Biconchuda, o la (im)posibilidad de amar en el siglo XXI.

Alcides Castro Lizárraga

Empecé a leer Biconchuda y la experiencia fue como si me llegara una flecha, ingresó rápidamente en mí con una fuerza para la que no estaba preparado ni advertido. Narrada en primera persona con un estilo directo y sin concesiones el debut en la novela de Julieta Mateos está dividido por capítulos numerados que no siguen siempre una temporalidad lineal. Así, el ritmo vertiginoso al que nos somete empieza con la recuperación de un mensaje que Leda (a falta de una palabra mejor, la pareja de la narradora) le deja a esta después de su primer encuentro en un concierto: “«Hola, soy Leda, la chica del recital de Natas. Creo que nunca te dije mi nombre. ¿Cómo estás? Yo con muchas ganas de verte.”. La disposición de los acontecimientos es tan veloz que en la siguiente pagina (y capítulo) ya tenemos la primera descripción de esta relación en su carácter tormentoso; la violencia asoma de inmediato, Leda explota y destruye platos en el departamento de quien narra, y, también, se lleva los pequeños tesoros que se van generando en las relaciones amorosas: “Se había llevado todo, quizás para quemarlo en el patio de su casa. No había dejado nada, ni el cuaderno en el que pegábamos los recuerdos: las entradas al teatro, los boletos de micro, los paquetes de golosinas, ni el cuadro de Miró, ni los almohadones azules que habíamos cosido en invierno.” En un primer nivel la novela trata de esto, una relación complicada (y por momentos violenta) entre dos mujeres, la cual se nos presenta desde un punto de vista único, con una narradora protagonista que juzga a Leda y a sí misma en todo momento. 

Una de las características del vínculo que sostienen Leda y la narradora es la ambigüedad. A través de una forma de narrar directa e íntima vemos esta relación desde dentro, pero sin entender del todo los límites y concesos de esta, límites que, por otra parte, tampoco parece que ellas tengan muy claros. Leda tiene sexo -coge- con otras personas, ocasionalmente la narradora también. A esta última le molesta que Leda mantenga relaciones sexuales con hombres: “El forro usado por el idiota de turno se le quedaba adentro una vez por mes y yo elegía borrar de mi memoria esos episodios apenas ocurrían. Su concha abducía condones y emociones, mis emociones, mi autoestima y mis ganas de salir a correr, que reaparecían luego de cada orgasmo…”. La bisexualidad parece ser un problema, pero, en realidad, el problema es la indeterminación, la falta de claridad y compromiso. Así, mientras pasamos las páginas el vínculo que sostienen se debilita, se refuerza, muta. La narradora parece atrapada y maravillada -como suele suceder en relaciones de este tipo- por Leda a partes iguales: “¿Cuál era el límite entre la aceptación y la resignación? Estar cerca de Leda me lavaba la cabeza, me impedía pensar en cualquier cosa de manera coherente.” La ambigüedad y la incomunicación son la norma, Leda en ningún momento parece comprometerse (o incluso querer comprometerse) con la relación a un nivel, digamos, profundo. “Leda no me contestó, nunca se enganchaba con mis delirios seudofilosóficos. Me dejaba monologar unos minutos y respondía con un sí o un ajá cada tanto. Su silencio me cortaba las venas.”, y un poco después la narradora contrataca: “Se quejó de un par de cosas intangibles y quiso que el mate y el termo vinieran flotando hasta nuestra cama. La dejé monologar unos minutos y le respondí con un sí o un ajá un par de veces.” Por momentos parece que se quieren, por momentos parece que se odian, o que, peor aún, no se soportan y no tienen nada que las una. Existen en planos diferentes, no compatibles que apenas pueden escucharse: 

“…Leda, con vos soy, con vos sí, siempre… nos pasa y quiero que juntas tomemos ácidos y meditemos y escribas esas incoherencias que nos hacen sentir vivas.

-Daleee, poné la pava.

-Nunca volvimos a ir a un recital. Vayamos a uno salgamos. Pienso en voz, mucho.

-Ya se te va a pasar.

-No sé… lo dudo. -Le devolví el vaso semivacío, me miró con cara de culo y decidió poner la pava ella misma-. No, no lo dudo, sé con certeza que se me va a pasar, pero ¿mientras tanto…? Vos me sacás la comida del horno antes de que se queme, Leda.

(…)

-Mientras tanto, disfrutamos, china. -Siempre me decía china cuando nos emborrachábamos-. Mientras tanto viví un poco, dejá que la vida te coja. Saltá, drogate y a mí déjame un poco en paz.”

