Sobre cómo mantener cosas vivas: comentario a Captar animales de Ted Hughes 

Analaura Núñez

Hace poco leí, junto a las estudiantes de un taller, un ensayo de Ted Hughes. Era sobre animales y poesía. En él, contaba que cuando era joven, muy joven, tres años apenas, atrapaba peces, ratones, que junto a su hermano le disparaban a los búhos y comadrejas y que con su pequeño cuerpo infantil, se metía en recovecos del bosque para recoger los cadáveres. Me quedé pensando, tras terminar la lectura, en qué es lo que cazo yo, para qué se buscan ciertas cosas, cuál es el afán de atajar algo que siempre intenta huir. Hughes plantea que lo que él cazaba eran los animales, hasta que a los quince años, en un arranque de conciencia de su propia crueldad, dejó de hacerlo y empezó a escribir poesía. Lo que era cazado ya no era el animal sino que el poema. Vuelvo en mi pregunta, qué es lo que se busca atrapar y para qué. Quizá, y este es un pensamiento simplista, es el deseo, la sensación ínfima en las manos de que algo tiene sentido. Pienso también en el deseo de orden, pero al mismo tiempo en el miedo de perderse algo importante, de no ser capaz de agarrarlo todo o no lo suficiente o no en el tiempo correcto. La dificultad de no prestar atención a señales que después de un rato parecen tan claras, hacer una seguidilla de los pasos en falso que se dieron, qué se podría haber evitado o hecho para dar en el blanco. Aparece la vergüenza de la torpeza, lo ineludible de los errores. 

Hughes también hablaba de cómo es importante en la poesía mantener a esos animales que son los poemas, vivos. Algunas estrategias para hacerlo son las palabras, la conciencia de sus dimensiones, sus sentidos. Me pregunto, ahora, qué es lo que busco mantener vivo yo y cómo es que esto se logra. A diferencia de Hughes que parece tener tanta claridad en las palabras, en mi caso presentan opacidad. Él menciona y describe las palabras a través de la transmisión de sentidos: la palabra chasquido representa un sonido, el alquitrán un aroma, el azúcar un sabor. Más adelante, y de manera aguda, da cuenta de algo más. Incluso estas palabras que efectivamente sugieren una dimensión específica, pueden transmitir o contener otras. El chasquido no es solo sonido sino que también sugiere una sensación afilada en la lengua, el alquitrán la pegajosidad de su tacto, el azúcar la posibilidad de caramelo. Otros aromas, otros gustos. 

En mi caso las palabras distan mucho de esta luminosidad, de esa medialidad tan útil de la expresión. No creo que Hughes solo pretenda comunicarse, que la palabra esté al servicio de la utilidad o lo práctico. Mal que mal, estamos hablando de poesía que, en estricto rigor, no tiene funcionalidad alguna. Pienso, al revés de qué es lo que se dice, qué es lo que no. En la decisión de guardar silencio, de observar, demorar los impulsos. Hughes menciona también la idea de control, el poeta debiese funcionar a través del control del desborde, de mantenerse calmo ante la búsqueda, sagaz antes del disparo fulminante que será el poema. Pero luego se pregunta: “Se dirá que esto es inútil, desesperanzador ¿Cómo controlar todo eso? ¿Cuándo se vierten las palabras, cómo se puede estar seguro de que alguna de las acepciones de la palabra “plumas” no se pegoteará con alguna de las acepciones de la palabra “miel” un poco más allá?” Continúa la aparición de la palabra como catalizadora y guía, con posibles trampas, como vías de encuentro con algo que parece estar perdido. Lo más importante, quizá, para enfrentar estas dificultades, dice Hughes, es que no hay que tener miedo, sino confiar en que algo saldrá bien, en estar abierto de todas las formas, de buscar, de soltarse. 

En una última anécdota, el autor menciona que pasa un año sin escribir, parecía no haber nada más que atrapar y es en ese instante que aparece un primer poema de animales. El pensamiento-zorro es un poema sutil, de suave vigor, que presenta un primer encuentro con algo difuso, la nariz de un zorro tocando una hoja cargada de nieve. El zorro no pareciera estar entero, sino que fragmentado. Podemos ver sus patas pero solo a través de las huellas, atisbamos sus movimientos porque las ramas se mueven tras él, se aprecia su sombra pero no su cuerpo completo. Algo ha cambiado en el mundo y sin embargo, nada lo ha hecho. El zorro vive pero en su esencia es esquivo. Quizá esta es una buena tónica para responder la pregunta inicial, lo que se busca y lo que posiblemente se encuentra, no es absoluto sino parcial. Pienso también que incluso ante el miedo de hablar, de escribir, de dejar entrar a un zorro o una liebre o un conjunto de escarabajos a los agujeros oscuros que son nuestras cabezas, aparecen luces, espacios ínfimos de encuentro y que algo se levanta. Concuerdo con Hughes en que es importante mantener cosas vivas, no sucumbir ante la cacería infame, continuar observando, para que desde el silencio haya algo nuevo que atrapar para, eventualmente, dejarlo libre.


Analaura Núñez. Profesora de lenguaje (2018) y licenciada en literatura (2017) de la UDP, actualmente está cursando un magíster en literatura en la Universidad Católica. Se encuentra escribiendo su primer libro: Animales de sangre fría, el cual será financiado por el ministerio de cultura versión 2022 y forma parte del colectivo Frank Ocean creado en 2018.

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