Mal nacido sal de aquí

Juan Pugga

Cuando le reventé la cabeza al Chalo, los presentes enmudecieron al ver cómo sus huesos se hacían de seda y de alambre. Escucha doler. Tanta selva negra cayó sobre la plaza de Las lunas que la villa entera inundó la vereda en un coro de sangre. Escucha doler quejidos. Tronó el hambre. Tuve hambre al escuchar Las lunas convulsionar. 

Los pedazos de carne del muchachito al que no le entraban balas decoraron mis encías de municiones. Diente a diente le cobré el cuerpo entumido durante tantos años por el miedo. Rearmé mi masticada en la fuente del impacto. Escuché mi voz gemir nerviosa al fondo del caracol. Dándole sal a la babosa, percuté el martillo en su tambor hueco. Mis labios descascaraban su muda y cuajaban su gracia efervescente en sus ojos estrellados. Reincorporé su sonido soñado. Finalmente pude tomar el canto de la quijada desmembrada. Bailé la mandíbula para encajar su sabor en mi mordida. 

Al igual que la curvatura de mis labios, la cadena tiritaba al cargar en la madera de ese columpio que ya no existe, un colgajo peludo que se peinaba y despeinaba gracias a la brisa que reducía su vuelo resentido, balanceado y disparatado.

No sabría colocarle nombre al estado de su cuerpo por la bestia que blindaba su rostro. Temblé por mi vida si seguía con vida. Dudé. ¿Y si no le pegué lo suficientemente fuerte para tumbarlo? Pensé ¿y si solo fue un peñascazo más en el cráneo tan bruto de este Lázaro acostumbrado a los golpes? Tres veces salté ante los mínimos movimientos del peso muerto. Tres veces respiré alerta por si las moscas colocaban sus larvas. Solo una vez reí al ver el morado y amarillo tornasol empalidecerse.

No medí la distancia automática del reflejo. Lo admito: dudé sobre la extensión de mis huesos. Tanta sal tuve. Tanto desierto era. El espejismo soplaba su sombra infértil. Arcilla respiré maleza. Mordí arena movediza. Inhóspita y laguna carroñera. Chorreaba satisfactoriamente el tiempo desplomando la carne abierta. De la costa bebí el lodo en la lisura de mis uñas carcomidas. Lamí la noche y debajo del humedal erosionado de mis párpados celestiales, alcé la cuenca de mi garganta para soplar la luz. A patadas lo tapé con el ripio que flotaba cerca de la tierra.

Mis manos pronunciaban intemperie. Buscaban rajar el aire apretado. Anclaron la gravedad en la morada de mis puños desolados. En ese entonces, desconocía cómo florecía el vapor cristalino de la sangre. Fue la primera vez que habité la estocada congelada de su victoria en mis articulaciones. Al desprender la piedra de mi violencia, hallé lo que cargaba esa inocencia en el amanecido sudor de mi musculatura abundante. Dejé que el entorno dirigiera lo que mi boca secretó en su pecho desteñido. El índice limpió el exceso del labio superior y el pulgar sella al vacío el inferior.

***

Si pudiera saber exactamente cómo pasó, rescataría las grietas de cada detalle. Y lo repetiría una y otra y otra y otra vez definiendo lo poco y nada que gané y todo lo mucho que perdí. Quizá no ocurrió así, quizá no pasó y ni siquiera fuera ahí exactamente. Lo único que sé con seguridad es que todo lo hubiera transformado en un arma si se hubiese despertado y levantado de vuelo a responderme.

Malditamente, nunca mostraste una cuota de debilidad ante nadie, Chalo conchetumare gigante. Recuerdo una vez que te vi hacerte camino solo entre cuatro refrigeradores neonazis. Les cortaste las puertas antes de darles oportunidad de acercarse.                       

Yo creo que me tuviste amor por cómo me tratabas. Nunca fui competencia para ti, lo sé, pero siempre noté tu obsesión conmigo. Soporté varias veces tu mierda por las puras. Aguanté tu acidez solo por cariño. Lo sabes. Solo te diré que el columpio se cruzó en mis manos cuando te deshiciste de mí.

Admito, pensando ahora en cómo te reventé la mirada, que empaticé cómplice con la historia de tu abuso. “Crecí sin oportunidades en una casa de espinas”. Confieso que nunca creí lo que decías porque ni tú lo hacías. Pero nada, absolutamente nada justifica toda la pulpa de crueldad que desembocaste sobre esa pobre gatita. Nada explica tus patadas de fierro en sus ojitos tajados. 

Al empujarme, dejaste caer la ceguera de mi estorbo. Perdí densidad al igual que la cabecita de la gatita. Aun me quiebra su diminuto maullido, amortiguado por su propia carne bajo tu bototo. Militarmente, como punta de fierro y carne de cañón, desencadené la venganza. Empuñé la discordia en la manzana podrida del árbol. No cerraste el volcán inyectado de tus pupilas cuando plasmé la herida. Algo me dice que la estabas esperando de mi parte.

***

Los vecinos se acercaron cuando el silencio recuperó bulla y pudieron tomar su parte. Un cuarto de hora después distraje la mirada reclamada por el tamaño de la sangre. Logré incorporarme justo cuando los tuve encima. “Mal nacido, sal de aquí”, era el ceño balbuceado falsamente. Ahora se acercan, cuando no se puede retroceder el tiempo ebullido. No hicieron nada en su momento para detenerme en el acto. 

