que usaba sus trucos para acercarme a su reino “¿Entonces quién es mi mamá?” le preguntaba. Pero nunca querían responderme. Quizás la serpiente amarilla podía responderme, pensaba, y a veces rezaba para volver a verla en mis sueños y esta vez no tener miedo y preguntarle quién es mi madre, o si realmente soy hijo de un cactus. Quizás algunos humanos nacen de la flor del cactus, que es la más bonita que he visto, quizás Dios le dio ese poder a esa flor, y por eso su belleza. Quizás.

Una noche, mientras mis abuelos dormían, decidí escaparme y subir hacia el cerro, buscar el cactus y encontrar a la serpiente. Subí, bajé a la otra cara, busqué alguno que me hiciera sentir algo, pero no pasó nada. Al regresar a casa pensé que quizás mi abuela tenía razón, que solo era Satanás tratando de llevarme a su reino y le pedí perdón a Dios, a Jesús y a la Virgen.

Cuando tenía quince años mi abuelo murió. La abuela, en el camino de vuelta a casa desde el cementerio, me dijo que me iba a contar sobre mi madre. Aprovechó de llorar todas sus penas al mismo tiempo. Nadie sabía dónde estaba mi madre. Estaba metida en cosas de política. Me dijo que esperaba poder encontrarla pronto de nuevo cuando estuvieran en el Reino de los Cielos junto al abuelo. ¿Qué son las cosas políticas? pensé. Aquí en el campo no hablamos de esas cosas. Hablamos de ángeles y santos, Dios y la Virgen, el hijo de Dios, el Espíritu Santo… Salvo las veces que se acercaba alguna camioneta anunciando la candidatura del alcalde, y caían algunos papeles que luego usábamos para prender fuego. Mi abuela secó sus lágrimas y me preguntó: ¿todavía sueñas con la serpiente amarilla? Yo la había olvidado. Respondí que no. Me dijo que, si me volvía a pasar, que por favor le contara. Le prometí que sí.

La abuela murió cuatro años después y me quedé solo con la casa, los perros, los gatos, gallos y gallinas.

Qué lejos se siente todo, me dije cuando salí de la casa, tenía que hacer unos trámites respecto a escrituras o algo por el estilo en la capital, no entendí bien para qué era todo eso. Recuerdo pedirle al abogado si se podía hacer así nomás. Me dijo que no. Pensé en pedirle que viniera, pero siempre he temido al rechazo de los desconocidos. Se siente sofocante y peligroso, como si esas personas extrañas de la ciudad pudieran arrancarme el corazón con los ojos, esos ojos de indignación cuando les dices que no conoces ninguna parte donde vendan queso de cabra. Me imaginé al abogado con esos ojos, al otro lado del teléfono.

Bajé desde el hostal caminando hacia su oficina. Era temprano, crucé un puente de cemento cubierto de neblina espesa, el ruido de los vehículos me ensordecía.  Me metí a un mar de personas que no me recordaba a nada que hubiera visto antes. Pensé para mis adentros que el mundo no está hecho para funcionar así y luego me di cuenta del orgullo perverso oculto tras esa idea ¿Cómo entonces se suponía que funcionara, sino en mares de gente ensordecida?

Y como una respuesta a mis cavilaciones, la ciudad me respondió, primero con un olor que me llenó el alma de asco, un asco profundo y primigenio de esas cosas que uno no debe tocar. Luego, cuando giré mi cabeza al río Mapocho que se perdía en la niebla infinita de la mañana, me mostró una imagen, una que quisiera borrar de mi corazón: putrefacto, titánico, monstruoso y sereno, el cadáver de un cachalote adulto tapaba el curso del agua, el ruido de las micros como el grito de un monstruo inhumano sofocando ese aroma a pescado podrido.

Una voz me sacó de mi repentina visión, era un anciano que me pedía monedas, saqué un par y caminé, olvidando el asunto.

