Contrapunto ejemplar con una genia:
Contra el cliché de Julieta Marchant

Enrique Winter

Como un dardo lanzado a la esquina, que atina en el centro debido al movimiento del tablero de la historia, justo en los días en que la hemos empujado a garantizar la igualdad sustantiva entre nosotros, Julieta Marchant cuestiona con ironía y sutileza el lugar común del privilegio del artista: el genio. Mientras más superada creemos la línea directa que solo los elegidos tendrían con la divinidad, más parece elevarse el cerco que los separaría del perraje y por ello las elucubraciones de la autora, apoyada en los últimos cuatro siglos del pensamiento occidental, encienden la antorcha dentro de una cueva que habitamos a diario sin barrerla o, al menos, sin que la barran los genios. 

Marchant recorre lo indecible como si se tratara de una cordillera, por cada metro que sube camina varios más de forma horizontal y cuando vuelve, vemos debajo lo que ha ido achicándose. Instala una idea y la retoma otro fraseo, seduciéndonos con las vistas del valle o debajo del agua. Aquello que no nos podemos explicar sin un esfuerzo físico de buzo o montañista, el “qué se yo”, la chaucha para el peso del poema que amamos, autorizaría la pereza del pensamiento. Puesto que no sabemos ni queremos explicar lo que detona el poema, no lo hacemos y si podemos escudarnos en la genialidad, tanto mejor, ¡salud! Ojalá nos despierten a la mañana siguiente, con o sin resaca, los sentidos que son más de cinco y entremos por la ventana, el techo o la puerta trasera a esa “casa de la cabeza” que dejamos con llave de tanto evitar decirla. La casa también se cierra cuando es dicha siempre de la misma forma, esto es, con un cliché. Al cliché se opone lo nuevo, lo singular, que Marchant desarrolla por capas, deteniéndose en el sonido o la etimología de palabras que, como el concepto mismo de genio, parecían inofensivas y son sumamente relevantes para la reflexión estética o política.

Detalle de portada Contra el cliché, Mundana ediciones, 2022.

De la manera en que Julieta elige a sus amistades y les saca brillo por vía de hacerlas interactuar, selecciona aquí sus referentes, desde Kant y Hegel a la teoría literaria latinoamericana que ejecutan las propias poetas. El relato del mundo que nos ofrece es ameno y confesional, con señales de ruta en los márgenes que, sin embargo, eluden la función que uno esperaría de los subtítulos: no circunscriben el contenido, sino que lo desplazan. Una de las pelotas que Marchant tira al aire lleva negritas y cursivas mientras agrega otras y sigue haciendo malabares con las pelotas previas. 

Mis eventuales divergencias respecto de Contra el cliché son casi anecdóticas, retiros programados de un fondo de jubilaciones compartidas. Ella cumple magníficamente con desacralizar la figura del genio que no por casualidad “prevalece en clases altas y entre varones”, pero me pregunto por qué este ejercicio habría de seguir resguardando al poema, como si viviera en sus barrios, tras filas de policías. El poema sería único e indivisible como el territorio chileno, aunque a diferencia de este, no podríamos estudiar sus elementos aislados sin alterarlo en lo esencial. “Ningún discurso puede reproducir el poema”, sostiene, con el riesgo de que nos perdamos un proceso crítico de otro cuño, así fuera el que ella misma ahonda en sus admirables talleres con más espacio del que otorga un ensayo como este. A mi juicio, la desobediencia del poema no impide trasladarlo hacia lo universal, pero la tensión que Marchant desarrolla entre la singularidad textual y la abstracteza de la poesía es arriesgada en el mejor de los sentidos, porque se opone a críticas lúcidas que, por repetidas, dejan de cuestionarse. La autora tiene el mérito de atacar el cliché y, además, se cuida de no emplear los de su propia resistencia. 

