Iba la micro rural a bandazos: Alfonso Alcalde y sus compadres

Diego Armijo

Es diciembre de 1970. La Unidad Popular encabezada por Salvador Allende ha logrado ganar las elecciones presidenciales hace tres meses. El pueblo en las calles ha celebrado con una sonrisa de oreja a oreja. La reacción ya empieza a recibir financiamiento. En la revista Paula, un espacio más liviano, es entrevistado Alfonso Alcalde, “uno de los mejores escritores chilenos”, como titula la periodista Amanda Puz. Ella nos dice que Alcalde se le apareció gracias a Eugenio Lira Massi, otro escritor de temperamento, quien en un artículo comentaba el libro Alegría provisoria (1968). Su primera reacción frente al camión de flores que Lira Massi le tiraba al camino trazado por Alcalde, es justificarlas por la amistad entre ambos. Pero le entra la curiosidad y decide conseguir el libro mencionado. Lo lee, le encanta y busca al autor para conversar con él. Al reunirse con Alcalde este le aparece “bien trajeado, encorbatado y con su correspondiente legajo de papeles bajo el brazo”, escribe Puz. Conversando, el escritor le comenta que en el oficio de escribir le va pésimo, pues sus libros luego de ser publicados caen en el “más completo vacío”. 

Pero algo estaba por cambiar, no solo en el país, sino que también con su carrera literaria. Algo le adelantaba Alcalde a Virginia Vidal, cuando ella en 1971 para el diario El Siglo lo entrevistara:

—La literatura no es un fenómeno separado del contexto social. Ninguna revolución se hace con pura literatura. Pero tampoco la literatura se puede marginar de los cambios fundamentales —respondió Alcalde en esa ocasión. 

Desde 1971 Alcalde publica una serie de libros que logran tener cierto alcance y una montaña de ejemplares editados. La línea inicia con los perfiles de Gente de carne y hueso (Universitaria, 1971), que contó con 20.000 ejemplares; al que le siguieron Comidas y bebidas de Chile (Quimantú, 1972) y Reportaje al carbón (Quimantú, 1973), ambos con 50.000 ejemplares. 

Casos especiales son el libro Vivir o morir (Quimantú, 1973), una crónica reportaje sobre el caso de los uruguayos que cayeron en la cordillera de los Andes. Con la atención permanente que Alcalde le ponía a la realidad, supo entrarle al tema y lograr que su libro tuviera la ancha suma de 295.000 ejemplares circulando. 

En ese mismo ritmo —¡la realidad, la realidad!—, escribe Marilyn Monroe que estás en los cielos (EUV, 1972), pues si Pier Paolo Pasolini y Ernesto Cardenal lo hicieron, cómo no Alfonso Alcalde. En él mezcla textos con fotografías como un particular homenaje a la actriz. El libro logra un tiraje de 25.000 ejemplares, acabándose dos ediciones en una semana, según lo que comenta Oscar Luis Molina, editor de esta aventura. 

Pregunta: ¿Cómo trabajaron ese libro?

Respuesta: Lo hicimos con el pelao Brown. Un periodista de una revista se robó todas las fotos, no pagamos ni un derecho. Íbamos recibiendo material, Alfonso iba escribiendo los textos —él tenía la idea de lo que quería decir en general con el libro— y con el pelao Browne ahí en el suelo de mi casa: ¡Esta foto hay que poner! Así se armó el libro.

Es en junio de 1973 cuando aparece un pequeño libro de bolsillo con un tiraje de 50.000 ejemplares, cuya portada muestra a dos maestros chasquilla pintando pescados. Su título es Las aventuras de El Salustio y El Trúbico (Quimantú). Dos años antes, en la revista Ahora, Carlos Olivárez —otro escritor poco conocido, lean Concentración de bicicletas—, escribía sobre el cuento “Los socios” —primer chascarro de El Salustio y El Trúbico, publicado en El auriga Tristán Cardenilla (Zig-Zag, 1967)—, que “la eficacia de los cuentos, que sin ser fantásticos poseen elementos que cabrían dentro del mundo fantástico, reside sobre manera en la naturalidad”. Eso, la naturalidad, persiste en Las aventuras…, pues su escritura, en palabras de Cristian Geisse es “vitalista, llena de brillantez, cargada de humor. Es carnavalesca”. Como persona, Alcalde, también podría ponerse esas mismas chapas. Oscar Luis Molina, sobre él, comenta:

—Alcalde era un personaje insólito, increíble, de una tremenda vitalidad, de un hambre continuo y una sed continua, sobretodo

En las mismas fechas del comentario de Olivárez y un año después de ser galardonado con el Premio Nacional de Literatura, en entrevista para El Mercurio, Carlos Droguett, decía:

—Alfonso Alcalde es la nueva voz genial de la poesía chilena. Por eso mismo desconocido en Chile y conocido fuera de Chile. 