Después de un par de días tomé el bus para volver a la que era ahora mi casa. La gente se subía con sus carros llenos de sabe uno qué cosa, cosas hechas en el Oriente más allá del mar, tal como lo hacían otras personas, en tren o en carreta, muchos años atrás. Mi cuerpo y mi mente estaban exhaustos, y en un taco, caí en un sueño profundo. La abuela estaba debajo del parral en un día soleado, sentada, tejiendo. Mientras miraba su creación, me hablaba, pero yo no lograba escuchar nada. Le decía “Abuela, hable más fuerte” pero ella me miraba, sonreía, y seguía moviendo los labios sin sonido. Una voz salió finalmente de sus labios, pero para mi estremecimiento, era la de un hombre joven y me decía: estamos en el paradero del Líder.Desperté, tomé mis cosas, me bajé y fui a la plaza para tomar un colectivo. Cuando volví a la casa sentí realmente la ausencia de la abuela, esperaba verla tejiendo en el living, pero solo me encontré al Simón que dormía tranquilo en el mismo lugar donde se acostaba a acompañarla. Le hice cariño, despertó, maulló y bajó en busca de comida.

Cuando volvió llevaba algo plomo en el hocico. Lo perseguí pensando que había metido un chincol o un guarén a la casa, pero cuando se lo quité me sorprendió su textura grasosa, su olor a podrido y el líquido pegajoso que se esparcía en mi mano. Miré al gato que se limpiaba las patas molesto en su esquina, fui a la cocina y busqué un plato donde poner ese pedazo de materia descompuesta. Era casi un cuadrado perfecto de algo que apestaba a mar, me lave las manos nerviosamente intentando en vano racionalizar la situación, debió ser un pedazo de pescado que le robo a la vecina me decidí por fin. Volví al comedor para tirarlo al patio, pero al verlo otra vez mi seguridad se deshizo, era demasiado liso, su color muy gris, sus fluidos muy aceitosos, grueso como un libro de colegio, gelatinoso y firme, recién cortado y sin duda putrefacto. Lo enterré en el patio como se entierran los conejos que se enferman, le eché sal y lo metí en una bolsa, cosa que los perros no lo desenterraran, e intenté olvidarme de aquello por el resto del día.

Al día siguiente me desperté temprano para darle de comer a las gallinas. La misma niebla de la capital me acompañaba, pero esta vez se elevaba tan alto que tapaba las crestas de los cerros. Simón abrió la puerta de la casa para acompañarme en mi tarea. Se movió tranquilamente hacia mí, con su rostro indiferente y su pelaje grueso y negro. Le pregunté qué era eso que me había traído. Se había acostumbrado a responderle a los humanos cuando le hablaban, consecuencia de compartir tanto con mi abuela. ¿Qué era eso, Simón? Miau. ¿Qué cosa me trajiste? ¿Un ratón, un chincol, un pescado que sacaste de la basura? Miau. Iba a volver a preguntarle cuando un grito me asustó, era de alguien cerca. Salí de mi casa y vi, en la bajada del camino, a un ciclista tirado en el suelo. Cerré la puerta para que no se salieran los perros y bajé corriendo. Era alguien joven, como yo, pero no respondía a mis gritos. Cuando puse mi mano en su espalda pareció recobrar la consciencia, se volteó, levantó su espalda y me dijo “agua, quiero agua”Volví a mi casa para traerle una botella. Se la tomó entera en segundos. Vi que una delgada línea de sangre bajaba desde su oreja hacia su polera blanca. Le dije que teníamos que llamar a una ambulancia, pero pronto recordé que la ambulancia no llegaba. Solo los bomberos. Estuve con él hasta que se lo llevaron en una camilla con su cuello sujetado por un artefacto que encontré espeluznante. Al volver Simón me esperaba en el mismo lugar donde lo dejé y entró conmigo a la casa.

Esa noche tuve una pesadilla que se escapaba de las usuales. Bajo mis pies descalzos estaba la madera húmeda de un barco, alguien me gritaba “volvamos a la costa, viene una tormenta del Este”. Estaba recogiendo las trampas de los cangrejos, entonces, pierdo el equilibrio, el agua me llena los ojos, mi túnica me pesa en el cuerpo y entonces, nada. Desperté porque una gota de agua me llegó de lleno en la cara. Había una gotera en el techo de mi pieza y estaba lloviendo. Miré por la ventana, las montañas seguían ahí, me frustraba la sensación de que tendría que hacer muchas cosas cuando llegara el día, alimentar a los animales, ocuparme de la gotera, buscar madera para la salamandra y… Me restregué los ojos y recordé que la lluvia era algo bueno, hacía mucho que no llovía.

Al final no pude encontrar en mí la motivación de tapar la gotera, pero sí pude encontrar la fuerza de mover la cama a un lado y buscar un balde para que no se mojara el suelo.

