Oír la lengua fósil de los helechos

Victoria Ramírez M.

Leer ¿Oyes dormir a los helechos? supone una pregunta inicial de entrada, la posibilidad de escuchar a otro ser vivo en el refugio del sueño. Rápidamente el lector se dará cuenta de las interrogantes que abundan en el libro, no solo respecto a la naturaleza, sino también frente a la posibilidad de formar una comunidad y de pensar una relación distinta con quienes habitan el planeta. ¿Cómo habla la lengua fósil de los helechos? ¿Hacia dónde se dirigen los helechos en las noches? No es casual, entonces, que el poemario comience con una cita a Poema de Chile, ese libro enigmático de Mistral, donde la figura fantasmagórica de ella recorre el país desde el norte hasta el más extremo sur.

En este libro convergen distintos estilos con fluidez. Por una parte, se configura el mundo del camping, donde aparece una mujer llamada Mary Camping, un hombre joven que hace flexiones de brazos para “sentirse en control y vivo” y una serie de personajes desamparados, chicos que arrojan piedras y enfrían cervezas en el río. Pero también jóvenes obnubilados por la experiencia inigualable del viaje, rodeados de zarzamoras y resguardados por el calor del sol. Así, el camping funciona como centro operacional que da cuenta de una vida nómade. De la mano, aparece el bosque animado, habitado de robles que se suicidan y helechos que rodean cadáveres, en un conjunto vegetal muy vivo y sustancioso. Así, el hablante observa —contempla— y se conmueve por lo que ve, con la vista fija en la espuma de la rompiente. Esos momentos de contemplación dan paso a la sinceridad de quien habla, como cuando dice: “Desconozco los nombres/ con los que podría llamar/ a los animales del bosque/ y no sé tampoco si vendrían”, dando paso a ciertos aprendizajes, pequeñas chispas del poemario: “Separarse/ a veces/ es la única forma de recuperar/ una noción/ de lo perdido”. 

En este punto, el contraste está dado por la tecnología y por elementos contemporáneos, como Netflix o las clases magistrales en videos. Es así como en uno de los poemas el hablante menciona una aplicación para identificar especies de pájaros, con un uso brillante de las generalizaciones: “Decirle al chucao pájaro al puma tigre/ al cóndor pajarraco de vergüenza/ aspirar a que una aplicación haga el trabajo por uno”. Queda flotando aquí la pregunta por el conocimiento de los animales del propio territorio que habitamos. Asimismo, se vislumbra cierta reflexión en torno al lenguaje, a la categorización o las etiquetas con las que se intenta encajar a las especies y las jerarquías que se desprenden desde ahí: “Interrumpir el circuito no de la vida/ sino de las palabras tendenciosas/ que la enjaulan y la fijan”, dice la voz. Esto último abre un universo sutilmente político en el texto, como cuando se exhibe una lista de territorios donde hace falta agua, como un guiño al problema urgente de la sequía.

Al mismo tiempo, suman el lirismo de ciertos versos y la apuesta en algunos momentos por poemas largos, rítmicos, o las hermosas imágenes que aparecen naturalmente en el libro, como aquella escena en la que un niño se para de puntillas para ver la llama azul de los quemadores de la cocina, y se pregunta con este gesto si acaso él ha crecido, si acaso eso significa ser un poco más grande.

Me parece muy interesante el sentido del humor que resalta a la vista en este libro, algo sumamente difícil de lograr, donde también hay espacio para el delirio: “Ocho cabezas de animales en un banco suizo”, o aquellos versos un poco más suspicaces: “Hemos llegado a un límite y a comprender/ cómo se forman las olas del río/ son distintas a las de mar, pero existen, a pesar de la corriente/ de opinión que las niega”. Y estas líneas un poco más vinculadas a la contingencia política: “No queremos gobernar/ pero nos dividimos/ las veces que sean necesarias”. 

Juan Pablo Rodríguez nos presenta un conjunto diverso, personalísimo, donde navega por distintos estilos y sobre todo donde plantea interrogantes necesarias para el mundo en que vivimos hoy, en el que las aplicaciones de celular son tan comunes como la posibilidad de conmoverse por un río que baja desde la quebrada. El mismo hablante lo dice en el libro, el viaje exige entrenamiento en el arte de “no entender esta máquina invisible e intrincada”. En ese sentido, el viaje es la posibilidad de la reflexión total, que gracias al movimiento nos permite situarnos, definirnos frente a otro, aunque sea momentáneamente. Así, nos entrega un lugar de nomadía, un espacio valioso para pensar el poema como una “memoria de escondites”, donde es posible detener el tiempo acelerado de la cotidianidad. O, como dice Alicia Genovese, entregarnos a la emoción del poema, dejando que se construyan “diques de contención”, que puedan permear el exceso de corriente, y dejen fluir aquello que nos conmueve, la posibilidad de quedar pasmados ante la llama azul que indica el crecimiento, el paso irrefrenable del tiempo. 

¿Oyes dormir a los helechos? de Juan Pablo Rodríguez 

70 páginas, poesía

Editorial Deriva
Valor impreso: $7000

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