El teclado y el fusil

Diego Leiva Quilabrán

El narrador del cuento “El Ojo Silva” de Bolaño comienza su relato señalando que “de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende”. El Greco, la novela debut de Gaspar Peñaloza (Cuneta, 2021), podría pensarse como una suerte de eco de esa tradición narrativa. La narrativa que se sostiene como un ejercicio de memoria histórica sobre la dictadura, copada de reflexiones sobre las consecuencias individuales y colectivas –de grupos más pequeños, como partidos o movimientos políticos, o más grandes, como el propio país–. 

El Greco transita entre distintos géneros. Preocupándose fundamentalmente por el ejercicio testimonial –y, por tanto, de pensar la narración en virtud de una mediación–, explora la crónica, el diario personal y roza por ratos el ensayo y hasta el comentario literario. Mediante esa mixtura se reconstruye la historia personal de El Greco, padrastro del autor-narrador –pues hay también una puesta en abismo de la escritura y la voz autorial–. Los hechos –“síntesis de la experiencia”, como los define el texto (7) – de este protagonista giran en torno a su participación en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y, por ende, de su actividad en operaciones clandestinas contra la dictadura de Augusto Pinochet.

Gaspar Peñaloza, autor de El Greco.

La estructura no-lineal de la novela se potencia mutuamente con estos retazos genéricos: se compone de trozos de entrevistas y grabaciones de diferentes personajes –familiares o conocidos de El Greco–, junto con reflexiones del narrador-investigador al modo de una bitácora del propio proceso indagatorio. El narrador, que a la hora de la recopilación de datos se mantiene al margen como un lector atento, aparece a ratos en una posición metaliteraria, comentando sus viajes en busca de información o la experiencia de realizar las entrevistas. Aunque a ratos –y aquí quizá esté pesando en exceso mi recelo a aquello que cae como autoficción– esas secciones puedan pecar de demasiado explicativas, demasiado literales y que le restan vitalidad a las escenas que acompañan. Sin embargo, resguardan estos apartados el hecho de pensarlos por fuera de la ficción: quizá sea el autor quien necesita escribir y, por lo tanto, leerse a sí mismo y explicarse su propio trabajo, que puede resultar abrumador a nivel familiar. 

Puede que la confesión más relevante del narrador-investigador sea aquella que indica el origen de la escritura de El Greco:

[…] yo antes de empezar a estudiar la resistencia clandestina quería escribir la historia de mi papá, no la de mi padrastro. Era una novela que se iba a llamar Este es un hombre que le echaba mucha sal a la carne, porque eso le había pedido él a su mejor amigo para su epitafio. […] Son mundos muy distintos, lo del Greco es parte de un proceso nacional. Lo de mi papá es la historia de mi sangre, su propia lucha contra sí mismo. (35-36)

El Greco es, entonces, una suerte de caja de Pandora narrativa, en que el caos entre lo que se puede descubrir y lo que se ha de terminar escribiendo entorpece ese camino –en el mejor de los sentidos–. Materiales y partes de ese borrador esa novela, también con una estructura coral, son atraídas por la heterogénea estructura del texto que aquí comento. El desplazamiento del objetivo primero, así como de la figura paterna tanto, íntimamente como sus alcances en la historia personal y nacional, ese saco multiforme e incómodo de narrar que es la clandestinidad como experiencia –en la que vamos a ver colindar la guerrilla con el narco, por ejemplo– creo que son claves de lectura sumamente importantes para comprender esta obra.

Otro punto en contra, pero de difícil resolución, sean las secciones referentes al estallido social o revuelta popular que vivimos el 2019. Puede comprenderse que sean parte de una extraordinaria buena voluntad de este narrador-autor intraliterario de actualizar y releer puentes y continuidades en los conflictos de nuestra historia nacional de resistencias. No obstante, me parecen secciones bastante más débiles, puesto que se quedan entrampadas en ciertos lugares comunes: la exhibición de la violencia policial y militar como denuncia o la recolección de rayados de protesta en los muros –en línea con la popular y ampliamente acogida frase «Las paredes son la imprenta de los pueblos»– no ofrecen suficiente novedad en términos del estilo narrativo o de una reflexión más profunda. 