Encendí la salamandra, sé que debería usar madera seca, pero a veces es mejor solo asumir que el atado que tomaste está lo suficientemente seco. Me pregunto si a las gallinas les gustará el ruido de la lluvia, uno pensaría que sí.  Me eché en el sillón a esperar que prendiera la yesca y los leños, y mi mirada se fijó en la Biblia de mi abuela. La tomé, me acordé de las tardes cuando era chico y estaba con ella bajo el parral y me leía las historias del Antiguo y Nuevo Testamento. Recordé entonces al cachalote en el Mapocho y la historia del profeta Jonás: “Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir.” Cerré la Biblia y me reí un poco “¿qué me estás tratando de decir, abuela?” dije, y la única respuesta que tuve fue un miau de Simón. La salamandra se había encendido, y me acerqué a mover un poco los leños, aproveché de mirar por la ventana: la lluvia se había detenido y una tenue luz de luna se colaba entre las grietas de las nubes. Aquellos rayos de luz que venían del sol y rebotaban en la luna se dejaban caer en el cerro de enfrente, precisamente en un cactus en flor.

No lo había visto antes de irme a la ciudad. Una de las ventajas de la adultez es que después de cierta edad Satanás ya no puede arrastrarte a los cerros, si quieres ir a buscar cactus y culebras en medio de la noche, solo lo haces, pensé. Pero cuando di el paso fuera de la puerta me consumieron las desventajas que vienen con la adultez: horror, ansiedad, claustrofobia. Le tengo más miedo a la oscuridad ahora de lo que nunca le tuve en mi niñez. Volví a entrar lentamente, dije algo en voz alta para justificar mi retirada y me alegré de que nadie hubiera sido testigo de mi derrota. Habiendo cerrado la puerta con llave, habiéndose apagado el fuego de la salamandra, me asaltó un terrible deseo de dormir.

Cuando me tapé con las frazadas de lana, estiré mi mano con nerviosismo para apagar la luz del velador y cerré mis ojos con una extraña convicción. Me dormí tan rápido que no solté el interruptor, mi mano se quedó sostenida allí hasta el día siguiente. Cuando desperté no solo mi mano estaba adolorida sino todo mi cuerpo. Esa noche no había soñado nada. Me despertó el sonido de una ráfaga de viento que rugió con furia haciendo crujir todas las tablas de la casa. Relajé mi brazo y me di cuenta que Simón se había dormido justo abajo de mi codo, me quedé ahí un rato hasta que el gato decidió rodar a mitad de un sueño. Quise ver si podía notar el cactus desde mi ventana, pero la lluvia había manchado el vidrio de un color café amarillento, tendría que limpiarlo cuando terminara de recoger los huevos. Me fui a lavar los dientes, el agua se demoró un buen rato en salir de la llave, pensé en que llegaba el momento de hacer más profundo el pozo.

Algo me llamó la atención cuando bajé a desayunar, se notaba por el clima que afuera hacía frío, pero aun sin la salamandra y estando yo en pijama, la casa estaba cálida. Simón comenzó a maullar y me acerqué al cajón donde estaba su comida. Llené su plato y vino hacia mí, pero se rehusó a comer. Moví un poco el plato, pero nada, seguía hablándome con un tono de preocupación. ¿Qué pasa Simón?, le pregunté, y un ruido en la puerta me respondió. Alguien tocaba. ¿A esta hora? Lavé un poco mi cara mientras replicaba un frustrado “ya voy”. Abrí y solo me recibió una ráfaga de viento que me heló hasta los huesos. Apreté los dientes y salí al patio a ver si alguien andaba por ahí, nada, me di un par de vueltas para cerciorarme: estaba desolado, solo se escuchaba a los gallos cantar.

Una molestia en la boca del estómago fue lo que sentí cuando noté otro cactus en flor, justo pegado a la reja de las gallinas. Fue mucho tiempo después que entendí que esa es la sensación que se tiene cuando eres un niño y un adulto te reprende, esa molestia en la cual no interesa si lo que te dicen es lo correcto o no, solo te molesta que te lo estén diciendo. Lo que fuera que me querían decir los cerros en ese momento, comenzaba a molestarme.

