Mambo o «hacer habitar la ternura con el miedo»

Gabriela Alburquenque

En el lanzamiento de Mambo, de Alejandra Moffat, publicado el mes pasado por Editorial Montacerdos, la autora compartió una anécdota fundamental en la construcción de la novela: tras visitar un museo de juguetes en Ciudad de México, entendió que, como esos juguetes que encerraban infancias y también tiempos, debía «hacer habitar la ternura con el miedo», de lo contrario tendría frente a ella una novela gris y oscura. También entendió que ese museo no tenía la organización que comúnmente tienen los museos. Al contrario, su director hacía inventario con dibujos. Tenía, entonces, que hacer habitar la ternura con el miedo, sí, y quizás empezar a dibujar la novela.

Dirigido por Roberto Shimizu, el Museo del Juguete Antiguo de México (MUJAM) rescata y preserva juguetes de la cultura popular de fines del siglo XIX y parte del XX. A la fecha, cuenta con 40.000 piezas recolectadas en mercados de pulgas, ferias y más de 50 años de vida de Shimizu. La novela de Alejandra Moffat no tiene la escultura de un luchador con una lengua de juguetes cayéndole por la boca como ese museo –aunque podría–, pero sí que tiene el ruido de esa imagen: un poco de nostalgia, un poco de terror, un poco de otro tiempo, de las vidas, los relatos, las historias.

Narrada en primera persona, Mambo cuenta la historia de Ana, alias Anaconda, alias Marcela, quien va dibujando con sus ojos y boca parte de las huellas de su vida itinerante en los ochenta junto a su hermana, padre y madre en el sur de Chile. En esa escena, la clandestinidad, el miedo y la incertidumbre que exprimen las niñas del residuo de la experiencia dictatorial que sus padres y otres adultxs les cuentan a chorreo, en códigos y respetando el pacto de cuidado con una infancia que no puede –ni merece– ser expuesta al horror de manera directa; aparecen las imágenes, el intercambio de significados y sentidos por parte de una lógica infantil, pero también, de una lógica vital: 

«Mi papá se aburrió de que lo interrumpiera cada vez que se sentaba a pensar con su libreta y me dijo que desde ese día solo iba a dibujar a cambio de que yo hiciera algo para él. Un trueque. Para eso me daba una hoja que sacaba de su libreta. Yo sabía hacer barcos de papel o unas esculturas de pelotita que siempre terminaban volando por culpa de mi propia respiración. La noche en que dibujé a Vicente disfrazado de conejo para que mi mamá no lo fuera a descubrir, mi papá dibujó una ciudad dentro de la cabeza de Mónica que tenía muchos caminos, luces, ascensores, pistas de aterrizajes para helicópteros, un parque con montañas rusas y una fuente de sangre donde los piojos se alimentaban. También dibujó a Pinocho con su capa gris y lentes oscuros siendo aplastado por un camión de leche. Nos reímos mucho. El águila estaba muerto y en vez de manos y zapatos brillantes tenía patas de vaca. Julia dibujó al señor e pelo blanco que nos encontramos en el río y le quedó parecido a un espantapájaros. Mi mamá le pidió a mi papá que nos dibujara detalladamente a los militares y carabineros para que supiéramos identificarlos, y no los anduviéramos confundiendo con cualquier señor de pelo blanco que andaba en busca de su perro».

Así, seguimos como Anaconda hechos de una memoria que se hace y constituye a medida que las piezas entre lo dicho y lo no dicho en su vida encajan. Eso y su imaginación, la posibilidad del invento, pues la realidad que articula es una en la que un pájaro puede disfrazarse de conejo para no ser descubierto por alguien indeseado; en la que los cuentos que la protagonista se cuenta y le cuentan encajan con su realidad: la imaginación corre y no para, como una película fotográfica en pleno ejercicio de rebobinado. De esta forma, aparecen aspectos de esa mirada infantil con su ingenuidad y ternura en la que, por ejemplo, un plan maestro para salvarse de ser capturada por Pinochet, un águila con lentes y chaqueta, es hacerse pasar por una de sus crías porque solo ahí es posible imaginarle un ángulo de misericordia al dictador-depredador.