No podría decirse que El Greco sea un texto que no trate también de la propia forma de narrar una historia. Las frases que apuntan al cómo plantear el relato de la memoria, su relación con la ficción y su relevancia son variadas: «siento que aquello que no coincide puede ser incluso más expresivo a la larga» (21); «no puedo desconocer que estoy mezclando historias armadas desde la experiencia con historias armadas desde la cabeza» (30); «la manera específica en que cada uno remontó la erosión lo vuelve singular y por consecuencia más memorable. Al contrario, el relato único del horror empieza con la misma sumisión a sí mismo» (51). Por lo mismo, llama la atención que esta pluralidad de voces y la estructura coral se vean en cierto sentido truncadas por voces que se diferencian poco y que no resultan tan singulares como el narrador los presenta. El resultado una diversidad más sostenida en los contenidos –qué cuentan y desde qué perspectiva– y en los cambios en los géneros textuales que en los modos de decir. 

El personaje más destacado en este último sentido, más vistoso, con señas más particulares, mejor resuelto y que puede llevarse todas las flores en términos de mantener un ritmo propio sea Rolo: el dueño de una peluquería en el sur de Chile y que introdujo a El Greco en una red de acciones clandestinas. Rolo confiesa que no puede hablar mientras lo graban, se tupe, se pierde, se dispersa, habla de lo que conoce e indica lo que no, es una voz nerviosa al tiempo que interesada en el trabajo de investigación del narrador-autor: «Puta que me has hecho hablar, pero viste que no te he contado ninguna historia en que yo sea el protagonista, no hay que estar para saber» (85). No tan solo cuenta anécdotas por goteo, también hace preguntas y opina del presente, de la historia en la que participa y lo que se puede hacer con ella: «no tengas temor, sigue trabajando, no importa el obstáculo, sigue trabajando. Alguien tiene que hacer ese trabajo, hay mucho que desmitificar, […] no seas pura cabeza, hay que darle lugar a la espiritualidad» (85-86).

Sobre un punto en torno a las secciones en que Rolo toma la palabra es que quiero detenerme antes de concluir en que la política de la literatura y las praxis políticas son ejes fundamentales de esta obra. Y detenerme es un eufemismo porque quiero darme dos tontas y largas vueltas, aunque prometo ser conciso y claro. La primera me remonta, por escasez y a falta de otros referentes, al Quijote; la segunda, por mismo motivo, al irónico “Pierre Menard, autor del Quijote” de Borges. En el capítulo xxxviii de la Primera Parte del Quijote, el hidalgo toma partido por las armas antes que por las letras: «Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen». En el capítulo xxxviii, lanza un largo discurso sobre esta cuestión, en donde expone argumentos de lado y lado: 

dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas.

El Rolo, tan motivado por la labor del investigador que tiene en frente como frustrado por no poder darle lo que va a buscar en él, termina actualizando la dicotomía que presenta el Quijote: valora la determinación del guerrillero duro para la lucha, como Odín, unos de los maestros de El Greco, pero también entiende el valor de rescatar las historias como él lo hace. En esta narrativa revisionista de las resistencias armadas, contar la historia es una labor ardua y actual, el pasado fue arduo, la acción, necesaria y la muerte y la tortura, cataclismos privados y colectivos. Luchar contra la confusión y la pérdida de la memoria es un ejercicio de relectura, de perspectiva histórica para hablar del presente, cuando la información ha cambiado su valor: de un tesoro extraído por la fuerza más brutal por los militares a una especie de tesoro para cuidar.

Pucha que me hiciste hablar, parece interrogatorio la cuestión, no sé cómo me sacas tanta información. Qué bueno conocerte, en serio, mientras hablo me do cuenta que tu trabajo es importante, estoy contando cosas que no contaba hace veinte años. Cuando a mí me agarraron en Antofagasta sabían que podían sacarme información, fue obvio que si estaba por esos lados era por algo. Llegaron a sacarme el nombre y el rut no más. Me hicieron el submarino, me pusieron en la parrilla, me sacaron la chucha, pero yo me fui en la dura. Y ahora llegas tú y me sacas todo de un paraguazo (67).