Entré a la casa, me costó cerrar la puerta, pensé que quizás la humedad de la lluvia había hinchado el marco de madera, de hecho, toda la casa se sentía húmeda, la mesa, las paredes, las ventanas. Todo se sentía pegajoso, tibio, sofocante. El viento afuera no ayudaba, cada dos por tres hacía crujir cada tabla de los muros y tiritar cada lata del techo. El aguacero comenzó a caer de nuevo, ¡hace cuantos años que no había un temporal así! Las calles de la ciudad deben estar inundadas pensé, como pequeños brazos de un río invisible. Necesitaba del calor de una taza de té para recomponerme, así que puse la tetera. Mientras el agua se calentaba me cambié la ropa que se había mojado con la lluvia. Seco y con una taza humeando me volví a sentar en el sillón al lado de la Biblia. Mi abuela me contaba que antaño era usual que en los inviernos se saliera el río, inundando las poblaciones que estaban cerca. Me era difícil creerlo cuando, año tras año, lo veía encogerse como un anciano, hasta que uno podía pasar de orilla a orilla saltando. Ahora me lo podía imaginar ensordeciendo con su caudal a la gente, y metiéndose a los hogares de familias que arrancaban con lo que podían.  Si eso pasara, le dije a Simón, ¿te irías conmigo?, Simón movió su cola como diciéndome sí. El viento volvía a escucharse como el reto de un Dios dormido que ha despertado para ver que nuevamente hemos hecho las cosas mal. ¿A quién iba a escuchar este Dios furioso? Tomé la Biblia donde la había dejado:

Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos.Y dijeron cada uno a su compañero: Venid y echemos suertes, para que sepamos por causa de quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás.

Pobre Jonás, pensé, y en ese momento, me sentí como él. ¿Será que por culpa mía se ha despertado la tormenta? ¿Qué piensas tú, Simón?

 ¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más.Él les respondió: Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros.

Miré por la ventana tratando de ver el cauce del río, el agua caía fiera y formaba una capa difícil de atravesar, pero de aquí se le veía, gigante como nunca y café como la tierra misma, avanzar lleno rabia. ¿Qué sacrificios tuvieron que hacer los antiguos para calmarte? ¿Querrás que yo me lance a tu ira para aquietarte?

La casa crujió de golpe y empezó un temblor que me hizo instintivamente tirarme al suelo. Agarré a Simón que maullaba como loco, nos metimos debajo de la mesa y solo esperé allí con los ojos cerrados. Escuchaba a las gallinas afuera cada vez más lejos, el ruido del temblor las ahogaba como si estuvieran gritando desde debajo del agua. Abrí los ojos cuando no escuché más el sonido, no había luz en la casa. Simón se bajó de mis brazos y se internó en la oscuridad que quedó bajo los escombros, intenté alcanzarlo, pero solo sentí el suelo mojado, la textura arenosa del agua de mar, la temperatura había subido de golpe también, me afirmé de la mesa para poder mantener el equilibrio.

Un pequeño halo era toda la luz que veía venir de donde antes había una pared. Por esa fisura escuché de nuevo el viento, silbando con desesperación. Alguien me llamaba, alguien estaba muy preocupado por mí. Chorreaba agua de la fisura. ¿Un aluvión quizá? Simón no lo pensó mucho y de dos saltos salió por la ventana.  Afuera se puso a maullar junto con el viento.

Logré recomponerme y salir de la casa. El temporal había amainado y vi a las gallinas correr por el barro. La casa estaba a punto de bajar por el cerro como un trineo.  Me senté en estupefacción mirando la ruina y, en un momento indeterminado, los escombros tomaron la forma del cadáver de un cachalote, monstruoso, titánico, putrefacto. Me volteé con desesperación, tratando de encontrar a alguien en quien apoyarme, pero ni siquiera Simón estaba cerca, había huido lejos de esta locura. ¿Qué debía hacer con este animal? ¿Estará el cadáver dentro del profeta Jonás? Me acerqué temblando, la lluvia había amainado pero el viento seguía con la misma fuerza, me costaba avanzar. Cuando estuve cerca, agarré una rama del piso y la acerqué a su cuerpo, temblando y a punto de vomitar por el olor a pescado descompuesto. Cuando la rama tocó al cachalote un sonido indescriptible me empujó hacia atrás y todo a mi alrededor se llenó de gaviotas que se movían alrededor mío como un huracán. Cientos de gaviotas revoloteaban a mi lado y su cantar era todo lo que se escuchaba. Cuando el cuerpo de la bandada empezaba a disminuir, observé que el cachalote había desaparecido, y cuando las últimas gaviotas empezaban a irse, pude observar que se acercaba a mí, lenta pero inexorablemente la serpiente amarilla que solía ver en mi infancia. Con mis manos agarradas al barro, la observé con pánico arrastrarse y me pregunté ¿es Dios o el Diablo?