Dos de los ejes temáticos del motor que no se detiene en estas cien páginas son la técnica y la imaginación. Marchant es performativa con ambas, y el desarrollo cartesiano de los argumentos de la primera mitad avanza hacia “la polea loca en sí misma”, si me autorizan a Neruda hoy, de las anécdotas y suspensos de la segunda. Empieza con café y sigue con cerveza; desde el género masculino al referirse a los poetas va articulando el femenino para cuando “somos ciegas ante lo que escribimos”. Ciegas como deberían ser los poemas, según Montalbetti, allí donde solo se puede decir. Si se ve, mejor pintar, tomar una foto o montar una película. Con todo, sí vemos el codo de la amada de Oppen que Marchant toma de muestra y es porque lo imaginamos. Cuando ella dobla por esa calle, la convierte en pista de despegue y deja ya de planear: vuela. Restituye la emoción poética, como quería Valery, bien explicada en las páginas anteriores. Pensé entonces en lo que me dejó Arte y poesía de Heiddeger, que el poema descubriría lo oculto en la cosa. El ejemplo del alemán, a propósito del francés, es una pintura de Van Gogh que abarcaría la esencia de un zapato mejor que el propio zapato. Podría ahondar esta tensión a la manera de Marchant, ¿el poema revela o lo que restituye es justamente el velo, la posibilidad de no ver cuando todo parece imponerse en su evidencia?

“La técnica no va a contramano de la emoción, sino que la técnica es la manera en que conducimos y regulamos esa intensidad” sentencia la autora desde su experiencia docente. Cuando algunos celebran lo espontáneo, asumen que allí no habría forma, y siempre la hay, sea ocultándola como los realistas o resaltándola. Conmueve su defensa de una técnica que “ingresa o se incorpora hasta ser olvidada”, pues desde el aprendizaje formal se improvisa en cualquier arte: las miles de jornadas que pedían los maestros orientales para cada disciplina, las horas de vuelo de los pilotos. Leemos esto después de que nos instala la técnica en “la memoria del cuerpo”. Recordar para olvidar mientras escribimos, parece recomendarnos y obedeciéndole, desobedezco: ¿diría Marchant de las demás artes que tampoco pueden ejemplificarse? ¿Que, como el poema, responden a algo ajeno de los recursos aprendidos? Es valiente a este respecto su decisión por descartar la idea de lo sublime como un producto de la técnica. Tenía a la mano esta tradición filosófica y asistimos a su defensa en el resto del libro. ¿No se fabrica acaso lo sublime? Marchant lo pone del lado de quien lee, se lo cede a la disposición del ánimo porque, con justicia, quiere repartir los esfuerzos y gozos del intercambio literario, pero a mí me preocupa que el genio que ella mató tan bien con este libro sobreviva allí “como la cigarra” o como un zombi. Propongo devolverle lo sublime a quien lo construye, la tierra para el que la trabaja, y compartirle a quien lee lo que ella puso del lado de la escritura: el impulso vital, lo que permite emocionarse, sin referencias previas, con la imagen de dos versos que le tomó un año a Pound y que Julieta cuenta con tanta gracia que inevitablemente vuelvo a su nombre de pila. Ya le opiné que se puede enseñar a desear, creo que incluso en eso consiste la enseñanza, los humanos aprendemos por imitación, copiando nos damos cuenta de si deseamos por nosotros mismos lo que acabamos de hacer y eso diferencia nuestra evolución de la de los demás animales. No me hizo caso y no insisto, porque de seguro sus argumentos son mejores y empiezan con la sincera humildad de que no tendríamos, personalmente, la capacidad para esa transmisión. 

Terminemos entonces con el principio de novedad que Marchant le concede al genio en Kant, quien “posee el don o talento de decir una palabra nueva”. Los enlaces de ella la dijeron aquí, con un libro que, desde la incomodidad, quizás con rabia y lirismo, rehabilita “la casa de la cabeza” y luego la amplia para que quepamos en la fiesta indispensable a la que nos ha invitado.

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