Volviendo a Las aventuras…, aquí seguimos el habla de dos busca-vidas, que no se arrugan ante ningún trabajo si este les permite salvar el día. Así los escuchamos tramar las ingenierías surrealistas que deberían arreglar una olla a presión; nos carcajeamos al verlos pintar un mural a lo Diego Rivera sobre pescados; carpintear ataúdes, con el aviso “Se hacen toda clase de ataúdes a la medida del oliente. Trabajo garantizado”; o hacerle la segunda al Salustio cuando este debe hacer la hora en las bancas fuera de un hotel parejero. 

Siguiendo a El Salustio y El Trúbico, al autor siempre le calzan una lista interminable de oficios en cualquier artículo que se refiera a él, tanto así que uno puede imaginar que cada autor de estos textos va aumentando el mito, inventando nuevos trabajos para Alfonso. 

Se dice que él fue: ayudante de panadero, minero en Potosí, traficante de caballos, cuervo funerario, nochero de motel, cuidador de animales de circo, periodista, escritor fantasma de Don Francisco, gastrónomo, suplementero, delincuente, vagabundo, vendedor de libros con mueble incluido, poeta, cuentista, dramaturgo, locutor de radio, guionista de cine, antropólogo autodidacta, creador de una sección de recreaciones de crímenes en Sábados Gigantes como precursor de Carlos Pinto, ayudante de carpintero y pescador. 

Sumar a esto tres hilachas argentinas:

1 – Yendo de vagabundo andaba con un palito y una bolsa que en la punta colgaba. 

2 – Al cuidar una plaza le regalaba las rosas que debía proteger a las mujeres del barrio. 

3 – Por regalar las rosas fue sumariado: “La Municipalidad de Salta contra Alfonso Alcalde por uso indebido de las rosas”. 

—¡Pero si es que mi vida es un folletín! —había exclamado a la revista Paula en 1970.

En 1973 la Editora Nacional Quimantú publica la antología Historias de lágrimas y alegrías, en donde Alfonso Alcalde comparte páginas con los escritores Nicolás Ferraro, Franklin Quevedo y el premio nacional José Miguel Varas.  De Alcalde figuran tres cuentos, “El auriga Tristán Cardenilla”, “Los Socios” y “La boca, la boca”.

Sobre este último, palabras, muchas palabras quisiera tener, para demostrar por qué este cuento me parece la joya que es y decir también por qué es mi cuento favorito de Alcalde. En “La boca, la boca”, se mantiene la preocupación del autor por representar a las clases sociales populares, aunque en este caso el teatro de su prosa se levanta en medio de la capital del reino de Chile: el Paseo Ahumada. Un vendedor ambulante ofrece pomadas, vende la pomada, a la intemperie de la calle, o como escribe Alcalde: “El sol del mediodía estaba dividiendo las cosas: los destellos, los rostros, las sombras, los edificios, la soledad, los ruidos”, lo que me suena a “la soledad, la lluvia, los caminos”, como si Vallejo y Alcalde se toparan en la cuneta. 

El vendedor saca una boa desde su maleta y se viste con ella a la manera de una bufanda, para empezar a gritar su canto: “por encargo de la fábrica”, primero tanteando el terreno, en aquel paseo donde años después Enrique Lihn, escudado por Elvira Hernández, con un cucurucho a la manera de altavoz, expulsó sus poemas a las gentes. 

Alcalde, haciendo uso de diversas formas del lenguaje hace que la lectura de este cuento sea un deleite, pues al poner ojo y oreja en la respiración popular, logra reconstruir los movimientos y ruidos de ese espacio de la ciudad. 

En ese sentido estoy de acuerdo con Floridor Pérez cuando este comentó sobre “La boca, la boca”, que: “el autor está atento a los semáforos del buen gusto. Con luz verde viene a meterse en el relato su hijo de 12 años, un liceano que desconocía la verdadera profesión del padre. Nada de melodrama. Guardan la boca. Guardan las cajas. Guardan silencio”.

Así termina el cuento: “Cuando comprende todo o una parte del silencio de su padre y así pueden llegar casi abrazados a la casa, riéndose, riéndose en tal forma que la gente no sabe de qué se trata, también se pone a reír”. 

Alfonso Alcalde, ese escritor que llevaba consigo los borradores de sus libros cuando cambiada de residencia, por razones de pillaje, al “huir de las pensiones sin que nos descubra la vieja satánica de la dueña”, como carcajeaba, era también un hombre paranoico con la situación que sucedería en Chile luego de golpe cívico-militar de 1973. Debe exiliarse, para volver seis años después. Se le pregunta, al quinto día de su retorno, qué se sentía volver, “es como volver de la muerte”, responde. Pero no se queda de brazos cruzados, trabaja en todo lo que ayude a su familia, aprovechando a su vez de seguir escribiendo. Volviendo a diciembre de 1970, a la entrevista en revista Paula, sus propias palabras resuenan: 

—El hambre fue mi militancia aunque ya no se nota tanto.


Texto escrito para la presentación de Las aventuras de El Salustio y El Trúbico, de Alfonso Alcalde.

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