Un arma de hoy es la posibilidad de tomar la memoria. De anotar, de teclear y teclear los registros, la información, de hablar de la resistencia, la dureza, el sacrificio y los enmontañados cuyas sombras, en conjunto, forman una parte importante de nuestra historia. 

El segundo excurso tiene que ver con el impacto de las historias del Rolo en el narrador-investigador. Hacia el cierre del texto, en una de las secciones a modo de diario de anotaciones, este último comenta: 

Confusión y paranoia al salir de la casa de Rolo. Más encima se me pegó un tipo de lentes oscuros que caminaba a mi ritmo y me miraba fijo, aceleraba o frenaba según mis pasos. En cualquier otra circunstancia hubiera pensado que era un esquizofrénico o un loquito del barrio, probablemente lo era (111).

Y poco más adelante:

Habitar el espacio donde estuvieron tantos frentistas y miristas, ahora muertos, me presenta una experiencia nueva que, aunque está diferida, tiene solemnidad. Como si por escuchar todas esas historias vislumbrara otra relación con el tiempo y el espacio (111).

La idea de que el contacto con esas historias contagie una manera de sentir el mundo puede entenderse como una pierremenardazo de este autor ficcionalizado. Involuntariamente, termina seducido no tan solo por la “epistemología clandestina”, como le llama en un momento, sino también viviendo de cierta manera algunos miedos. Esta estructura de sentir la historia se traslapa a esos trozos referentes al estallido social, en que se presenta la primera persona singular “nosotros”: la experiencia del enfrentamiento, la política de una resistencia, esa necesidad de extrapolar y yuxtaponer experiencias históricas para construir sentidos y continuidades. 

A la manera en que el Pierre Menard de Borges, que para escribir su Quijote, se planteó «conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes», el narrador investigador se ve imbuido inconscientemente en ciertas lógicas de resguardo de información, de protección, o de mirar la clandestinidad actual como se miraba a la pasada, hacer caso en lo que se necesita y lo que no. Es el ejercicio de ver en las luchas de hoy las de ayer y elaborar una especie de memoria del presente, de darle la tintura de una épica por desmoronarse, o que se miente a sí misma como épica, mientras, como la vida de El Greco y la del padre, que se arman por sus propias acciones y por los de los demás, que la desacralizan, la muestran mundana fuera de la lucha. Por supuesto, esto es sumamente sintomático, pero me parece interesante pensar así una ficción política actual en Chile como la que aquí comento. Por supuesto, también, puede que no pase de un simple delirio de alguien con un espacio para hablar de estas cosas. Por supuesto, un delirio como este puede servir para tirar por la borda mis otros juicios sobre la obra. Elijo ocupar mi derecho a equivocarme.

El Greco es una novela que trata de un padrastro, pero también de un hijastro, de una investigación, de redes, de historias a medias, de la literatura y la posibilidad de que sea una relectura, incluso antes que una reescritura –si es que puede separarlas, yo mismo diría que no, pero bien me vale ser flexible para proponer este punto–. Sintomáticamente, está emparentada por su narrador con El material humano de Rodrigo Rey Rosa, por ejemplo.

A pesar de los puntos débiles que he tratado de advertir en este comentario –que intenté mantener bajo control–, fluye y se detiene con la pasión obsesiva de una historia familiar. Propone puntos interesantes sobre nuestra historia como algo vivo y persistente y los modos de revisitarla. Es un debut más que correcto, es el ejemplo de una novela que funciona a pesar de sus ripios porque sabe perfectamente dónde va y, gracias a eso, se sabe en qué punto se pierde y se transforma en otra cosa, por obra y gracia de quien decidió tomar las riendas de una historia fragmentaria y de quién la sostiene en sus manos.

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