Pero no obtuve respuesta. La culebra siguió de largo como si yo no estuviera, me dejé caer de espaldas al barro y miré al cielo, tan celeste como podía estar. Simón había vuelto y se estaba comiendo un chincol.  Empecé a pensar cómo escapar de este lugar. ¿Vendrían los bomberos a rescatarme? Apoyé mis manos en el barro para levantarme, el sol ahora pegaba con fuerza. Cuando me levanté vi como todo el valle había desaparecido, el río era un montón de piedras y los sauces, cadáveres que las acompañaban. Giré en 360 grados, nada. Mi casa, las casas de los vecinos, los jardines cuidados de generación en generación, los parrones, gallinas, perros, gatos, nada. Simón comenzó a maullar con impaciencia hacia mí. Yo estaba en lágrimas. Lo tomé y le pregunté, ¿qué ha pasado Simón? Y Simón al ver mi cara mojada de llanto se calmó y lanzó un suave miau, como diciendo, no lo sé, amigo.

Lo único que aún estaba: los cactus del cerro. Fui corriendo hacia ellos. Me acerqué, increpándolos uno a uno. ¡Díganme qué ha pasado! Gritaba con toda la energía que me quedaba. Una voz respondió mi plegaria. Una voz de mujer. Me dijo “tranquilo, hijo”. Me di vuelta tratando de ubicarla. Frente a mí una mujer morena y de pelo crespo estaba sentada bajo un gran y viejo cactus. Tranquilo hijo me dijo de nuevo. ¿Quién eres? pregunté. Volvió a repetir su frase. ¿Eres la Virgen María? La mujer sonrió. Quizás lo soy, dijo. ¿Eres la serpiente?, pregunté. ¿Qué crees tú?, me respondió. Mi abuela me dijo que me alejara de ti. Pues aléjate entonces dijo, con una severidad que contrastaba con su tono inicial. Tensé mi pierna para irme, pero al mirar alrededor me pregunté hacia dónde podría ir, realmente. La volví a mirar: ¿qué significa todo esto?, ¿por qué me atormentan de esta manera? Tú, los cactus, las serpientes, los misterios de la abuela, el cachalote, las golondrinas, la tormenta, el desierto. No tengo materia de genio, no tengo materia de brujo, no entiendo los sueños ni las visiones ni tampoco quiero entender, me contento con estar en la casa, acariciar a Simón, darle de comer a las gallinas, regar la huerta, comer los huevos y las papas que crecen en la casa. No quiero nada más. La mujer cerró sus ojos y guardó silencio. Me impacienté y le grité: ¡Dime algo! Ella levantó su rostro y abrió sus ojos: en la vida no hay muchas cosas que uno pueda elegir. ¿No has pensado en eso? No supe qué responder. Si fuera por mí, dijo, estaría contigo y te diría que pongas tu cabeza en mi pecho, que yo me ocuparía de todo. Pero no puedo. ¿Por qué dices eso? Sentí el calor de las lágrimas en mi rostro, pero ningún otro signo de llanto. Mi voz estaba normal, mi respiración igual. Parecía que mis ojos se habían independizado de mi cuerpo. Hijo, me dijo, no olvides lo que has visto hoy. No hay nada escrito. ¿Entiendes?  Cuando mis labios iban a decir “no”, mi rostro sintió un aguacero más abundante que mi llanto. Abrí mis ojos, el cielo se había vuelto a cubrir de nubes negras. La mujer había desaparecido y en su lugar estaba el mismo cactus en flor que me había sorprendido más temprano. Miré hacia la casa, allí estaba. Volví torpemente, mi cabeza se sucedía en imágenes e imágenes. ¡Vecino!, escuché. Era la señora Marta. ¡Qué anda haciendo en el cerro con este aguacero!, ¿está bien? Hice un par de gestos y entré a mi patio. Abrí la puerta y acudí al sillón. Cubrí mi rostro con mis manos unos minutos, mi mente se calmó. Cuando volví a despejar mi vista vi la Biblia abierta, la tomé y la abrí, pero todas las letras habían desaparecido. Busqué por todas las páginas, nada. La cerré y, entonces, entendí.


Tito Martín / 1995 / Quillota/ Cineasta. He participado en talleres con Mauricio Redolés, Cristóbal Gaete, Verónica Jiménez. @totaemartin en Instagram.
Sucralosa Carvajal / 1997 / La Calera

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