Cuando fui Stan Lee

Raúl Riquelme

Un poco en el delirio de la fiebre posvacuna, tomé nuevamente un libro que en su momento nunca terminé y me puse a hojearlo acostado en mi cama: Supergods, del guionista de cómics británico Grant Morrison. Lo abrí en el capítulo que cuenta los orígenes de los Cuatro Fantásticos y Spider-Man y me fui por un tubo en el que, a medida que él relataba su experiencia con los cómics de su infancia, yo trazaba paralelismos –guardando absolutamente las proporciones– con la mía. 

No recuerdo el primer cómic que leí. Tengo pequeñas nociones de cuáles fueron las primeras historias y los primeros héroes que me llenaron la cabeza, pero si me pidieran decir uno y solo uno, a lo mejor no diría nada o tal vez lo inventaría. Tampoco recuerdo en qué momento cambié las historietas de Mampato de Themo Lobos por Batman. Lo que sí recuerdo claramente es que hubo un momento de mi vida –alrededor de los seis años– en que era Mampato el héroe que se apilaba en mi velador, y por el que, mes a mes, rogaba a mis papás para que me compraran unas reediciones que La Tercera estaba publicando a comienzo de los años dos mil bajo el título de Las aventuras de Ogú, Mampato y Rena. Ahí leí grandes historias como “El mundo submarino” o “La rebelión de los mutantes” y nació mi gusto por la lectura, a la que fui arrastrado casi azarosamente por el dibujo, que era mi pasión entonces. La historieta se transformó en un eslabón crucial entre una cosa y otra. 

Dibujaba tanto que mi papá decía –no sé si a modo de broma o en serio, aunque para mí sí era bastante serio– que cuando grande yo iba a ser como Pepo, el célebre autor de Condorito. Lo decía efusivamente, cada vez que yo llegaba a mostrarles a él y a mi mamá un dibujo nuevo, como imitando a un presentador de televisión: “Aquí está con nosotros… ¡El dibujante Pepo!” y a mí me provocaba una gracia bastante limitada, porque yo no quería ser como Pepo ni dibujar algo parecido a Condorito. Que no me parecía mal, pero que sus historias duraran un par de viñetas y se terminaran de súbito con un “Plop!” sí lo encontraba muy aburrido. Nada personal, pero yo quería hacer algo como Mampato, que contaba historias grandes, historias donde un niño chico como yo era capaz de liberar a mutantes que trabajaban en un árbol y eran oprimidos por un tirano estúpido. Historias con muchas viñetas que mi memoria transforma en miles de páginas, aunque probablemente no fueran más de cuarenta. 

Recuerdo muy claramente cómo, un día antes de entrar a clases –a primero o segundo básico– dibujé e inventé al que sería mi primer superhéroe y al que quiero rendir homenaje aquí: Reyn. Reyn era un oso antropomórfico color café que vestía una polera amarilla con un rayo negro. Usaba jeans y zapatillas, nada muy fuera de lo común. Igual que Mampato. Su arma principal era un bastón negro del que salían los más variados rayos que casi siempre apuntaban a su rival a muerte: Royi. Este no era más que otro oso antropomórfico pero de color azul, con un parche en el ojo, una pata de palo y un garfio en lugar de una de sus manos. Nada salido del otro mundo. El bueno es lindo y el malo es feo. La historia de todas las historias. Seguramente inventé por ahí que Reyn y Royi eran familia y algo había pasado en medio que uno había terminado haciendo el mal y otro siendo un justiciero. Lo interesante es que esta fue una idea que desarrollé durante años, al menos dos o tres. Quizás, incluso, fueron más. Reyn luego crecía, se casaba y tenía hijos con su esposa humana. Porque en este universo el bestialismo no estaba en cuestión. Después, esos hijos también tenían hijos. Y toda la prole se enfrentaba a una gran variedad de villanos diabólicos cuyos nombres olvidé. Espíritus milenarios encerrados en vasijas, ninjas asesinos, seres interdimensionales, e incluso versiones robóticas de otros enemigos vencidos anteriormente. Probablemente inspirado por la versión mecha de Freezer de Dragon Ball Z, que veía en esa época a escondidas de mi madre.

