La buena educación, novela de deformación

Dante Riquelme Moreno

Han pasado más tres años desde el lanzamiento de La buena educación de Amanda Teillery y, buscando reseñas y críticas de ese entonces, tengo la impresión de que no se habló sobre ella lo que, a mi juicio, su contenido ameritaba. Esta primera novela de la joven narradora nacional, al igual que en su primer libro de cuentos, indaga en la etapa temprana de mujeres que fácilmente son identificables como personas pertenecientes a la clase alta, repasando sus conflictos, experiencias, desazones y decisiones.

La novela cuenta la historia de Sofía y Rosario, aunque principalmente la de Sofía. Relatada en tercera persona, la narradora intercala capítulo a capítulo, y desde un mismo punto de vista, dos temporalidades de una misma historia: el desarrollo y término de una amistad que nació en la infancia. Ambas temporalidades tienen igual valor dentro de la estructuración de la obra, y son narradas con el mismo ahínco y dedicación para dar cuenta del momento en que la relación entre ambas jóvenes llegó a un punto insalvable.

El primer eje se centra en un momento particular de la adolescencia de ambas chicas, el día en que Rosario le pide dinero prestado a Sofía, el cual necesita para una emergencia personal. El segundo corresponde al transcurso sus historias desde los recuerdos de Sofía: qué memorias tiene del colegio; sus sensaciones de la primera vez en que se quedó con Rosario; su primera experiencia sexual; las sentencias que recibía de su grupo de amigas. Ambas temporalidades completan el retablo de una relación amistosa que evocan el despertar femenino de Sofía dentro de su alto círculo social, sumado al reconocimiento de las bifurcaciones de las distintas individualidades que representan sus compañeras y su familia. Así, ambas temporalidades construyen un entramado coherente sobre cómo Sofía se identifica y se relaciona con su entorno, elaborando sutiles e implícitas reflexiones sobre la escolaridad en colegios católicos, la alta sociedad conservadora, los prejuicios a los que se enfrentan las mujeres jóvenes, las dificultades en la apertura a la sexualidad, los dedos inquisidores que apuntan tanto porque la protagonista haga o no haga lo que se espera de ella.

Pero fuera de las temáticas que La buena educación logra entramar, su mayor valor reside en un aspecto formal: su género literario. La novela de formación ha sido un género profundamente ejecutado y estudiado a lo largo de los siglos. Su características varían según el período en que una novela se produce, pero al hablar de ella se nos viene rápidamente a la cabeza algunos ejemplos decimonónicos como Papá Goriot de Honoré de Balzac o Martín Rivas de Alberto Blest Gana. Son novelas en que sus personajes recorren un camino para transformarse en un sujeto representante de una casta social, con características definidas, insertados en el mundo y acomodados a las reglas que rigen su funcionamiento. Este modelo, según nos enseñó Grinor Rojo, ha sido subvertido a lo largo del siglo XIX para dar paso a una novela de contraformación. El ejemplo representativo de aquello es la vida de Aniceto Hevia en Hijo de ladrón de Manuel Rojas, donde el protagonista se forma no para convertirse en un sujeto ideal para la sociedad, sino para hacer surgir un modelo distinto de vida. Me parece que Amanda Teillery le da una nueva vuelta de tuerca a este engranaje. Tenemos, en primer lugar, a Rocío, quien pertenece a una clase social definida; la novela, por su parte, se construye en base a la narración del camino que ella recorre de su infancia y juventud para dar cuenta de la nula correspondencia que ella siente hacia los valores asociados a aquella clase; finalmente, terminamos con un divorcio completo: la distancia que la separa de su familia y la evaluación cruda y enjuiciadora del camino que siguieron sus viejas amistades. Es el sacudimiento de la clase. Es el escape del determinismo. Es, en definitiva, el camino inverso a la novela de formación. Una novela de deformación.

Las implicancias de este modelo están abiertas a la discusión y la interpretación. La novela, ciertamente, abre la posibilidad a discutir sobre la disgregación y el descentramiento de una clase que, vista desde fuera y desde el prejuicio, parece siempre tan homogénea y rígida en términos de valores. También habría que pensar si es que existe la posibilidad para que esa deformación del sujeto pueda darse en clases sociales distintas; y, si se da, en qué formas se representa. Pero lo seguro es que Amanda Teillery ha abierto un rendija para comenzar a entender un sector que, eludiendo su clase, y quizás con culpa, atrevimiento o humildad, puede tomar poco a poco más posición en el presente.

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