Los lugares secretos de la vida

Diego Leiva Quilabrán

La casa de las almas es una antología de relatos del galés Arthur Machen publicada originalmente en 1906. Está compuesta de cuatro relatos extensos, “Un fragmento de vida”, “La gente blanca”, “El gran dios Pan” y “La luz más recóndita”. Perla ediciones trajo el año pasado una nueva edición en español de este volumen, que incluye la introducción a la edición de 1922 –tiempo en el que el autor encontraba un segundo aliento en su carrera literaria–. 

Acompaña también la publicación un prólogo de Guillermo del Toro, en el que destaca algunos nudos de la obra de Machen, de quien dice que “transcribe y registra –más que inventar–, una realidad invisible para la mayoría de nosotros” (9). El cineasta manifiesta de algún modo su fervor por quien llama “san Arthur”, una suerte de creencia en su modo de narrar aquello que intuyó que existía al otro lado del umbral de lo desconocido. El director de cine ve en Borges ecos del estilo laberíntico; en Lovecraft, de la exploración de lo innombrable. Del Toro remata el espacio que le reserva esta edición comentando que esta narrativa es una sugerencia de que “en algún lugar, en un reino caído en el olvido, un Dios enloquecido nos espera, burlándose… y listo para abrazarnos a todos” (12).

A los cuatro relatos de Machen, les sigue un epílogo del crítico y escritor indoestadounidense S. T. Joshi, estudioso del canon del terror literario moderno. Cierra así la lectura un texto amigable y enfocado en la obras del autor galés, así como en algunos puntos de su vida que marcan su escritura, como su visión de la modernidad inglesa y su ética anglocatólica. Así, lo diferencia de sus contemporáneos victorianos y su posición en el campo de la weird fiction –“ficción de lo extraño”–, narrando el campo de lo sobrenatural, en un período en que se afianza la razón cientificista. Joshi propone que, en términos generales que 

“lo sobrenatural necesita seguirle el paso a la ciencia: aunque recorra al mito y al folclor para su exhibición de fantasmas, vampiros, hombres lobo, casas embrujadas y otros elementos semejantes, solo puede hacer en una épcoca en que estos elementos sean vistos por la generalidad como algo que desafía lo que por lo común se entiende que son las leyes naturales; pues sólo de este modo constituirá la liberación imaginativa que escritores y lectores buscan” (296).

En ese ejercicio de libertad imaginativa, Machen propondrá aquello que con fervor cree que que existe, que sigue ahí a despecho de la razón positivista, y llenará ese campo de lo sobrenatural con pulsiones sexuales, con formas informes e innombrables que pueden exaltar el espíritu y hacer perder el juicio.

Los cuatro relatos de La casa de las almas muestran hombres que están al borde del abismo de lo inexplicable. El protagonista de “Un fragmento de vida”, seguido por su esposa, redescubre su linaje en la medida que se sumerge en historias maravillosas de galés, a medida que supera su olvido del misterio de la vida producto de las preocupaciones mundanas. En “La gente blanca”, una joven se inicia en un culto de brujas, contactándose con un ser desconocido y siendo fecundada por él. “El gran dios Pan” exhibe la frontera entre las ciencias y las seudociencias: un procedimiento médico abriría la percepción humana a lo inimaginable, permitiendo ver al dios; esa capacidad de perversión sensorial conlleva la capacidad de desquiciar a hombres de buena crianza. “La luz más recóndita” nos acerca a una mujer cuya alma ha sido sustraída en un extraño procedimiento realizado por su esposo médico.Lo aberrante, lo fuera de lugar, el traspaso del umbrar de lo conocido y el acercamiento a misterios que desafían la comprensión, incluso de personajes interesados y abiertos a esa experiencia, son ejes desarrollados en estos textos.

Machen es plástico y detallista en sus descripciones, principalmente en los que respecta a los espacios de la maravilla y sus sensaciones: “Hay cosas que uno puede ver una y otra vez en muchas calles de Londres: una vid o una higuera en una pared, una alondra cantando en una jaula, un curioso arbusto floreciendo en un jardín, un tejado con forma extraña o un balcón con una celosía de hierro fuera de lo común. Quizá difícilmente exista una calle donde no veas una u otra cosa de este tipo, pero esa mañana se presentaron ante mis ojos con una nueva luz, como si trajera puestos los anteojos mágicos del cuento de hagas, y al igual que el hombre en cuento de hadas, seguí y seguí bajo esa nueva luz” (“Un fragmento de vida”, 72). Practica la plasticidad extravagante hasta para describir lo informe: “La cara ennegrecida, la espantosa forma sobre la cama, derritiéndose y cambiando ante tus ojos de mujer a hombre, de hombre a bestia y de bestia a algo peor que una bestia, todo el extraño horror que presenciaste poco me sorprende” (“El gran dios Pan”, 252).