Algunas de estas historias estaban dibujadas dentro de viñetas hechas con pésimo pulso, en cuadernos de croquis que mi mamá me compraba una vez al mes y que a la semana yo ya había llenado con todas estas ideas que venían a mi cabeza. Ya quisiera hoy llenar un cuaderno en una semana con cosas que me satisfagan. Las otras historias, las que no estaban dibujadas, vivían en mi cabeza, pero siempre había algo de ellas que llegaba al papel. Los personajes se morían, eran devorados por seres de otros mundos, y después, con ayuda de poderes mágicos o porque simplemente yo ya no quería que siguiera siendo así, volvían a la vida. Porque en el fondo da lo mismo que un personaje se muera y después reviva si hay mucho más que decir de él. Mucho más que inventar. 

Hace poco, en un libro que se llama “Dos soledades” y que transcribe un encuentro de Gabriel García Márquez con Mario Vargas Llosa en una universidad en Lima en los años 60, García Márquez dice que su gran modelo de inspiración es la novela de caballería, en la que los personajes pierden la cabeza, caen a un acantilado o son asesinados, y después vuelven a aparecer íntegros porque la historia así lo requiere. En los cómics, están las innumerables muertes de Batman o la ya clásica muerte a fierrazos de Robin en Una muerte en la familia a manos del Joker. Incluso Jesús en la Biblia. Dolorosas, pero no permanentes. La ficción aparece como un espacio para vencer a la muerte de la manera más cotidiana posible, arrasando con las leyes naturales ante las exigencias del relato. 

Así fui Stan Lee. Fui el mejor escritor de cómics de mi casa a los seis años y no lo sabía. Nunca lo supe hasta ahora, que me da miedo la página en blanco. Ahora escribo textos para teatro, guiones y una que otra tontería que se me ocurra, siempre escapando con terror del sinsentido, de lo anecdótico y de lo estúpido. Porque estudiar arte en la universidad te modela la cabeza con mucho Aristóteles y poco Mampato, con el respeto de los griegos. También fui dibujante de universos que colapsaron cuando el lápiz pasta con el que dibujaba se quedaba sin tinta. El mismo lápiz que me manchaba las manos y la cara. Y la boca. Porque algo que heredé de mi papá, además de las cejas gruesas y dormir con el brazo hecho un bollo es morder compulsivamente la parte de atrás de los lápices. Quiero pensar que es porque los dos pensamos mucho, aunque yo hable más y él no tanto como me gustaría. A mis seis años tuve mi propio imperio de cómics en esas cuatro paredes. Un imperio pequeño, de lápiz pasta y copias hechas a mano. Y fui muy exitoso. Antes de conocer siquiera a Batman o los Cuatro Fantásticos. Antes de saber quién era Stan Lee. 

Me aferro con tanta pasión a todo eso porque nunca más fui capaz de escribir un cómic de nuevo. Aunque ideas no faltan. Hace años vengo dándole vueltas a una historia llamada “Humanos a Marte”, como la canción de Chayanne, en la que un grupo de selectos seres humanos son enviados en la primera misión tripulada a Marte, pero en el camino se dan cuenta de que son en realidad el pago de una deuda que la clase dirigente de este planeta mantiene con feroces extraterrestres antropófagos y no pueden cambiar el rumbo de la nave. Lo que falta es ser cara de raja. Solo así volveré a ser el Stan Lee de mis cuatro paredes, esta vez en Santiago Centro, y no desde Los Andes. A lo mejor por eso da más miedo. La ciudad es más grande. Las calles más ruidosas. Los villanos más astutos. Y sin duda, ahora las vacunas me pegan más fuerte.


Raúl Riquelme Hernández (Los Andes, 1996) es dramaturgo, guionista y performer. Trabaja principalmente en teatro y se encuentra desarrollando dos series de su autoría. Le gusta la comedia, el melodrama y las novelas policiales.

Foto de autor: Raúl Riquelme.

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