Ya van a ver: poesía, política y cumbia

Nayareth Pino Luna

No es la forma, no es la forma, no es la forma, repitieron convencidos de que en este país solo cabían ellos, porque así era el orden. Ellos y ellas —no nos olvidemos de esas mujeres— rezaron, una y otra vez, las cuentas del rosario que colgaron sobre nuestra historia, esas cuentas que tan cosidas dejaron a la historia de Chile, un rosario que me permito llamar también: la constitución del 80. Cuentas que repasaron durante más de tres décadas, que tensionaron nuestros cuerpos, que anidaron la rabia que dio origen al estallido social de 2019. Y hoy ese rezo infinito peligra. Hoy ellos y ellas tienen miedo, porque hubo otras voces, otros versos disputando el espacio público, el lugar político.

No es la forma en ese 2019 parecía indicar que había un lenguaje posible y uno proscrito. Criticaron las piedras, el fuego, los cantos. No es mi intención perder el tiempo señalando que forma y fondo son indisolubles, para qué. Han pasado casi tres años y ya cada día es más patente que lo que criticaban era esa conjunción entre forma y fondo. Ese pedazo de verdad indiscutible. Hoy critican un libro azul que colma nuestras calles, lo impugnan aferrándose a lo que sea: una mentira o varias, la tala de árboles, el analfabetismo funcional —ese concepto clasista y prepotente que mira un pueblo alfabetizado y le espeta no entender palabra—.

Era la forma y el fondo, y ahora que lo sabemos quiero evocar un canto. Quiero referirme a una de las letras, formas, fondos, más complejas, la que más hizo temblar sus manos y tirantear los hilos de ese rosario. Quiero hablar de poesía, política y cumbia, quiero que me perdonen el atrevimiento, quiero que canten conmigo: ya van a ver, las balas que nos tiraron van a volver

Debo reconocer que cuando llegaba ese minuto en una marcha en que comenzaban a corearla, dudaba. Explorando el origen de este canto descubro que sus autores también dudaron. La letra de ese cántico político tiene su raíz en la cumbia testimonial argentina: la cumbia villera. Sus precursores la nominaban así, testimonial, y el mercado, las disqueras, consideraron que vendía más el “villera”. Esta cumbia es El hijo del botón de Pablo y Dany Lescano, de la agrupación Flor de piedra y dice más o menos así.

Pegarle a la gente pobre es tu profesión
Y así brindarle a los ricos la protección (…)
Ya van a ver
Las balas que nos tiraron van a volver

Como los Lescano resolvía cantar, ellos por la gente de su villa, yo por la senadora Fabiola Campillai, por el Neco, por Gustavo Gatica y tantas otras víctimas de la represión. La canción era también nuestro testimonio. Recuerdo el canto de Las tesis, recuerdo las palabras de Diamela Eltit y cómo los cantos permiten develar las zonas de crueldad. ¿Pero qué queremos decir cuando cantamos las balas que nos tiraron van a volver? ¿Qué piensan ellos y ellas? Recuerdo cuando una periodista en vez de escucharnos a las feministas entonar “alerta machista” prefería escuchar “alerta marxista”. Allá ellos y ellas con su ignorancia supina. No voy a ser yo quien les cuente la historia de la bala, como cantó Víctor Jara. Porque incluso Malcolm X, quien llamó a su pueblo a defenderse, hacía el punto: “que el mundo sepa lo ensangrentadas que tienen las manos. Que el mundo sepa la hipocresía que se practica aquí. Que sea la bala o el voto”.

Fue el voto. Al tiempo que entonábamos la cumbia villera, inscribíamos en las urnas nuestras preferencias para elegir a las mujeres y hombres que escribirían la alternativa a la constitución de Pinochet. Y aquí lo tenemos, después del caos, después de la campaña de desprestigio, después de resistir: nuestro libro azul. Porque no eran las piedras, el fuego o los cantos a lo que ellas y ellos temían, era a nuestra lengua, era a la posibilidad de unir nuestros impulsos en un código y articularnos. Son 388 artículos escritos paritariamente los que crepitan como una barricada en sus cabezas cada noche, cada día, cada tarde, frente a sus espejos mientras se lavan los dientes. Ya van a ver, las balas que nos tiraron van a volver. Enloquecen, mienten, deliran.  

Cuando estudiaba Letras, allá por el año 2011, con mis compañeras y compañeros elegimos como lema de nuestro centro de estudiantes los versos del poeta español Gabriel Celaya: “la poesía es un arma cargada de futuro”. Y en eso pienso al escuchar la cumbia villera. ¿Cuáles son esas balas que van a volver?, porque sí que van a volver. ¿Cuáles son? ¿Es la poesía? Algo como eso, porque hay tantas cosas que se le parecen: los cantos, las cumbias, las urnas, las constituciones escritas a puño y letra, los rosarios. Esta siempre ha sido una lucha de lenguajes, de textos, de palabras, bien lo sabe nuestro presidente Gabriel Boric, un hombre que ha hecho del diálogo, de la poesía su principal arma. 

¿Forma o fondo? Era la verdad su amenaza, esa que se les revelaba con las piedras, el fuego y los cantos. Nuestra lengua frente a su coro estridente. Una lengua que recién hace 3 años escribió sus primeros versos, una lengua que sigue de pie, porque mientras no haya justicia, porque pase lo que pase, aunque algún día nos silencien brevemente, seguiremos cantando, tal como escribió Nicolás Guillén: 

Nos perderemos a lo lejos… se borrará la oscura masa

de hombres, pero en el horizonte, todavía

como en un sueño, se nos oirá la entera voz vibrando: 

(…)

¡Y la canción alegre flotará

como una nube sobre la roja

lejanía!

Que nos escuchen, que nos lean, que les tiemblen sus manos también. Que quizá ha llegado ese momento que Isidora Aguirre y Manuel Rojas vislumbraron en el final de Población esperanza. Y antes de referirme a esa obra amarrada a lo que somos como pueblo, quiero contar un pedacito de un día que tuve, si me perdonan el atrevimiento.

A fines de este frío julio, a la salida del metro, me detuvo una mujer con un pequeño folleto en sus manos. Identifiqué la A mayúscula impresa, elegante, digna. Apruebo, le contesté. Ella mirando lo que llevaba en mis manos me respondió contenta: ¡y la va leyendo! No me quedó de otra que decirle que sí. Esa mujer con su tiempo libre y su esperanza pensó que llevaba ese otro libro azul que cargan tantas y tantos hoy en el metro: la propuesta de la nueva constitución. Pero lo que yo iba leyendo era un libro de poesía. Mi felicidad de Mary Ruefle. Me fui caminando a mi casa con esa hermosa confusión entre mis manos, pensando en este texto que tenía guardado hace un tiempo sin encontrarle un final, pensando en nuestra felicidad.

Y ahora vuelvo a Población esperanza. Quienes la han leído recordarán o no que hacia el tercer acto un personaje miserable muere, tres personajes divagan tristes sobre un final que también es el propio. No hay que perder nunca la esperanza, dice uno de ellos. Qué esperanza se preguntan, cuándo y cómo, si ahí tienen a uno que intentó salir de esta miseria y resultó muerto. Aguirre y Rojas toman el lápiz y responden, nos prometen, ese momento con el que elijo cerrar este ensayo. Ese momento en que llegan otras personas, ya no tan enfermas de miseria, y se permiten tomar algo de esperanza.

Quiero pensar que ese momento es este, un día frío de julio y de agosto, esa A mayúscula, nuestro voto. Ya van a ver. Ya van a ver. Ya van a ver.

01 de agosto, 2022

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