Hay, en estas páginas, un relato sobre las infancias que usan la observación y escucha como forma de conocer y enunciar el mundo. Mundo que ocurre entre el bosque, en una casa y un departamento, en tres tiempos distintos del crecimiento de las niñas, en los años ochenta de un paisaje atravesado por la dictadura y sus obligaciones para sobrevivirla. Para recorrer lo anterior, Alejandra Moffat arma una voz profundamente genuina, en cuya construcción no se advierte impostación para expresar el pensamiento de la niña. Al contrario, lo que vuelve refrescantes las páginas de Mambo es el trabajo con el lenguaje, los distintos ritmos que adopta la sintaxis bajo esa perspectiva de infancia, una que se transita hasta que se abre un tiempo y entramos, con la niña, a participar de esa mirada. Por eso, las descripciones pasan a ser centrales: muestran a la perfección cómo funciona esa lógica de conocimiento y enunciación del mundo tan atravesado por la ternura y el miedo, por lo que podría escribir una niña con las características de Ana:

«Vivíamos en el cuarto piso del edificio B. Las ventanas de nuestra pieza daban al estacionamiento de un supermercado. A dos cuadras estaba el paradero de las micros que iban al mar. En la noche dormía una familia apoyada en las cortinas metálicas, eran una pareja y cinco niños, el más chico había aprendido a caminar un par de semanas antes. En la madrugada, el guardia del supermercado los despertaba y los ayudaba a levantar las frazadas. Lo hacía con cuidado, amontonando las cosas al final del estacionamiento, después tomaban té y comían pan. Julia creía que eran familiares, que el guardia era el hermano de la mujer y que los niños, sus sobrinos. Había un señor que todas las tardes iba a comprar una botella de vino y dejaba amarrado a su perro blanco a un poste de la luz. El perro aullaba hasta que volvía. El señor lo retaba y le decía con voz fuerte que ya estaba bueno de lloriqueos, el perro blanco le movía la cola y lo intentaba lengüetear, pero el hombre nunca se dejaba. Yo quería cotarle la correa con una tijera y llevarlo de paseo a mi escuela. Con Julia comprábamos en el negocio de la vuelta porque nos fiaban cuando no nos alcanzaba la plata. Otros días íbamos al supermercado y guardábamos algo en nuestros bolsillos, un chocolate, un chicle de frutilla o unas galletas de limón».

Alejandra Moffat registra la ternura y el horror de una infancia a pesar de que ella se escribe hacia atrás, a pesar de que el archivo de la historia no son más que dibujos, ausencia de fotografías, enanos a los que les encanta leer y se roban páginas de libros, tortas de barro, cartas cifradas que se van por el wáter para que nadie más las lea, dulces, películas, una pistola escondida en un parlante, piojos, pájaros, conejos, perros, pumas, chanchitos de tierra, listas para escribir cartas, una tía desaparecida que no se llama como dice que se llama, padres y madres que no dejan de buscar. A pesar de que tiene el horror ahí mismo, haciendo peligrar la ternura en su novela. Mejor dicho, no “a pesar de”, sino que con todo eso y mucho más, pues así como la portada de León & Cociña invita –como solo podría hacerlo un museo de juguetes– a prestar atención al detalle, a la saturación, al cruce de las historias, de todas las historias, y a su conservación y cuidado, el libro invita a ser leído desde su primera página con la consciencia de que algo va a pasar: «Con Julia nos conocimos un sábado a la hora de almuerzo. Había pollo y papas con mayonesa sobre la mesa. Mi mamá gritó fuerte. Mi papá caminó rápido entre los árboles y detuvo un auto azul que bajaba por el cerro. El conductor era un hombre mayor que usaba lentes. Traía leña en la maletera y un gran perro negro de copiloto. Entre los dos, subieron a mi mamá que apenas podía caminar».

Y algo pasa: Nace Ana y conoce a Julia cuando ella tiene apenas 3 años y, desde ahí, comienza a escribirse la historia de estas niñas con el archivo como una actividad cotidiana, la fantasías y el pensamiento, su evaluación del presente, experiencia y juicio. Alejandra Moffat escribe una novela sobre la infancia en los ochentas que muchxs reconocerán por sus ruidos y silencios internos, pero también por el valor que le da su autora a la estética y visualidad en el texto. No debemos olvidar que atrás del libro hay un ojo con oficio cinematográfico, escaletas gráficas para pensar en la novela, o mejor dicho, un estilo que se manifiesta entre lo escrito y lo visual. Ana nace, abre los ojos de monito animado que Julia le dirá que tenía, ve, escucha y cuenta.   

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