Por lo menos les di de qué hablar. Los porqués se tensaron sin que nada cambiará. Liquidaron con intereses la secuencia del tiempo, aprendida de memoria y con disciplina de sus comedias televisivas. Nada se restaura en sus escenarios donde soy villano. Nadie salvó el corazoncito de la gatita, ahora transformado en barro, mierda y chocolate. Los testigos testificaron en mi contra heroicos, agarraron mi cuello sin que opusiera resistencia. Era mata arrancada sin inteligencia ante el jadeo de mi lengua. Era caída sin altura en ese momento.

Viví un futuro que pasaba lentamente frente a mí. Era una película que latía una contracción al expulsarme. Mi pasado era una huincha pegoteada de cuadros inmóviles donde mi presente era negativo.

Quitándome las llaves de encima, escurrí la neblina ubicando la pilsen que conversábamos. Aun no entiendo por qué lo hiciste. Tampoco entiendo por qué lo hice. Recogí la botella repartiendo su espuma por el aire. Al instante hice salud con la cuneta que nos multiplicaba. Al subir la antorcha por la boca, alcancé a ver en el espacio abierto del cielo el tierno gollete eclipsando la Luna. Empuñé la felicidad que un día tuvimos. Introducirla en tu mandíbula dormida fue la sensación que erizó el sitio donde te remate con mi anillo de vidrio. Lamí mis dedos en tu colmillo seco. Lentamente como un cactus, fundí en el aguacero animal mi sueño húmedo de caza. 

Las sirenas aparecieron justo cuando ya no tenía nada más que cortar.

***

Dentro de mis antecedentes no se diagnóstica ningún desorden mental ni procesos traumáticos de adolescencia. Nada salvo un pequeño brote psicótico de alevosía causado por el trance meditativo de esas puñaladas. Ensañar mi amor siempre fue un sueño planificado. Ensayar mi odio nunca fue una experiencia inmediata. Nunca pensé que sería en nuestra plaza de siempre donde acabaría. Imaginé la botella reventada, pero no el columpio ni su cadena. Eso es nuevo. Me decía cómo armar los pedazos de arena con tu carne. Escuchaba, lanza su coágulo a un roquerío antiguo sin mar. Quizás inconscientemente, la gravilla siempre fue tu borrador. Quizás aluciné la gatita.

En el parte policial contaron treinta apuñaladas con el gollete de una botella de vino quebrada. Hechas post mortem tras un fatal impacto craneal, un golpe contundente con la cadena de un columpio público. Treinta, como tu edad. Cumpliste treintaiún pepas el lunes anterior a aquel viernes insomne. La pérdida de masa encefálica lo desangró en segundos. Los vecinos contaron que todo paso muy rápido.

Mis antecedentes familiares no señalaban nada fuera de lo normal. Mi conducta escolar tendía a mostrar la tranquilidad como una marca registrada. Ignorantes de mi agresividad, nadie pudo explicar mi comportamiento. Con cariño tildaron mi actuar como una locura por estrés, que nunca maté ni una mosca. Por cautela no me han recetado antipsicóticos ni ansiolíticos. Pero si me permitiesen confesar, ya conseguí un trencito.

Si bien tuve que continuar con el resto de mi vida dentro de estas cuatro paredes, tu cabecita, Chalo, tu cráneo rebota a diario nombrándote en el conteo de los treinta y dos barrotes de la reja. Las lumas de los guardias generan el mismo pulso que balanceaba el columpio. Generan la misma sensación de persecución que tú me dabas y que tanto deseaba.

Las peludas orejas rectas y tu enorme frente. Tus rajados ojos verdes y sus pómulos pronunciados tras sus bigotes, los tengo dibujados con un alambre que me prestaron mis compañeros de celda. A ellos les encanta ver la esfinge infantil sobre mi pelada. “Al fin el Chalo pisó tu gatita suelta”. Me hacen reír. Admiran que haya usado creativamente la piel para recuperar lo arrancado de ella. Completo el cuello y las costillas de la gatita que quebraste, con tus propios gestos. Dejo que vivan ambos en mi cadena perpetua como patadas libres en las dos horas y media cedidas para morir en el patio central.

Por lo que me han contado, pocos extrañan el nacimiento de tu cerebro sobre la arena de la plaza. Extrañan el columpio donde creció el barrio. Nadie te extraña, salvo yo y tu mamita, que se culpó de serlo en un momento. Eso me dijo la última vez que vino a visitarme, hace ya harto tiempo, varios años atrás. Y te estoy hablando cuando vino especialmente a contarme que desarmaron la animita del suceso. Colocaron un cristo de yeso. Me gustaría ser una velita de cera, y derretirme según la velocidad de los autos que escupen el viento sobre la plaza. 


Juan Pugga (1994) es un habitante de Puente Alto. Se inició en la escritura en la enseñanza media, donde halla en el ejercicio del pensamiento poético un vínculo experimental con su diario vivir. Desde entonces ha buscado desarrollar una técnica de expresión resistente a su pérdida de inocencia, una forma que escriba su borrador. Desde el 2019, ha podido publicar sus escritos en distintos medios digitales colaborativos de Chile, Argentina y México. Algunos de sus cuentos y poemas han sido antologados en convocatorias de fanzines autogestionados. Mecha (2020) es su primera autopublicación de un conjunto de poemas sobre los suicidas del metro y la revuelta social. Actualmente en su situación de estudiante, es tesista de Lic. En Lengua y literatura en la UAH, investigando la autonarración del espacio en las dos primeras novelas de Guadalupe Santa Cruz. En sus tiempos libres práctica el tráfico de libros raros o descontinuados, y también la fotografía monocromática en el celular de turno.

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