El vuelo de las chicas

Juana Inés Casas

En la tapa de Chicas en tiempos suspendidos, el libro de Tamara Kamenszain publicado por Eterna Cadencia en 2021, vemos a una niña y a una mujer que parecen venir del pasado. Las dos figuras, una pequeña, la otra más grande, atraviesan el espacio sostenidas de unas tirolesas junto a algunos de los versos que la poeta y ensayista argentina nacida en 1947 escribió pocos meses antes de morir.

“Yo no soy poetisa soy poeta” 

“y sin embargo concluyo ahora que lo que empieza como poesía debería poder terminar también como poesía”

“si él llama nuevamente por teléfono le dices que he salido”

Porque Tamara –a quien llamaré por su nombre en honor a uno de los tantos permisos que ella abre con su escritura– empieza su libro citando a Alfonsina Storni para invocar el miedo que les causaba a las poetas de su generación, el destino de esa mujer que escribió “Voy a dormir” antes de suicidarse. Tamara invoca a Alfonsina en un libro que también es un último poema y, sin embargo, está lleno de futuro. 

“Mejor poetas que poetisas/acordamos entonces entre nosotras/para asegurarnos aunque sea un lugarcito/en los anhelados bajofondos del canon/Y sin embargo y sin embargo”, la palabra poetisa, esa palabra dulce, nos dice Tamara, reaparece, en esas mujeres que no escriben para convencer, esas mujeres que vuelan hasta las nuevas generaciones, como vuelan las chicas y sus pañuelos verdes hasta la plaza de las “abuelas militantes”, esas verdaderas “poetisas de lo real” que sabían “que tarde o temprano sus nietes las irían a buscar”.

Lo doméstico, el amor, la complicidad coexisten en el poema en el que aparecen las voces de otras poetisas, desde Delmira Agustini hasta Cecilia Pavón, desde Celeste Diéguez hasta Juana Bignozzi a quien Tamara cita con esa “rima que es una humorada” y, tal vez, tantas cosas más: “mientras mis colegas escriben los grandes versos/de la poesía argentina/yo hiervo chauchas ballina”.

Luego de leer Chicas en tiempos suspendidos, no pude dejar de repetir como un mantra ese “y sin embargo” que ahora me parece atravesarlo todo o casi todo. Los estribillos, nos dice Tamara en un ensayo de Libros Chiquitos, publicado por Ampersand en 2020, operan como golpes de realidad que liberan a la poesía de los excesos. Al igual que en “Cadáveres” de Néstor Perlongher o Crawl de Héctor Viel Temperley, la repetición se torna una fuerza demoledora y “lo que sobra, entonces, llama por la boca del estribillo a lo que falta”. 

El “y sin embargo y sin embargo” nos lleva en direcciones que parecen opuestas y luego no, es la frase que articula una tensión desde el principio: el epígrafe de Georges Didi-Huberman que abre el libro con la referencia a “un tiempo que no es el de las fechas”, hasta el final marcado por una fecha: marzo-diciembre del 2020, los meses de la pandemia, miedo,  contagios, soledad, pero también de escritura, amistad, libros, y otros amuletos que operan como el collar de alcanfor que le hizo su madre química para protegerla de la polio cuando niña. Hay muerte sí, pero también hay vida.“Escribir poesía para mí/es dar y recibir/una promesa de supervivencia”, escribió Tamara en La novela de la poesía y nosotras, sus lectoras, nos aferramos a su último libro con esa promesa, nos aferramos para volar como esas figuras de la tapa que se deslizan con algo de miedo, pero también felices y risueñas por un tiempo suspendido. 

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