Generalizando y simplificando las cosas, la novela funciona como una radiografía de las relaciones sentimentales/amorosas/sexuales en nuestro tiempo. La inmediatez, la desechabilidad de los vínculos; las sujetas (y los y les, obviamente) que viven en el limbo del miedo a estar solas y el miedo a estar muy juntas. En esta línea peligrosa como cuerda floja se mueven Leda y la narradora quiénes, aunque por momentos parecen saber que su relación no da para más, se fuerzan a estar juntas, o, hacen como que nada pasara, bajándole el perfil a situaciones que claramente debieran ser tratadas con más importancia: “El domingo siguiente a la fatídica noche del ataquecito, Leda me llamó. Habíamos decidido llamarlo así, ataquecito, en un acto superconsciente de minimizar sus efectos sobre nuestra relación. El eufemismo se nos cagaba de la risa en la cara.”

Pero Biconchuda no es solamente una historia de una relación amorosa entre dos mujeres. Al revés de este vínculo sentimental, quizás en un segundo plano (que sin embargo inunda con frecuencia la superficie de la novela) la escritura ágil de Julieta Mateos muta —como las protagonistas en una conchuda doble— en una descripción de la vida bajo los sistemas dominantes (véase, capitalismo, patriarcado). Las descripciones de la vida cotidiana (en relación y no en relación con Leda) dejan ver una idea de mundo que pone en cuestión a estos dominios: por ejemplo, concretizado en el mundo del trabajo, “Odiaba y amaba mi trabajo, era el contraste irreproducible y acostumbrado que me producían las cosas tibias, comunes. La normalidad me repelía, aunque aún no estaba tan decidida a abandonarla, porque me generaba un colchón que me apaciguaba ciertas caídas.”. O, en relación al patriarcado y la heteronorma el momento en que la narradora va a la ginecóloga y se enfrenta con preguntas que no tienen sentido para ella siendo lesbiana: “Pequeños gestos dubitativos corrompieron su interrogatorio heteronormativo. Enmudeció por breves segundos en los que casi, casi se materializó la trabajadora social con folletos explicativos del uso de condones, desesperada y feliz al poder hacer su trabajo.”

De esta manera Mateos deja sus teclas en críticas directas hacia estas estructuras dominantes, siempre a través de sus concretizaciones en las vivencias cotidianas. Pero esto no quiere decir que estemos ante una novela militante que no se dé el espacio a cuestionarse. A la crítica del capitalismo y el patriarcado en sus formas que afectan el diario de las sujetas, se le suma una actitud que cuestiona las ideas “emancipatorias”; la fragilidad de las ideologías en nuestro contexto posmoderno, la banalidad de las prácticas de “política individual» (el vegetarianismo de Leda que le dura hasta que ve una hamburguesería, la anarcojipi que no cree en la política colectiva que quiere hacer la revolución prendiendo palo santo). Esta superficialidad también se muestra en la dimensión espiritual: “… yo también combinaba meditación y porro, y como todo occidental un poco enyoguizado, me imaginaba alcanzando la iluminación el algún monasterio budista del Himalaya, muy cerca del dalái lama, en la India tibetana.”. Así, la novela se vuelve un retrato mordaz de la época en la que vivimos, donde la norma es la falta de sentido y profundidad.

La novela funciona en cierto modo por la adición de estos dos niveles que mencioné. La relación tormentosa entre ambas mujeres muestra cómo las lógicas de consumo se internan en nuestras relaciones interpersonales. Con un tono que por momentos llega al cinismo Mateos da cuenta de la dificultad de establecer vínculos significativos en una época en la que domina la inmediatez y lo desechable. El capitalismo y el patriarcado no son presentados en ningún momento en abstracto, si no que se muestran y critican en sus concretizaciones que se inscriben en los cuerpos y mentes de las individuas, como los hombres que les gritan en la calle, la reticencia de Leda de mostrar amor en público, etcétera.

Para ir cerrando, es importante destacar que a pesar de lo directa y crítica que pueda ser (o sentirse) la novela Mateos no olvida en ningún momento el carácter estético de la literatura. Biconchuda es una novela breve, brevísima incluso, donde las palabras están inscritas en el texto con precisión y belleza, no me refiero con esto a una búsqueda de la palabra bella o deslumbrante de por sí, si no a la selección de la palabra justa en el momento justo. Así, por ejemplo, queda reflejado en los diálogos, donde se releva la aspereza del lenguaje cotidiano, el habla de la calle, el lunfardo. Las expresiones, digamos, coloquiales, no se sienten impostadas (como suele suceder), por el contrario, permiten una construcción de personajes que parecen ser personas de carne y hueso sosteniendo una conversación. Hay aquí también y se nota, una preocupación por dar cuenta de una época, con la inclusión de elementos provenientes de la cultura popular y un habla y referentes bien anclados a nuestro tiempo. Abundan las alusiones a la música y a las drogas, a la experiencia de habitar el siglo XXI. Como pasa con algunas buenas obras, Biconchuda termina por reflejar el momento histórico-social en el que fue producida, y eso, en estos momentos, no deja de ser difícil y un gran valor en sí mismo.

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