Además, es lo suficientemente sugestivo en sus modos de narrar, dejando vacíos entre voces y escenas que permiten que el lector activo salta, rebusque en el sentido de la situación, perdido en la misma medida que los hombres protagonistas –pues son siempre varones los que movilizan las búsquedas y las acciones–. Los relatos, salvo “Un fragmento de vida”, que resulta un tanto más lineal, apuestan a moverse en los tiempos y en los espacios de la acción para hilvanar tramas a retazos. Hay dentro de los relatos trabajo con fuentes, con rumores, con conversaciones al paso, en habitaciones privadas, con documentos como cartas y libros de historia. Machen es juguetón con los planos narrativos que se abren dentro de sus ficciones, agilizando las curvas de la acción, retardando respuestas y llegando a ellas con un cuadro completo. 

Para componer siluetas de lo terrible, Machen abre relatos dentro del relato, enmarca, borronea, juega con los límites del mundo real como registro histórico, va desgranando hasta inutilizar la linealidad temporal de la modernidad, la perfectibilidad de la técnica de la industria. A la larga, eso que llamamos vida puede ser un sinsentido, una suma de relatos más descabellados de lo cotidiano, porque la oscuridad puede estar en todas partes. “Hechicería y santidad –declara Ambrose–: he ahí las únicas realidades. Cada una constituye un éxtasis  que se distancia de la vida común y corriente” (129), se dice al comienzo de “La gente blanca”. Todos los relatos llevan a un éxtasis, a la contemplación de lo superior y, por lo tanto, a una verdad inamovible más allá de las fronteras del mundo material. En el primer capítulo de ese relato, se desarrolla la idea de que acercarse a cualquiera de esos polos es el Pecado, el Pecado real y único del que se puede hablar con propiedad, el de la vulneración de las leyes de la naturaleza que nos sujeta a lo mundano. 

Dyson, uno de los protagonistas de “La luz más recóndita”, le comenta al amigo con el que comparte el relato del extraño caso de la desaparición de la esposa de un tal Doctor Black: “aquí, en Londres, no tenemos buenos escritores especializados en esos temas [crimen y horror]. Por lo común nuestro reporteros aburren y suelen estropear sus historias mientras las cuenta. Sus nociones sobre el horror y aquello que lo produce son lamentables. Nada parec contentarlos como no sea la sangre, la vulgar sangre roja, y ciando la encuentran la meten por todas partes y consideran que eso constituye un reportaje muy elocuente. ¡Qué idea tan pobre! Por alguna curiosa fatalidad es a los asesinatos más vulgares y brutales a los que se otorga la mayor atención” (258). Esta suerte de declaración de intenciones narrativas de Dyson, de quien se dice que tiene una carrera literaria, aunque es un tanto incomprobable, coincide con lo que estos textos de Machen no son. En poco más de 250 páginas, la sangre escasea, el horror es tanto menos mundano que eso, tanto en sus orígenes como en sus efectos. Es un terror sobrio, poco sensacionalista, si se quiere. Esto es uno de los síntomas que hacen de Machen un autor de terror muy distinto a nuestros contemporáneos. No hay que dejar de tener presente que los relatos que componen La casa de las almas datan de entre 1892 a 1904. Sin ir más lejos en este punto, creo que yo mismo estuve entrampado bastante tiempo en la lectura, durante esa preparación del éxtasis que proponen las narraciones y que implica el detenerse, el mirar, mirar bien, de los personajes. Mirar y volver a mirar y presenciar la transmutación del mundo bajo una nueva luz, poco a poco. A pesar de esto, creo que entender la propuesta del autor en sus textos ayuda bastante. Quizá convenga leer el epílogo de Joshi antes de entrar a los relatos y no terminándolos, si es que no se es temoroso de los spoilers que contiene. Una vez se entiende este lento traspaso del umbral, la lectura también adqueire un nuevo sentido, para dejar de lado las imágenes del mundo rutinario y conocer “algo del terror que puede habitar en el lugar secreto de la vida” (“El gran dios Pan”, 242).

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